viernes, 3 de febrero de 2012

Adios Muelle Pantoque, vuelta a casa.

Durante los dos días siguientes las cosas no cambiarían mucho más, Nimloth como de costumbre solía entrenar durante gran parte de la mañana hasta que se ponía a leer. La presencia de Lorathiol en Muelle Pantoque le era un gran apoyo pues hasta ahora se veía único en aquel lugar tan peculiar. Pero a pesar de todo, algo en su interior le comenzaba a llamar de vuelta a casa. Algo le decía que Lorathiol, precisamente, no estaba allí para acompañarle, sino para llevarlo de vuelta a Lunargenta con los suyos. Sus días de aventuras en Muelle Pantoque acompañado de los Goblins comenzaban a diluirse cual terrón de azúcar en una taza de café. Por última vez, fue a la marisquería y se dio un homenaje. La comida estaba rica y le había dejado un buen sabor de boca, al fin y al cabo sería la última vez que estaría allí.

Tras marcharse de la marisquería, emprendió su camino a dar un paseo por toda la ciudad. En sus primeros días la había visto con gran detalle, pero esta vez quiso hacerlo para llevarse un buen recuerdo. Las calles tenían su tránsito habitual, el ruido de siempre, poco cambiaba a lo que él solía ver en días más movidos. Parecía como si las cosas se detuviesen en su situación para ver como esto desenlazaría al final. Pero esto no era lo único que le inquietaba. La falsa visita de sus padres le dejaba el abanico demasiado abierto a posibilidades como para no pensar ¿Estarían bien? ¿Estarían en Dalaran cómo decía la carta? Quién sabe…

Quizá para él todo el juego de luces que se había desarrollado no era lo mejor, pero al menos le alejaba de pensar que sus días en aquella ciudad tocaban fondo. Pero antes de partir quedaba una ultima cosa por hacer. Enseñar a Lorathiol a volar. Y así fue, Nimloth se reunió con él en el Alto Mando cuando sol estaba en el centro de su viaje, es decir, al mediodía, allí le explicó con lujo de detalles que debía hacer. Por suerte, Lorathiol había alquilado un dracoleón, pues en Muelle Pantoque el único dracohalcón era de Nimloth por cortesía del maestro Pyreanor. Nimloth le enseñó a alzar el vuelo, pero a Lorathiol le costaba bastante. Parecía que el animal no era muy manso. El elfo rubio se acercó a la bestia e intentó tranquilizarla acariciando su lomo. Tras eso se subió sobre él e intentó emprender el vuelo. Por suerte para Nimloth, el animal se había tranquilizado y le dejó ascender. Tras eso se bajó y le dio las riendas a su compañero. Nimloth volvió a su montura y Lorathiol alzó con cuidado el vuelo con el animal. Al momento, ambos se encontraban en el aire y Nimloth azuzó las riendas para que el joven animal saliese volando a gran velocidad. Tras él, le seguía Lorathiol que luchaba por mantener el equilibrio como un buen jinete. Dada su experiencia lo consiguió y ambos dieron varias vueltas sobre la bahía de la isla en la que se asentaba Muelle Pantoque.

Le había conseguido enseñar a volar, era un gran avance. Para ambos. Tras las clases de vuelo, Lorathiol se dirigió a devolver la montura, estaban listos para salir de allí. Por fin volverían a Lunargenta aunque la sensación de no querer irse moraba en el interior de Nimloth. A la caída de la tarde se despedirían de los que fueron sus compañeros. No eran un día para estar alegres aunque por un lado lo sintiera. A la cabeza de Nimloth volvieron los fallos cometidos en el pasado, que ahora, esperaba remediar desde un principio.

Y así, pasó el tiempo y llegó la hora de marcharse. Nimloth y Lorathiol subieron al Alto Mando de Muelle Pantoque en busca de Ganyx y el resto. Encontraron a Ganyx comiendo como de costumbre con una calabaza en la cabeza. No hay que olvidar que estaban en la festividad de Hallow’s end. Allí Ganyx se sorprendió por la noticia y les deseó lo mejor. Al rato, llegó Nytz con un regalo para Nimloth, eran unas gafas de modelo Goblin para él. Ganyx les honró con un tabardo a cada uno y unas caretas con su foto. Los elfos se despidieron de lo que para uno fue un segundo hogar prometiendo el regreso y para otro fue un suplicio o al menos así lo mostraba su actitud. Pero para Nimloth no era motivo para juzgar pues él también se había sentido así. Así, llenos de regalos y cosas nuevas, los dos elfos partieron poniendo rumbo a Orgrimmar.

En la ciudad se reunieron con el maestro Pyreanor que se quedó asombrado por la aparición de Lorathiol y felicitó a Nimloth por su trabajo en Muelle Pantoque, también le premió con el dracohalcón que le había prestado y le comunicó que daría parte en Lunargenta. Tras eso Lorathiol y Nimloth salieron de la ciudad orca en zepelín. El viaje hasta Entrañas no fue muy movido, Nimloth aprovechó para entrenar su maña con la Luz. Durante todo el viaje se acordó de los momentos vividos en Muelle Pantoque y de que al llegar a Entrañas debería preguntar por un tal William el apotecario. Lorathiol estuvo desaparecido durante el viaje de regreso, pues Nimloth lo veía muy poco debido a su plan de entrenamiento y sus lecturas. Y así con el paso de los días llegaron a Entrañas.
Allí Nimloth buscó información sobre el renegado en cuestión pero poco le dijeron, nadie le conocía. Ahora tocaría escribir a Uglu para informarle de su intento fallido. Tras este contratiempo, ellos marcharon rumbo a Lunargenta a través del orbe de traslación. A los pocos segundos estaban en Lunargenta. Ahora tendrían que dar parte y volver a la vida normal. Por fin había llegado el momento de demostrar lo que había aprendido fuera de los muros de Lunargenta.

Tan volátil como una ilusión, la sombra del pasado.

Aquella mañana Nimloth se levantó algo turbado, como si hubiese tenido una pesadilla, aquella carta le había dado un vuelco al corazón, parecía que el destino se había apiadado de su soledad y le había enviado a sus padres. Además la reciente llegada de Lorathiol también le había supuesto una alegría para él. Al fin y al cabo era la primera persona con la que se relacionaba abiertamente. Aunque aún no le quedaba claro si era un amigo para él o simplemente era el destino quien los hacía ayudarse y compartir periodos en su vida, sea como fuere, estaba allí y eso ya le era bastante. Con todo eso y más, Nimloth inició un nuevo día, pensando a quien contarle lo de sus padres. Por un lado estaba él y por el otro Nytz, había pasado más tiempo con el elfo que con la goblin pero aún así quedaba esa disyuntiva que le dejaría pensativo a lo largo de la mañana. A pesar de todo, se calzó su armadura y bajó a tomar algo para después irse a entrenar y meditar acerca del elegido para escuchar lo que ahora le ocurría.

Tras haber salido de la posada, se dirigió a la playa, allí comenzaría el entrenamiento, esta vez sería diferente, como solía hacer, sacó sus libros sobre los designios de la Luz y comenzó a meditar profundamente. Hacía mucho tiempo que no usaba sus cualidades lumínicas y tampoco sabía si estaba preparado para ello, pero le convenía más averiguarlo. Para ello, tomó los libros y sentándose en la arena de la playa, comenzó su intensa lectura mientras las olas mecían la arena de la playa. Al poco tiempo después, retomó la parte física de su entrenamiento, recogió sus espadas que descansaban en la arena de la playa y comenzó a dar estoques con ellas. Debía estar preparado para futuras misiones. Y así pasó el tiempo hasta el mediodía, más precisamente hasta la hora de la comida, en la que Nimloth se retiró a la marisquería a degustar algún plato que pudiera llenarle el estómago, eso sí, siempre comida de la máxima calidad posible. Odiaba malcomer. Tras una buena comida a base de verduras y un plato del mejor pescado de Muelle Pantoque, se retiró a la posada.

Allí se encontró con Lorathiol, y creyó que sería lo más oportuno contárselo a él, al fin y al cabo era igual que él en cierto sentido y quizás le comprendería mejor. Se acercó con la carta entre manos y le comentó lo que le había ocurrido y tras parlamentar un rato, Nimloth le invitó a ir con él para ver a sus padres como medida de seguridad para cualquier imprevisto. Lorathiol aceptó y ambos marcharon a prepararse, el viaje hacia la Cabeza de Oso, lugar donde le habían citado sus padres, sería unos instantes después.

Horas más tardes, Nimloth comenzó a preparar a su dracohalcón para emprender el vuelo hacia la Cabeza de Oso. Tenía todo listo, la silla, las riendas, y el dracohalcón manso. Era hora de reunirse con sus padres. Bajó desde el Alto Mando hacia donde Lorathiol se encontraba y juntos emprendieron el vuelo hacia Cabeza de Oso observando todo el paisaje de Azshara a su paso. El viaje fue relativamente rápido, aunque después les tocó buscar por las inmediaciones de la Cabeza de Oso, el lugar designado para el encuentro. Al poco tiempo de buscar, encontraron el lugar y Nimloth dirigió el vuelo aterrizando en aquella planicie.

Allí estaban ellos, eran sus padres. Nimloth dejó las riendas del dracohalcón atadas y se acercó a sus progenitores. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que los viera varios meses posteriores al estallido de la Segunda Guerra. Las cosas habían cambiado mucho para ellos. Ahora él era un Caballero de Sangre Sin’dorei y ellos unos magos diplomáticos Quel’dorei al servicio de su nación. Pero no todo había cambiado, sus padres seguían manteniendo las distancias pese al tiempo desaparecido. Quizás sería la presencia del otro elfo lo que les dejaba así, pero algo era algo. Mantuvieron una extraña charla sobre sus nuevas vidas mientras Lorathiol observaba desde la distancia la escena. Llegado un momento, Nimloth se acercó a abrazarlos mientras estos les esperaban con una gran sonrisa. De pronto, momentos antes de fundirse en el abrazo, los padres tornaron su rostro malvado y atacaron a Nimloth con su magia oscura, pero fue en vano, Nimloth supo reaccionar y repelió con fuerza el ataque de sus supuestos padres. Rápidamente, Lorathiol se lanzó contra la madre de Nimloth pero falló en su acometida. A lo que la madre le respondió con una bola de sombras. Nimloth enfurecido atacó a su padre acabando con la ilusión. Tras eso la madre atacó a su hijo sin éxito. Las cosas se habían torcido demasiado, Nimloth no sabía que pasaba pero aquello no era bueno. Estaba realmente confuso y enfurecido por aquello y comenzó a recordar los tiempos de su instrucción en Lordaeron, listo para combatir. Lorathiol rápidamente se lanzó a por la madre de Nimloth que en está ocasión vio su cuerpo aplastado por la maza haciendo que la ilusión se deshiciera, a los pocos segundos se escuchó una risa que a Nimloth le resultaba familiar. Era el nigromante con el que se enfrentó en la Aguja Brisaveloz. Le había encontrado… Era el momento de acabar con él. Un minuto más tarde apareció él y un nuevo combate comenzó. El brujo atacó a los dos Caballeros de Sangre obligándoles a retroceder. Lorathiol cargó con su maza contra el brujo pero este se hizo rápidamente a un lado. Tras eso Nimloth le hizo unos cortes semejantes a los de la otra vez en el pecho, el nigromante lanzó un conjuro contra Lorathiol acertándole y dejándole muy débil. Tras eso, Lorathiol usó la luz para aliviarse mientras Nimloth enfadado conjuró la Luz para golpear al Nigromante, el golpe le hizo retroceder y atacar a Nimloth. Mientras, Lorathiol tomó su martillo y se lanzó a golpear al nigromante con gran acierto haciendo que la sangre brotase de su boca. Realmente herido lanzó su último conjuro contra ambos elfos golpeándoles con virulencia. Lorathiol cayó al suelo derrumbado y Nimloth se lanzó contra él acabando con sus días de maldad. Por fin había terminado. Se había quitado esa espina del pasado.

Tras el combate, con las pocas fuerzas que le quedaba marchó cargando con Lorathiol hacia Muelle Pantoque y allí cada uno se fue a descansar sus heridas.

Pájaros en la cabeza, una buena nueva y la esperanza de volver a verlos.

Como todos los días, Nimloth se encontraba entrenando en la playa. Las cosas habían cambiado un poco con respecto a los otros días, esta vez se había vendado los ojos y puesto un par de estacas alrededor de él. Era el momento de entrenar la destreza a ciegas. Tomó sus espadas y comenzó a agitarlas y a mover los brazos como acostumbraba a hacerlo para calentar. Poco a poco su cuerpo se preparaba para comenzar. Tomó con fuerza la empuñadura de sus espadas y con los ojos vendados comenzó a ondearlas en todas direcciones mientras giraba sobre sí mismo y el primero de los círculos de movimiento que había delimitado antes de llegar a las estacas. Era algo muy sencillo pero útil, le serviría para tener concepción del espacio que le rodea y fundirse con él aprovechando sus ventajas. En resumen, todo un avance. A los pocos minutos de comenzar ya giraba con bastante velocidad desplazándose entre las estacas y golpeándolas con fuerza, primero iba a una y luego a otra sin pararse, era realmente increíble. Se dejaba llevar por la inercia y propinaba golpes a diestro y siniestro. Al poco rato de estar girando, moviéndose por el círculo que él mismo había preparado, finalizó el entrenamiento y se marchó a volar con el dracohalcón.

Al poco rato, llegó al cuartel y desde allí alzó el vuelo para dar un paseo por las inmediaciones de Muelle Pantoque. El aire mecía su rubia melena al viento, se sentía libre como en otras ocasiones y aquello le gustaba, aunque de vez en cuando recordaba cual era su origen y que algún día le tocaría volver a Lunargenta. También, recordaba sus días de aprendizaje en Lordaeron con aquellos paladines. Días en los que se centraba tanto en su nueva creencia hacia la Luz, que perdía la noción del tiempo entre meditación y una puesta en práctica de su nueva condición que le conferían una felicidad interna que duramente sería aplastada. Continuó sus andanzas aéreas recordando todo su aprendizaje con Kelgan, aquel orco parecía diferente al resto, conocía a un Sin’dorei y no hablaba pestes de la raza como otros muchos. Pero eso ya era harina de otro costal. Un pequeño instante de recuerdos que hacía que su tiempo allí arriba pasase volando. Aún así, él seguía allí arriba oteando la ciudad con la vista cuando comenzó a descender un poco, no quería volar demasiado alto y ver las cosas al ras de la línea de altura de los edificios. Al poco tiempo de hacer esto, escuchó una voz que lo llamaba, era Uglu. El ogro le habría visto volar y fascinado por esto quiso acercarse a ver, Nimloth tomó rumbo hacia la playa y allí aterrizó. Unos minutos más tarde, el ogro llegaría. Uglu estaba impresionado con el animal sobre el cual Nimloth montaba, pero para él era algo normal. Vivía entre esas bestias aladas. Pero lejos de todo eso, el ogro quería saber lo que Nimloth hacía y tras una leve conversación en la que Uglu dijo de ir a aplastar Kaldoreis a lo cual Nimloth dijo que no porque resultaba muy peligroso, el ogro se marchó.

Nimloth volvió a alzar el vuelo y llevó al dracohalcón al Alto Mando donde descansaría hasta más tarde, las horas siguientes las pasaría en la taberna descansando mientras observaba toda la bahía desde el balcón de la posada. Aquella estampa le era algo peculiar, era un duro contraste entre el impacto medioambiental de Muelle Pantoque y la bahía de Azshara, aquel paisaje era demasiado extraño, claramente rompía con la imagen de la región pero a su vez le confería un raro sabor a aquel cuadro. Algo desencajaba allí.

Las horas pasaron y el sol comenzaba su descenso acercándose poco a poco al horizonte. Nimloth paseaba por la playa cuando algo salió del agua, la estampa del ogro con un olor a pútrido y algas era desoladora. Nimloth se tapó la nariz y comenzó a preguntarle a Uglu sobre su reciente aspecto y una herida que le recorría parte de la barriga. Pronto recordó que él todavía no estaba preparado para hacerlo, no podría aliviarle de su dolor, aunque el ogro insistía en que no le dolía. De repente, quizás con algo de oportunismo apareció Nytz, que sí debería preocuparse más por su ayudante, al fin y al cabo ella estaba a su cargo. Con la aparición de la goblin las cosas tornaron algo más de sentido, Nytz comenzó a reprenderle por sus heridas y ambos marcharon. En cambio, Nimloth se quedó a observar las olas, pronto sería momento de volver, pero no sabía cómo despedirse de sus nuevos conocidos. Con el poco paso del tiempo, Nimloth se levantó y con la mirada firme se dirigió al Alto Mando, por el camino se encontró con Nytz y le comentó sobre ir a Orgrimmar, la goblin aceptó y ambos marcharon a por sus medios de transporte aéreos. Al cabo de unos minutos, ambos estaban surcando el cielo en dirección a Orgrimmar. Nimloth se dirigió a ver a Kelgan para que viese sus progresos, pero no estaba. En cambio, Nytz se dirigió a la puerta de la ciudad.

Tras su intento fallido de ver al orco que le enseñó a volar, Nimloth partió a buscar a Nytz, para ello salió volando hacia el puerto y al ver que no estaba allí dirigió su rumbo hacia la puerta. Al poco tiempo divisó a la goblin hablando con alguien que a Nimloth le resultaba familiar. Era él. Lorathiol en persona estaba en Orgrimmar, Nimloth se alegró y bajó rápidamente a saludarle. Tras una breve conversación, Nimloth presentó a Lorathiol ante Nytz. Seguía siendo el mismo y tenía curiosidad por saber del destino de su compañero. Así pues Lorathiol embarcó en el último barco que iba a Muelle Pantoque y Nimloth salió volando cerca del barco.

Mantuvo el vuelo siempre junto al barco y al poco tiempo llegó a Muelle Pantoque. Allí descendió de su montura y esperó a Lorathiol. Cuando ambos estuvieron juntos, marcharon a la taberna, era ya de noche y Lorathiol debía instalarse. Nimloth le condujo a la posada y allí le dijo a la tabernera que guardase una habitación para él. Su estancia en Muelle Pantoque le había permitido conocer a gente nueva y la tabernera era una de ellas. Tras haber reservado la habitación de Lorathiol, Nimloth quiso enseñarle las extrañas vistas del balcón de la posada. Allí Nimloth charló durante un tiempo con él y tras un rato de charla, Nimloth se retiró a descansar. Lorathiol se quedaría un tiempo más.

Ya en su habitación, Nimloth se tumbó en la cama tras haberse preparado con sus prendas de dormir y esperó a que el cansancio se lo llevase a un sueño placentero. Pero no fue así, a las dos de la mañana la puerta de la habitación de Nimloth sonó. Se dirigió a abrirla y un Goblin con cara de sonámbulo le entregó una carta con el sello de su familia. Nimloth se sentó en la cama tras cerrar la puerta, y allí abrió y leyó la carta.

“Querido Hijo,

Sabemos que no has tenido noticias nuestras desde hacer mucho tiempo, pero nuestro trabajo nos ha tenido muy ocupados este tiempo. Las cosas han cambiado mucho, sabemos en qué te has convertido. También sabemos que no podemos ir así como así a verte y por eso ahora que estás en Muelle Pantoque nos gustaría reunirnos contigo en la Cabeza de Oso, cerca de la Academia de Xylem dentro de dos lunas al comienzo de la tarde. Es la única zona segura para ambos en estas tierras.

Te quieren

Tus padres.”

Eran ellos… ¿Sería el momento de reencontrarse con aquellos a los que no veía desde hace casi dos décadas? Nimloth cerró los ojos y cayó en un profundo sueño.

A Goblin despedido, Ogro contratado.

Pocos días después tras su llegada desde El Cruce, Nimloth se acercó al Alto Mando, pero Ganyx no estaba. Ese goblin siempre estaba ocupado o comiendo, era algo especial. En este caso no estaba por motivos laborales. Aunque lejos de darse la vuelta, tomó las riendas de su dracohalcón y salió a dar un paseo por la bahía. Cada vez dominaba mejor el control sobre el dracohalcón y pronto estaría listo para poder presentarse a las pruebas para obtener la licencia. Solo era cuestión de tiempo. Pero entre vuelo y vuelo, también sacaba tiempo para poder entrenar, solía irse a la playa y permanecer horas entrenando hasta la extenuación. Para él era importante estar al máximo para el combate, no podía permitirse flaquear.

Pero no solo estos pensamientos pasaban por su cabeza, el recuerdo de sus padre solía asaltarle la cabeza de vez en cuando, si esto ocurría, dejaba todo y se sentaba a meditar, como si buscase una señal de sus padres. Era la nostalgia de estar con los suyos lo que le llevaba a esto. Había perdido a su familia más cercana, pero eso no le impediría no continuar. Debía empezar a encontrar respuestas. O aquello acabaría por matarle. Necesitaba una señal, una prueba de que estaban bien o vivos, al menos. Les añoraba realmente.

No más lejos de sus pensamientos todavía le quedaba algo por hacer, hablar con Ganyx. Tras haberse dirigido por la mañana a hablar con él pero sin éxito, esta vez se acercó y lo encontró. Como de costumbre estaba comiendo, pronto se dio cuenta de que Nimloth estaba allí. Le preguntó que qué se le ofrecía y Nimloth respondió que venía a informarle de la misión. Tras charlar largo y tendido sobre la misión en lo que Ganyx dejó entrever que sabía todo lo ocurrido. Nimloth intentó que no se descubriera nada de lo ocurrido en la mina, pero él tenía un informe. Sería difícil convencerle de que no había pasado aquello de lo que él hablaba. Tras la intensa conversación en la que a Nimloth se le olvidó por completo decirle lo ocurrido con Zautso, cada uno se fue por su camino.

Nimloth bajó la calle hacia la posada cuando dentro de esta encontró algo. Al darse la vuelta, no había nada más y nada menos que a un Ogro. Nunca había visto a uno y aquello le sorprendía bastante. Comenzó a charlar con el ogro y averiguo su nombre, de dónde venía y otra sería de cosas que no vienen a cuento. Tras la extraña conversación, Nimloth le indicó el camino para llegar al Alto Mando y le dijo que Ganyx estaba ocupado. A las dos horas, Nimloth se encaminó hacia el Alto Mando para comunicarle al Teniente que había un nuevo recluta, el ogro. Por suerte, este se encontraba tras él y solo tuvo que llamarlo. El Ogro al oír la voz de Nimloth se acercó corriendo y se puso en disposición de comerse las hamburguesas de Ganyx, pero rápidamente pudo contenerlo con un par de palabras. Ganyx sin mirarlo apenas, le dijo que estaba contratado y volvió a su trabajo. Nimloth se marchó a descansar y dejó al Ogro campando a sus anchas por Muelle Pantoque, y se fue a la playa a entrenar para terminar de acostumbrarse a la doble empuñadura.

Horas más tarde, tras haber entrando un poco más vio a Nytz charlando con el Ogro, al parecer se lo había encontrado. Nytz, le enseñó sus nuevos inventos y ropajes a Nimloth, este le felicitó alegrado por las nuevas prendas y los tres se marcharon a la playa a probar las nuevas armas de Nytz, el lanzacohetes y su munición. Rápidamente, Nimloth se dispuso a combatir y sin más preámbulo lanzó su ofensiva contra ella. Tras un par de lances y una pequeña explosión, Uglu paró el combate poniéndose a charlar con Nytz sobre sus explosivos y sus inventos. Al poco de comenzar a charlar, Uglu se ofreció para ayudar a lo que Nimloth le declinó la oferta. Tras un rato, Nimloth recordó al oír unas palabras de Uglu que debía hablar con Ganyx sobre Zautso, se despidió del grupo y se fue al Alto Mando a hablar con Ganyx.

Al llegar allí lo encontró y comenzó a charlar con él sobre el comportamiento de Zautso, al poco rato llegaron Nytz y Uglu y se unieron a la conversación. Tras hablar durante un buen rato sobre las fechorías de Zautso, el sujeto apareció. Ganyx le llamó a sentarse con él y tras preguntarle un par de cosas y recibir respuestas un tanto rocambolescas le pegó un tiro en el hombro, aquello solo había hecho más que empezar. Nimloth llevó las manos a sus espadas y desenfundó tras oír las mentiras de ese zarrapastroso goblin. El resto hizo lo propio, pero el que al final se ocuparía de él era Uglu. El ogro lo cogió por el cuello y tras el Teniente despedirle lo lanzó fuera del Alto Mando de un puntapié. Los días de Zautso en el Batallón habían terminado. Con esto, Uglu cobró su sueldo y cada uno se marchó a hacer sus quehaceres.

Hoy no es día para explosiones, la vuelta a Muelle Pantoque.

Los días comenzaban a pasar en El Cruce, Nimloth entrenaba todas las mañanas preparándose para el momento de comenzar la misión. Las mañanas en aquella sabana desértica eran demasiado calurosas y por eso, Nimloth siempre solía colocarse a la sombra de un árbol para comenzar sus entrenamientos. Conforme avanzaban los días, Nimloth se iba acostumbrado un poco más a su nueva condición, las dos espadas eran bastante útiles y le proporcionaban más movilidad que su anterior escudo. Aquellos días en El Cruce le hicieron pensar. ¿Sería Muelle Pantoque su nueva casa o era el momento de volver a Lunargenta? La tranquilidad relativa de El Cruce le había hecho comenzar a pensar, pero la parte relativa de esa tranquilidad se veía trastocada cuando los tres Goblins hacían su aparición en escena. Kala y Zautso seguían llamándole Troll a él y a los Trolls los llamaban elfos. Era una cosa realmente perturbadora. Nimloth había comenzado a pensar que tras muchas explicaciones ya lo hacían por intentar sacarle de sus casillas, aunque sin ninguna maldad. Pero lejos de toda aquella actividad, Nimloth seguía entrenando duramente y sobrevolando El Cruce para poder seguir mejorando en su dominio de la monta de dracohalcón. Realmente le iba pillando el tranquillo, pero cada vez que salía y ponía rumbo hacía la gran brecha que separaba la parte norte y sur de Los Baldíos iba experimentando una sensación de mayor seguridad, sentía el viento meciendo sus cabellos, era una sensación de gran ligereza y plenitud. Toda una realidad concentrada en su vuelo. Pero esto no sería lo único que le pasaría durante sus días en El Cruce.

Días más tarde, mientras entrenaba en el árbol donde días atrás se acercaba a practicar, escuchó la voz de los goblins preguntando por él. Era Zautso, se acercó y este le dijo que era el momento de dar inicio a la misión. Todos estaban listos y Nimloth llevaba mucho tiempo esperando para ponerse en marcha. Al fin podría comprobar si su entrenamiento había servido para algo además de hacerle pasar el tiempo más rápidamente. Todos se reunieron frente a la posada de El Cruce, allí Nytz y luego Kala, Zautso y Nimloth se encontraron y comentaron que era el momento de moverse. Zautso desertó diciendo que como no le pagaban que no iba. Pero fuera como fuese, allí estaban y era el momento de comenzar la batalla por la mina. Debían encontrar y expulsar a todo aquel ente hostil para con la mina. Pero antes, debían encontrarla. Para ello, pusieron rumbo hacia la gran caseta cercana a la mina dónde habitaba una orca que los recibió algo sorprendida. Tras conversar un poco con la orca, esta les indicó el lugar donde estaba la mina. Era el momento de ponerse manos a la obra. Así pues, los tres fueron hacia la mina a encontrarse con su devenir.

Ya en las proximidades de la mina, Nimloth y las dos goblins observaron demasiada tranquilidad, podría ser una trampa o tal vez no, lo cierto era que se respiraba demasiada tranquilidad en aquella mina y que si había algo seguramente los estuviese esperando. De pronto, conforme se acercaban a la entrada, un javaespín les salió al paso. Rápidamente Nimloth cargó contra él tras haber Kala esquivado una arremetida contra la goblin. Nimloth pudo matarlo de varios cortes con sus espadas que lo dejaron incapacitado para continuar y haciéndole caer al suelo muerto. El elfo y las dos goblins se encontraron con el que parecía ser el gerente de la mina. Este les explicó por encima que ocurría y enseguida todos se pusieron en marcha hacia el interior de la mina. Pero antes tendrían que derrotar a un par de javaespines que guardaban la entrada. Tras haber caído estos un tercero dio la alarma dentro e intentó ocultarse. Kala con sus “geniales” explosivos provocó un derrumbe. La entrada había quedado taponada por un montón de rocas, pero ese sería su último problema. Ahora debían continuar y solucionar los problemas del interior.

Siguieron su camino hacia una zona dónde un par de javaespines guardaban a varios rehenes de la mina, por desgracia o por suerte, Kala lanzó otra carga explosiva y provocó un nuevo derrumbe que mató a los rehenes y a los captores. ¿Sería cierto aquello de que sería una odisea? Por el momento, sí. Pero la cosa no terminaba allí, continuaron su paso derrotando a los enemigos que les salían al paso, pero Kala continuaba usando los explosivos y volvió a provocar un nuevo derrumbe que cada vez desestabilizaba la estructura interna de la mina. Las cosas no pintaban realmente bien. ¿Acabaría Kala con la inocente vida del resto de los rehenes? Aún estaba por saber, pero su respuesta llegaría pronto.

El avance continuaba y llegaron a lo que identificaron como el final de la cueva, las últimas batallas contra los javaespines les habían desgastado bastante, pero no se quedaría así la cosa. El final de la cueva se encontraba el que parecía ser el líder de aquellos javaespines acompañado por su sequito de cerdos agresivos. La batalla no tardaría en comenzar. Por suerte para los rehenes y por desgracia para los javaespines, Kala cayó rendida por las duras heridas quedando fuera de combate, realmente estaba desgastada por todas las batallas en la mina. Pero eso no pararía el avance de los javaespines y así, se acercaron un par que fueron derrotados con relativa facilidad. Debía encontrar a los últimos rehenes como fuera. Pero el combate final había estallado. El Líder de los javaespines se acercó a ellos y se dio comienzo al combate. Los lances del grupo venían y volvían, el combate era una batalla encarnizada en la que un ganador saldría de ella. El javaespín jefe golpeaba enfurecido a Nimloth y al resto, pero centró su atención en el primero llegando a dejarle contra las cuerdas. Pero por suerte, pudieron contrarrestar su ofensiva y derrotarle gracias a una acción individual de Nimloth. La mina había sido salvada, aunque el precio había sido alto. Los pocos rehenes que quedaban eran mujeres que pensaban que la gerencia de la mina quedaría sobre ellas, pero no sería así ¿Por qué? Ahora lo sabremos. Tras haber matado al mal que azotaba la paz de la mina volvieron a la entrada. Allí les esperaba el problema que les surgió al principio. La entrada estaba taponada por las rocas del primer desprendimiento. Para destruirlas, Nytz activó al Señor Bombita, su fiel compañero, pero fue en vano, no explotó lo suficientemente cerca. Nimloth recordó que guardaba las granadas que Nytz le diera hace días, tomó una y tras quitarle el seguro la lanzó contra las rocas. La granada reventó haciendo que las rocas quedasen reducidas a piedrecitas. Lo habían logrado, habían conseguido salir de la mina.

Continuaron su avance hasta llegar a donde estaba el gerente de la mina que tras hablar con ellos, les invitó a salir de allí. Tras irse de la mina, emprendieron el viaje de vuelta a Muelle Pantoque, allí debía hablar con el Teniente Ganyx. Había sido un éxito medianamente fracasado.

Tras varias horas de vuelo, llegaron a Muelle Pantoque, allí los tres se separaron y cada uno fue a descansar, al día siguiente informarían al Teniente Ganyx.

Un cambio de aires. Es hora de la ofensiva.

Durante los días venideros, Nimloth estaría practicando duramente su destreza con el escudo y la espada en la playa, había mejorado mucho desde sus combates con Lorathiol y no veía el momento para volver a verse la cara con él en un duelo. La verdad es que las cosas para Nimloth habían cambiado demasiado desde que se marchase de Lunargenta aquel día. Poco había en común entre el Nimloth que vivía frustrado y desolado por los devenires de su vida y el Nimloth actual que disfrutaba de la vida siempre acorde a su doctrina. En cuanto a la actividad en el Muelle Pantoque, poca cosa había que destacar, por suerte o por desgracia se había acostumbrado a aquel clima tan peculiar que el mar suavizara con su dulce brisa y que dejara unas temperaturas algo más frescas que en Durotar. La verdad es que todo iba viento en popa. Parecía que los problemas no llegarían a su vida en una buena temporada.

Pero, cabe destacar que, durante estos días tras la captura del elfo de la noche, pocas cosas ocurrieron entre ellas la siguiente. Nimloth se encontraba como de costumbre en la posada donde descansaba cuando entró observando un nuevo rostro que desentonaba con el paisaje habitual de la taberna. Parecía ser que había un nuevo huésped, al cual Nimloth no le hizo mucho caso, pero eso no sería lo importante de la cuestión. Lo importante sería el comportamiento que este Goblin misterioso tomaría. Para empezar, optó por seguir y observar a Nimloth tras una columna del porche de la posada desde donde se ocultaba a la vista de Nimloth. Mientras, este cuidaba de su dracohalcón, el cual le diesen una semana atrás en Orgrimmar por su aprendizaje de altos vuelos, para el cual había comenzado a preparar el papeleo de la licencia que le permitiría volar por alturas más considerables del cielo de la Horda. Pero volvamos al tema en cuestión. El extraño visitante oteaba con la vista las acciones que Nimloth llevaba a cabo sobre su compañero plumífero. De pronto, el sujeto verde salió corriendo hacia el interior de la taberna y apareció vestido de a pie, es decir, con ropajes normales. Nimloth seguía sin darle demasiada importancia, pero entonces ocurrió. El Goblin se acercó y comenzó a ofrecerle uno de sus disparatados inventos, los cuales resultaban más una estafa que una manera de vender. Nimloth hizo bien en fiarse poco y denegar toda oferta que este extraño visitante le hacía. Era bastante inusual. Tras varios intentos fallidos, el Goblin decidió marcharse. Mientras, Nimloth continuaría ocupándose de hacer sus deberes para con la criatura. Parecía no molestarle el hecho de tener que cuidar de aquel entrañable ser que le permitía surcar el cielo y que, poco a poco, iba convirtiéndose en su más fiel compañero. Toda una proeza.

Horas más tarde, tras haber paseado con el dracohalcón, Nimloth regresó a la posada, allí estaba Nytz con uno de sus inventos, K-DOS. Aquel robot tenía un buen uso y era bastante eficiente, cosa que levantaba la curiosidad y la admiración de Nimloth. De pronto, algo en la cabeza de Nimloth dijo: “¿Por qué no probar su eficiencia entrenando con él?” La respuesta fue un sí rotundo y rápidamente se introdujo el tema en la conversación que ambos mantenían. Nytz accedió a probar el robot en un combate contra Nimloth y ambos se dispusieron para combatir, tanto robot, como Nimloth. Rápidamente, Nimloth lanzó un estoque sobre el cuerpo del robot sin la intención de estropearlo, pero quizás se pasase un poco, lo cual provocó que el robot comenzase a emitir un sonido extraño y cayese al suelo soltando chispas. Pocos segundos después el robot comenzó a emitir gases y el nuevo complemento, el lanzagranadas, se activó. Nimloth se cubrió con su escudo ante la inminente explosión. Tras un par de segundos, el robot lanzó un explosivo contra el escudo de Nimloth. El ácido que contenía el misil se roció sobre el escudo y comenzó a corroerlo, así hasta quedarlo vagamente inútil. Nimloth había perdido su defensa y de una manera muy simple. Algo en su cabeza se activó y le hizo pensar. Si su escudo se había quebrado con tanta facilidad, cualquiera podría romper su defensa con un poco de maña. Entonces recordó el estilo de combate de algunos Caballeros de Sangre, aquellos que usan espadas simples en ambas manos. Era un estilo muy versátil que le dejaba mayor movilidad y acción ofensiva contra el adversario. Cosa que Nimloth veía como un plus más que una contra y que por lo tanto, decidió que a partir de entonces portaría dos espadas, una en cada mano. Pero antes de poder llevarlo, debía entrenar con dos espadas en ambas manos. Así pues se despidió de Nytz y marchó al piso superior a buscar su espada para ponerse a entrenar lo antes posible.

Y así los días pasaron y Nimloth fue entrenando cada vez más, consiguiendo movilidad y mayor ofensiva. Cada vez era algo más fuerte. Aunque era un nuevo estilo, comenzaba a dominarlo poco a poco. Los entrenamientos eran demasiado agotadores pero resultaban efectivos. Nimloth poco a poco fue desarrollando una mayor maestría con ambas manos, algo que en la batalla le ayudaría bastante.

Varios días más tarde, Nimloth se encontraba dando un paseo por el Alto Mando cuando observó al Teniente Ganyx, se acercó a él y lo saludó comentándole sus avances en el vuelo con el dracohalcón. Mientras, una figura ya conocida por Nimloth se adentraba en el Alto Mando y armaba un enorme escándalo, era el vendedor de pacotilla del otro día. Al parecer le había citado falsamente en el Alto Mando para un trabajo. Ganyx hizo uso de su elocuencia natural con la que acababa que la gente se uniese al Batallón Pantoque y consiguió como “castigo” que el alborotador Goblin se uniese al Escuadrón Kaja’mita. Un hecho auténticamente extraño para Nimloth pero al cual se iba acostumbrando poco a poco. Sin duda algo realmente peculiar.

Tras este pequeño incidente, Nytz hizo acto de presencia en una especie de aparato volador, era su último invento. Al menos ya habría alguien con quien Nimloth pudiese volar, era un avance. Nytz bajó del vehículo tras habérselo pedido el Teniente y les comentó que había un encargo para hacer, pero que se lo comunicarían cuando el resto estuviese, es decir, cuando Kala y Zautso, el nuevo recluta del Batallón, estuviesen presentes. Por suerte para todos, andaban acercándose y pronto recibieron las noticias. Debía acudir a solventar la situación de una mina situada en los Baldíos del Sur. Una misión un tanto extraña aunque con la que Nimloth podría seguir demostrando su valía. Tras recibir las órdenes del Teniente Ganyx, Nimloth y el resto pusieron rumbo a Orgrimmar. Saliendo volando en su dracohalcón hizo la ruta costera hasta Orgrimmar, para Nimloth era la más segura aunque la más larga. Últimamente con el conflicto con los Kaldorei, las cosas andaban más turbadas de lo normal, pero eso era harina de otro costal, ahora debían centrarse en su principal misión. Tras un par de horas de vuelo, llegaron al fin a la Ciudad de los Orcos. La temperatura subía poco a poco y comenzaba a notarse un calor algo fuerte aunque la mayoría estaban acostumbrados. Tras una breve parada en Orgrimmar pusieron rumbo a El Cruce, allí pasarían el tiempo necesario hasta poder iniciar su misión. Era momento de planificarlo todo bien. Así pues, se instalaron allí tras su llegada desde la Ciudad Orca. En resumen, toda una odisea.

La brisa en la cara y una captura fácil. Primera misión en Muelle Pantoque.

Nimloth ya llevaba una semana en el Muelle Pantoque, allí las cosas se habían vuelto más tranquilas, cada día que pasaba lo alejaba del recuerdo de su pasado. Aquello estaba comenzando a cambiarle, atrás quedaron los días en los que vagaba pensativo mientras el peso de la culpa le castigaba el alma, sus días de fracasos y desdichas en Quel’thalas había pasado a formar parte del pretérito de Nimloth. El antiguo Nimloth que vivía lastimado por sus hechos había comenzado a desaparecer, ahora era un Nimloth que disfrutaba de su vida siempre sirviendo a quien necesitase ayuda. Había comprendido que en el camino de proteger a los suyos de las sombras que se ciernen sobre el mundo, había hueco para disfrutar de lo que la Luz iluminaba todas las mañanas. Ahora había comenzado a acercarse a su yo más interno y a entrar en armonía con las cosas. Aunque la idea de que en Muelle Pantoque él no encajaba seguía en su mente. Su cuerpo comenzaba a prepararse para la venida de la Luz, quién sabe si algún día tras su vuelta a Lunargenta fuese bendecido por el don de volver a portarla. Durante esa semana que llevaba en Muelle Pantoque, no había parado de entrenar, meditar y leer. Había dado todo lo que tenía para seguir prosperando y no dejar que las desdichas que en su pasado habían levantado brechas de enorme calibre siguieran corrompiéndole por dentro. Por fin miraba hacia delante. Había comenzado a ver las cosas buenas de la vida, lo iluminado de esta. Pero todo iba a ser tranquilidad también habría espacio para volar y para luchar por sus ideales.

La tarde siguiente al vencimiento de los siete primeros días de Nimloth en Muelle Pantoque fue un tanto especial, se encontraba oteando el horizonte desde la terraza de la posada mientras tarareaba una vieja canción que su madre solía cantarle para que se durmiera, miraba la placida bahía, la mar estaba tranquila y las gaviotas sobrevolaban la costa en busca de algún molusco que llevarse a la boca. Todo estaba en calma. Parecía un buen día para pasear por las calles de Muelle Pantoque. Nimloth bajó al piso inferior y se dirigió a la calle. Al salir fuera y bajar las escaleras, se percató de que Nytz estaba allí, pero no estaba sola, había una goblin que no había visto nunca con ella. Nimloth se acercó a saludar y comenzó a charlar con las goblins, al parecer, una de ellas había perdido a un tal Señor Nitrotolueno, mientras que la otra a su robot K-DOS. La cosa le resultaba rara a Nimloth que mientras hablaba con las goblins, una le había confundido con un Troll. Era una situación muy extraña para Nimloth, de la que debería salir mediante la palabra. Tras hablar con ambas, Nytz tuvo que irse, y se ofreció a ayudar a la otra goblin. Ambos se pusieron manos a la obra y comenzaron a buscar al Señor Nitrotolueno que se había perdido. Comenzaron mirando por una cuesta que daba al exterior de una casa. Allí, Nimloth rebuscó entre unos matorrales y encontró una barra roja de gran tamaño, al parecer dinamita, avisó a la Goblin y esta lo reconoció como el Señor Nitrotolueno, tras eso prendió la mecha y ambos salieron corriendo. A los pocos segundos explotó haciendo caer a Nimloth por la onda expansiva y produciendo un herido, un orco que pasaba por la zona fue estampado contra la pared. Nimloth tornó su rostro serio y le explicó a Kala, que así se llamaba la goblin, que lo que había hecho era una irresponsabilidad de la cual debía acatar las consecuencias. Para ello, Nimloth la obligó a acompañarla al Alto Mando, allí donde residía la sede del Batallón Pantoque.

Tras callejear por todo Muelle Pantoque, Llegaron al fin al Alto Mando, allí estaba el Teniente Ganyx, a quién Nimloth le explicó lo ocurrido y enseguida puso solución al asunto. Al parecer, obligó a la Goblin a unirse al batallón. Nimloth no veía coherencia a lo ocurrido, en Lunargenta eso suponía la mazmorra o quién sabe si algo mucho peor. Era realmente extraño. No lograba entender a los goblins aunque le parecían majos, sobre todo cuando no le confundían con otra raza. Que en su caso era la mayoría del tiempo. Volviendo al asunto en cuestión, el Teniente Ganyx también tenía que decirle algo, pero antes le preguntó lo siguiente: ¿Sabes montar? Nimloth asintió pero hizo una matización a la pregunta. No sabía volar. El Teniente le comentó que dado su condición tendría que volar bastante y que para ello desde Orgrimmar le habían encomendado la misión de aprender a manos de Kelgan, un reclutador de Brutos de Orgrimmar. Nimloth asintió y enseguida se puso en marcha para ir a Orgrimmar. Subió en el barco y esperó a que este pusiese rumbo a la ciudad orca. Al poco tiempo el barco zarpó y su travesía hacia Orgrimmar comenzó.

Al cabo de unas horas llegó a Orgrimmar y rápidamente fue en busca de Kelgan, supuso que si iba a enseñarle a montar, debería estar en las cercanías de la torre de zepelines, en aquel lugar donde los jinetes criaban a las mantícoras. Así pues, Nimloth puso rumbo hacia allí y tras callejear por Orgrimmar llegó, al fin aprendería a volar. Nimloth se acercó y preguntó por Kelgan. Un orco le dijo que era un viejo que estaba por allí al cuidado de una mantícora. Nimloth se aproximo y se presentó como el mandado desde Muelle Pantoque. Kelgan le acogió y comenzó a explicarle las nociones básicas sobre montar. Le explicó que debían andar con ojo con el comportamiento del animal, además de revisar todo lo concerniente a las riendas, la silla, etc. Una vez visto todo de manera lógica, Kelgan se montó en su dracoleón y Nimloth hizo lo propio en un dracohalcón que el maestro Pyreanor le había concedido. Tras eso comenzó la larga travesía por Durotar.

Comenzaron arrojándose al vacío, Nimloth agarró con fuerza las riendas, seguro de sí mismo y confiado en el dracohalcón se arrojó al vacío. La adrenalina comenzó a inundar su cuerpo, sentía como el viento azotaba su cara. Debía levantar el vuelo, para ello tiró levemente de las riendas y estabilizó el vuelo. Tras conseguir estabilizar el vuelo, puso rumbo tras Kelgan y juntos salieron de Orgrimmar rumbo al sur. Aguantó como fue capaz las riendas y juntos dieron un largo paseo por la región. Kelgan le enseñó un par de trucos que quizás aprendiera con el tiempo. Nimloth se aferraba con seguridad a las riendas y conducía el dulce vuelo sobre las desérticas estepas de Durotar, al cabo de un par de horas volando se apostaron cerca del rio que separa Los Baldíos de Durotar. Allí Kelgan le explicó un par de cosas más y marchó volando. Ahora él debía volver a Muelle Pantoque, y lo haría volando. Tomó las riendas y azuzó al dracohalcón para ponerse en marcha hacia Muelle Pantoque, para ello bordearía Orgrimmar y haría la travesía sobrevolando el mar.

Aquella estampa era preciosa, podía ver los peces y las olas que mecían el mar mientras a su izquierda descansaban los acantilados cercanos a Orgrimmar y que la separaban del mar. Nimloth sobrevolaba tranquilo la zona en dirección al islote donde se encontraba Muelle Pantoque. A lo lejos comenzó a ver el brazo del sur de Aszhara Ahora debería atravesarlo por las entradas que había en los desniveles del terreno. Dirigió el dracohalcón hacia uno y se introdujo en el golfo de Aszhara. Poniendo rumbo al Muelle Pantoque, el cual ya estaba visible. Imponente a lo lejos, Nimloth llegó volando a la costa de Muelle Pantoque. Al poco tiempo de de llegar a la costa dirigió su vuelo a la parte trasera de la isla, allí aterrizó y se encontró con Nytz. Nimloth le comentó lo que era ese animal sobre el que descansaba tras haber recibido la pregunta por parte de la goblin. Tras aclarárselo fue a buscar un lugar donde dejar al dracohalcón para que descansase y pudiese cuidarlo. No le costó mucho encontrar un buen sitio a pesar de las metálicas condiciones de la isla. Tras eso dejó descansando al animal. Hoy había hecho un buen trabajo.

Nimloth puso rumbo a ver el tablón de noticias y se encontró con la goblin. Tras mirar un par de noticias comenzó a charlar con ella hasta que Kala llegó. Cuando esta llegó comenzaron a hablar los tres y estuvieron así durante un buen rato. A los pocos minutos, el Teniente Ganyx hizo su aparición y les encomendó una misión tras haber hablado Nimloth con él de su nueva condición aérea. La misión constaba de un encargo, capturar a un elfo de la noche para sustraerle información sobre los planes de los suyos. La cosa no sería muy difícil, o al menos eso esperaban. Nimloth tornó un poco más serio de lo normal, era hora de trabajar. Y se mantuvo así durante toda la misión. Rápidamente tras recibir las órdenes se pusieron en marcha. Debía tomar El Sardinero, el barco insigne del Escuadrón Kaja’mita. Para llegar a este barco debía pasarse antes por la casa de Nytz. Nimloth iba con el Halcón zancudo ya que no se le permitió ir en dracohalcón, pero un problema le surgió en el camino al barco, debía dejar el halcón porque no cabía. Ató pues al halcón y subió al barco. Nytz lo hizo arrancar y salieron hacia su destino.

Cruzaron la costa a una velocidad moderada, al poco tiempo llegaron a la costa. Allí desembarcaron y comenzaron la travesía hacia Punta Thalendis. Nimloth seguía pensando y observaba como las goblins charlaban. Poco a poco seguían avanzando hacia el lugar. Encontraron la autopista y siguieron el camino hacia el puesto de Orgrimmar. Continuaron el camino y llegaron al puesto, allí bajaron y continuaron hacia el oeste. Siguieron el camino y llegaron a la cantera. Allí les aguardaba una inesperada sorpresa. De la nada salieron un grupo de Kaldorei que les rodeo y les indujo al combate. Tras ser rodeados, Nimloth se lanzó contra el primer Kaldorei propinándole un duro estoque en el costado. El combate continuo y los lances del grupo fueron acabando con los elfos excepto con uno, aquel parecía ser el líder de la agrupación. Nytz activó a su robot comenzó a disparar contra el elfo. Tras eso el elfo golpeó con dureza a Kala. Nimloth se lanzó y le propinó un duro estoque que le dejó una fuerte huella en pecho. El elfo se lanzó contra Nimloth y pudo esquivarle, para entonces Kala lanzó una granada aturdidora y consiguió derrotarle y dejarle inconsciente. Ahora debían volver a entregar el cuerpo del Kaldorei, Nimloth cargó con él hasta la pista de cohetes, donde tras pagar el viaje, los tres “héroes” subieron a los cohetes y salieron dirección este, acercándose a la posición de su barco. Tras bajar emprendieron el camino hacia el barco, tras encontrarlo regresaron a Muelle Pantoque.

En Muelle Pantoque dieron parte a Ganyx y dieron por completada la misión. Tras es, Nimloth se fue a sobrevolar la bahía para seguir entrenando con el dracohalcón. Debía mejorar lo máximo posible.