A raíz de su noche en las mazmorras, Nimloth había comenzado a replantearse las cosas. ¿Era ese su lugar? ¿Aceptaría el pueblo de Quel’thalas lo ocurrido? ¿Volvería a poder mirar a la cara a Elithiel? ¿Qué ocurriría con él y la Orden? Todo eran preguntas, pero no hallaba las respuestas. Durante esos días antes de ir a la Orden a hablar con Alaron, el Alto Campeón, Nimloth se planteaba las cosas de diferentes maneras, quedarse, irse, dejarlo, aguantar. Todo aquello producía choques en su mente. No estaba seguro de anda y a la vez de todo. Sabía que algo tenía que cambiar ¿Pero qué? Esa era la pregunta para la que no halló respuesta. Entre todo ese mar de preguntas sin respuestas claras, él vivía como podía. Intentaba seguir sus hábitos, pero siempre le rondaba la misma cantinela. Quizá era el momento de replantearse las cosas ¿Hacia dónde ir? Si es que la solución estaba en irse. No sacó muchas cosas en claro, pero por el momento aguantaba como podía. Al fin y al cabo estaba solo en esa ciudad. No tenía familia, ni amigos, ni nadie de extrema confianza con quien poder sentarse y charlar durante horas. Así era su vida en aquella ciudad a la que juró proteger costara lo que le costara. Pero siempre con la cabeza bien alta y asumiendo lo que el destino le traía constantemente. Así era él. Quizás algún día acabase explotando, pero mientras el tarro se llenaba.
Durante esos días llenos de preguntas y planteamientos sobre las cosas que le rodeaban, salía poco de su habitación, se dedicaba a leer, entrenar y poco más. Había comenzado a plantearse aprender a montar en dracohalcón, pero no tenía dracohalcón. Debía hacerse de uno y quizás algún jinete ya fuera de la Orden o de la Ciudad le instruyese en la monta de esos curiosos animales voladores. Quizás era el momento de aprender, quién sabe si en el futuro le hiciera falta. Pero antes debía pensar muy bien lo que hacer.
Entre las pocas veces que salía de su habitación, solía pasear por la Ciudad como alma en pena, aunque siempre con su porte elegante y recto, sin mostrar a los posibles enemigos una muestra de abandono. Seguía cuidando su imagen como de costumbre. Le costaba mucho aparentar algo que no sentía, era raro para él, por eso decidió evitar los paseos por la ciudad, acaban por estresarle más que relajarle. Además de dichos paseos, también solía salir a entrenar, ya no iba hasta las traseras de Lunargenta, ahora solía entrenar en un lugar cercano al Sagrario del Oeste, aquello le recordaba la obtención de su tabardo. Aquella maravillosa tarde, cuando las cosas comenzaron a torcerse. Aquello era el inicio de todo. Solamente hacia unos meses que había vuelto a Lunargenta. Ahora sentía como aquella felicidad creciente se había convertido en frustración, una frustración que no le venía nada bien. Veía como las cosas se desmoronaban como castillos de arenas que la marea se lleva poco a poco. Pero él no iba a dejar que eso ocurriese, antes pondría un muro de contención. Era lo que debía hacer. Si no la amargura acabaría por agriarlo por completo. Se convertiría en un alma en pena sin consideración por las cosas bellas de la vida. ¿Pero cuál sería la solución a su problema? El tiempo se acababa y debía dar un paso adelante y afrontar las circunstancias. Era el momento de ir a la Orden.
Al día siguiente, Nimloth preparó todo para volver al servicio, o al menos para hablar con Alaron. Debía recobrar la normalidad y dejar de verse afectado por los insignificantes problemas de la vida. Y allí estaba delante del edificio de la Orden, allí le esperaba su destino. Entró saludando como de costumbre a los guardias y esta vez, rompiendo con la monotonía, no hizo nada, se quedó observando la grandeza de aquellas instalaciones donde residía la esperanza de un pueblo. De pronto, el Alto Campeón entro en la Gran Sala de la Sangre y observó a Nimloth. Este le hizo una reverencia y le saludó. Pero el maestro, de manera fría y secante le dio el tabardo y le dijo que tenían trabajo. Nimloth le siguió a pie y luego recogió el halcón zancudo que estos últimos días le acompañaba siempre. Subió a su lomo y caminó con él hasta ponerse a la altura de su maestro, nunca adelantándole y guardando una distancia prudencial, como el protocolo militar mandaba. Salieron, así de la ciudad y pusieron rumbo hacia Tor’watha, el primer bastión Amani entre Lunargenta y Zul’aman.
A la altura del Retiro del Errante desmontaron y comenzaron el trayecto a pie, sus monturas descansaban en los abrevaderos del Retiro. Durante el trayecto, Nimloth le preguntó la causa de la misión y el Alto Campeón le dijo que los Trolls estaban demasiado descontrolados, a raíz de la caída de su líder, se habían puesto muy nerviosos y estaban dando quebraderos de cabeza. Al poco tiempo llegaron a Tor’watha, allí comenzaron a ver a los primeros Trolls. Ocultos desde la espesura de los arbustos y los arboles, comenzaron a avanzar, el paso era ligero y los primeros Trolls comenzaron a caer, pero contenían nada de información, poco a poco fueron abriéndose paso por los alrededores de la ciudad. Los Trolls caían sigilosamente, pero nadie se había dado cuenta de su presencia aún. El avance era claro. Entonces llegaron a una casa. Entraron por la ventana y mataron a los habitantes de la choza. Comenzaron a rebuscar por dentro pero no encontraban nada, tras mirar por la casa observaron a dos Troll que pasaban cerca de la casa. En una acción rápida ambos cayeron muertos. Debían darse prisa o los descubrirían a causa de los cadáveres. Volvieron al interior de la casa, esta vez Nimloth se fijó en el tótem que coronaba la casa. Algo le parecía raro, de pronto buscando en él, encontró una tablilla. Parecía recién hecha. Nimloth la tomó y avisó a Alaron. Habían encontrado algo que les serviría. Podían marcharse de allí. Alaron guió a Nimloth por los alrededores y salieron de allí como alma que lleva el diablo. Cruzaron el lago, pero allí habían más Trolls, rápidamente se dirigieron al Retiro del Errante. La misión había terminado. Nimloth hizo entrega de la tablilla y marchó a la ciudad tras Alaron.
En la ciudad, tuvo un encuentro inesperado. Era ella. Elithiel. Aquella a quien en mal día azotó y torturó físicamente. Aquello le preocupaba cada vez más. No había vuelto a saber de ella desde aquella noche en la que la última vez que la vio fue cuando le suspendieron de servicio. Pero ahora estaba delante de él. Nimloth habló con ella, pero sabía que estaba todo perdido, no había marcha atrás, había perdido una posible buena amistad, quizás la única que tendría en mucho tiempo. Aquello terminó de hacerle pensar, una retirada a tiempo es una victoria.
Marchó a la taberna y comenzó a escribir una nota su futuro dependía de la respuesta. Tras escribirla hizo entrega de ella en la Orden. Su porvenir estaba pendiente de la carta. ¿Seguir viviendo así o cambiar de aires?
*La carta con el sello de la familia Sangreluz llega a manos del Alto campeón Alaron por mediación del Campeón Bachi. El contenido de la carta es el siguiente.*
Estimado señor,
Si lee esta carta es porque el señor Bachi le ha hecho entrega de ella. Con motivo del malestar suscitado por mis acciones para con la Ciudad y sus conciudadanos, he estado meditando y pensando costosamente sobre una solución alternativa. Para ello he tomado en cuenta los últimos acontecimientos, mi estancia en la mazmorra y mi larga serie de errores dentro de los muros de esta, nuestra ciudad. La solución más viable para enfriar las cosas entre la Ciudad y yo que he podido meditar es la de pedir un traslado. Con esto me refiero, a que se me asigne la capacidad de asistir en las labores diplomáticas de la Orden y la Ciudad, como antaño hacían mis padres.
Reitero que esta decisión viene tomada por mi circunstancia. Mis inútiles intentos por colaborar con el reino de Quel’thalas me han traído hasta aquí. Por eso le pido, por favor, desde la máxima estima y admiración que mi persona le tiene, que si valora lo más mínimo mi trabajo, me permita realizar esta petición.
Dicho esto le pido disculpas, y le aclaro que estaré dispuesto a acatar sin rechistar cualquier decisión que desde las Cúpulas más altas de la Orden se tomen hacia esta acción. Sin molestarle más finalizo esta carta y deseo de corazón que tome en consideración lo aquí expuesto.
Gracias y un cordial saludo.
Nimloth Sangreluz.
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