viernes, 3 de febrero de 2012

El misterioso inquilino de la Aguja Brisaveloz.

Acababan de liberar la Aguja Estrella del Alba, Nimloth los había llevado a la victoria, parecía que valía para ello y ahora que tenía los ánimos subidos marcharían a la Aguja Brisaveloz, pero no sin antes informar en el Enclave del Errante. Rápidamente pusieron rumbo hacia el Enclave, mientras, Nimloth les comentaba lo que ocurría y les felicitaba por su trabajo. Realmente habían hecho un buen trabajo. Nimloth les estaba muy agradecido a ambos por ayudarle, pero se mantenía serio, tenía un mal presentimiento. Con el paso de los minutos, lograron llegar al Enclave, allí les esperaba la forestal encargada, hablaron con ella y esta les felicitó e hizo cobro de la “deuda” o pacto que había hecho con Nimloth, la Aguja Estrella del Alba volvía a formar parte de los Errantes. No podían detenerse mucho tiempo, el viaje hasta la Aguja sería largo. Cruzando de Este a Oeste todo el bosque. Enseguida se pusieron en marcha. Durante el camino, Nimloth entró en los detalles sobre la Aguja Brisaveloz, les comentó todo lo que sabía y les dijo que no se esperaba nada bueno de la Aguja. Pero les quedaba muy poco para descubrir que se escondía tras los muros de la Aguja Brisaveloz. ¿Qué habría allí dentro?

Una hora más tarde, al fin llegaron a la Aguja Brisaveloz, Rápidamente Nimloth corrió hasta el camino que subía a la colina donde descansaban los restos de la Aguja, sus últimos habitantes la Plaga, los actuales todavía eran desconocidos. Pero estaban allí para descubrirlo. Nimloth les ordenó ponerse en marcha y comenzaron su ascenso hasta las cercanías de los muros de la Aguja. Allí vieron a dos humanos guardando la entrada, estos todavía no les habían visto. Nimloth se preguntaba qué harían humanos allí, pero pronto descubrió que no eran humanos normales, en ese momento, los humanos bajaron y comenzó la batalla. Habían visto intrusos y debían eliminarlos. El forestal lanzó una flecha que acabó fallando. El primer humano se lanzó a por Nimloth pero pudo cubrirse con su escudo como pudo. Tras esto, Anarel acabó con la vida del primer soldado “humano”. El segundo humano atacó a Anarel pero este pudo esquivarlo. Esos soldados eran un par de incompetentes, Nimloth se abalanzó contra el segundo, logrando matarle de un estoque en la garganta. Habían acabado con los dos soldados, debían continuar, pues quien fuera quién estuviese allí, no quería que nadie viera lo que hacía.

Continuaron avanzando y llegado a un punto de la cuesta que subía a la Aguja Brisaveloz, lo vieron. Una abominación contra las leyes de la naturaleza, parecía el experimento fallido de un apotecario de Entrañas, era horrendo, tenía pinta de ser un siervo del extraño inquilino. Rápidamente la enorme aberración se acercó trotando hasta donde estaban ellos y habló. Aquella blasfemia de todo lo natural tenía tornillos en la cabeza y la piel le colgaba putrefacta, era una imagen aterradora, digna de una novela de miedo como las que había en la biblioteca de Lunargenta. La enorme aberración emprendió atacando a Anarel que se vio vencido por el golpe de la terrible bestia. Rápidamente se lanzó y le devolvió un estoque directo al ojo. La bestia intentó atacar al forestal consiguiendo acertarle. Este le lanzó una flecha pero resultó fallida. Hoy no era su día. La bestia oponía resistencia, lanzó varios golpes contra el forestal que pudo evitar. Nimloth se lanzó a golpear a la bestia pero falló la cuesta acortó su fuerza y la bestia pudo retirarse sin problemas. Había fallado, pero el combate no terminaba ahí. La bestia se lanzó contra Nimloth pudiendo este esquivar el golpe echándose hacia atrás. Tras eso el forestal intentó lanzarle otra flecha pero seguía sin acertar. La bestia enfurecida atacó al forestal que pudo zafarse de la acometida y ponerse a un lado. Anarel atacó por la espalda de la bestia causándole un corte en la columna de huesos. Era el momento de acabar con ella. La bestia se volteó y lanzó varios golpes contra Nimloth que pudo parar con su escudo. Nimloth sacó fuerzas y se lanzó contra la bestia para cortarle la cabeza. Lo había conseguido, la había matado pero no puedo sesgarle la cabeza completa y antes de morir esta exhaló un enorme grito. Había muerto.

Nimloth y el resto continuaron inspeccionando la estancia superior de la Aguja Brisaveloz, no había nada de interés. Salieron a la parte trasera, pero tampoco encontraron mucho, solo dos caminos que llevaban a otra estancia inferior. Nimloth tras hablar con ellos les ordenó a Anarel y al forestal que tomasen un camino mientras él tomaba el otro, se reunirían abajo. Nimloth tomó su camino, pero nada le salió al paso. Estaba como abandonada. Ni rastro del misterioso inquilino. En la estancia inferior se encontró con Anarel y el forestal. Entonces oyeron unos ruidos tras la cortina de la última estancia. Había alguien. Nimloth tomó su arma y se adentró en la sala junto con Anarel y el forestal. Los tres valientes se encontraron con dos siervas oscuras del misterioso inquilino y con este. Eran nigromantes de la Plaga. Todavía seguían allí. Nimloth se aferró con fuerza a sus armas, sabía que sus hombres estaban cansados. El forestal rápidamente lanzó una flecha contra una de las siervas logrando matarla, pero la otra consiguió acertarle con una bola de sombras matándolo, había caído, Anarel rápidamente tomó su espada e intentó matar a la otra pero esta bloqueó el golpe con soltura. La sierva del misterioso inquilino lanzó una bola de sombras que engulló a Anarel acabando con su vida. Había muerto. Nimloth se aferró entonces a su espada y mató a la cultora. Habían muerto, solo quedaban él y el nigromante. Era un todo o nada. Vivir o morir. El nigromante lanzó una fuerte descarga de sombras sobre Nimloth que le dejó algo herido. Nimloth le devolvió el golpe rápidamente logrando hacerle un corte en el pecho. El combate solo había comenzado. El brujo lanzó una potente bola de sombras que impactó sobre Nimloth quebrando su parte de su armadura. Estaba muy herido. Era su fin.

Pero de repente, apareció él. Como una bendición caída del cielo, el Alto Campeón Alaron de la Orden de los Caballeros de Sangre, entró en escena. Nimloth se quedó petrificado mientras se dolía de sus heridas. Estaba allí, Nimloth le admiraba pero al verle sabía que estaba vivo, más vivo que nunca. El combate no había hecho más que empezar. El Alto Campeón se lanzó con sus espadas contra el nigromante que pudo defenderse esquivando los golpes. Rápidamente lanzó una onda oscura contra el Alto Campeón que no pudo para y le golpeó. Tras eso el Alto Campeón consiguió golpearle con sus espadas causando sendos cortes con estas. El nigromante estaba contra las cuerdas, pero para él, no todo estaba perdido, de repente comenzó a concentrar energías oscuras alrededor de él. Iba a abrir un portal. Nada pudo detenerle y consiguió abrir el portal, pero le dejó un recado a Nimloth.

-Volveremos a vernos.

Nimloth se aferró con pocas fuerzas a sus armas, el combate había terminado. Ahora debía afrontar la verdad. Su maestro y señor estaba allí. Debía responder por las muertes de los dos voluntarios y sus compañeros al fin y al cabo. El Caballero de Sangre le ordenó que llevase al forestal al Enclave del Errante y allí diese la cara por sus actos. Tras un viaje cargando con el forestal muerto, llegó al Enclave y se sometió a los gritos furiosos de la Forestal. Las cosas no habían salido tan bien como esperaba. Su rostro se tornó serio, habían muerto. Tras marcharse con la armadura llena de sangre del Enclave puso rumbo a Tranquillien, debía volver a Lunargenta a responder por la muerte de su amigo Anarel. Tomó las riendas de su halcón zancudo y marchó presto a Lunargenta donde se sometió a la reprimenda y castigo de su señor. Pasaría la noche en las mazmorras. Ese era el precio por su imprudencia. No había excusas. Era otra mancha más para su historial. Las cosas se habían torcido mucho más si cabe.

Y así fue, pasó la noche en las mazmorras apartado de los presos, cumpliría su castigo al pie de la letra. Había fallado de nuevo. Al día siguiente fue liberado, no fue una buena noche para él. Debía hablar con el Alto Campeón sobre su futuro en la Orden, su circunstancia pendía de un hilo.

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