viernes, 3 de febrero de 2012

Restaurando la paz de la Ciudad de las Luces, tercera parte.

Era el momento del cambio, sin duda aquel día sería el día en que las cosas cambiasen. Esos brujos dejarían de una vez de sembrar el caos y el terror en las calles y las afueras de la ciudad. El cambio había empezado en el bosque, pero se propagaba como una gota de aceite por el resto de la región. Se comenzaba a rumorear que los rebeldes jamás se rendirían y que seguirían interponiéndose en el camino del crecimiento de la ciudad. Querían traer más corrupción a la ciudad. Pero las cosas se acabarían ese mismo día. Ese día comenzaría uno de los cambios más grandes jamás vividos en la ciudad desde la corrupción de magia vil. Sería el día en que los Sin’dorei pudieran dejar atrás las artes viles que degeneran las raíces y aptitudes de las doctrinas de la ciudad. Era la civilización contra el control de las masas que ejercían los brujos.

Aquella mañana, Nimloth se sentó a descansar en la terraza de su casa recién comprada. Desde allí podía ver las inmensas laderas y valles que poblaban las afueras de los bosques de la ciudad. Allí tomó el desayuno mientras observaba la tranquilidad del bosque. Incluso le parecía que este le sonreía dándole las gracias a él y a los demás Caballeros por su excelente trabajo. Tras tomarse el desayuno, marchó dentro de la casa y tomó uno de sus libros favoritos sobre los designios de la filosofía de la Luz. Y allí se quedó durante toda la mañana leyendo entre las luces que entraban por las oquedades de la casa. Así pasó el tiempo descansando mientras leía y reponiéndose de sus heridas del día anterior. Entre sus lecturas comenzó a murmurar los conjuros de alivio que conocía aliviándose las heridas con mucho cuidado. Poco a poco iba recuperándose de los rasguños de la pelea del día anterior. Así, entre lecturas y algún que otro divertimento para el estómago, Nimloth se fue preparando para el combate en el Sagrario.

La tarde comenzó con la comida de Nimloth, un buen filete del salmón a la plancha y una copa de vino rosado. Era un plato delicioso aunque a Nimloth el salmón no le hacía demasiada ilusión, pero era una dieta a seguir para mantenerse saludable. Tras eso volvió a sentarse a leer el libro que había tomado hasta la hora precisa. La lectura era realmente entretenida y le recordaba todo aquello que había aprendido años atrás, era como volver al pasado. Y aquello le alegraba. Le recordaban tiempos mejores en los que vivía en la compañía de su familia rodeado de los suyos y de su tío. De aquellos humanos que si hoy le vieran le repudiarían, le mirarían con cara de pocos amigos y él a ellos les echaría en cara su actitud. Aunque eso solo pasaría si esos humanos fueran unos bárbaros como el resto, como esos que repudian a la gente por su raza y su posición en este mundo. Él era un Sin’dorei y estaba con la Horda, es más estaba con su ciudad. Y no podía comprender como algunos de los suyos pensaban en atentar contra ese estado. El estado elfo. Le resultaba muy raro y bastante ilógico atentar contra lo tuyo. Destruir tu hogar, masacrar a tu gente e intentar imponer una ley que la mayoría no quiere. Es bien cierto que las cosas cambiarían esa tarde, pero eso el mundo no lo sabía. Comenzaba así, una era de cambios.

Si bien había estado leyendo durante la tarde, ahora su momento para actuar. Era partícipe de un cambio que no tardaría en llegar de la mano de su fiel amigo y compañero, Lorathiol. Él era el artífice y para él, el mérito de llevarles al fin del mundo. Puede que a veces fuese un poco rudo y tosco de pensamiento y quizá un tanto frío con sus iguales pero era una gran persona que se desvive por su Ciudad, que se aferra a los designios de esta y que no comprende una ciudad masacrada por la conveniencia de unos rebeldes que solo quieren el bien para sí y no para su raza. Esos desertores de la conciencia Sin’dorei. Esos estúpidos desalmados que atentaban contra la paz y la armonía de su ciudad, esos que hoy caerían en lo que podría llamarse la Guerra Civil Sin’dorei. Una guerra formada por una batalla en la que hermanos pelearían a favor de la idea de la ciudad sin brujería descontrolada contra los hermanos que habían salido de este nombre al pensar una ciudad de maldad y corrupción. Hoy les llegaba su momento y Nimloth sabía qué hacer.

Así pues llegaron como almas que lleva el diablo a la taberna donde Lorathiol les esperaba junto a sus hombres. Nimloth había decidido llevar los suyos para asegurar a los que contribuían a la bondad de su raza. Sus hombres echarían una mano para solventar este problema y formar parte de la historia. Pero ahora tocaba combatir. Ambos se encaminaron hacia El Sagrario y allí esperaron a uno de los hombres de confianza de Lorathiol. Malanior era un joven Caballero, casi del mismo rango que Lorathiol confiado a su nuevo señor. Se le veía algo envalentonado y precavido cosa que en esa situación no era muy normal. Pero allí estaban todos, esperando la orden para entrar.

Lorathiol dio la Orden segundos después y juntos entraron asegurando el camino hacia la última sala de El Sagrario. Allí los brujos habían comenzado un ritual para crear un Sangrevil. Los primeros en llegar fueron Nimloth, Lorathiol y Malanior. Allí los tres caballeros lucharían con gran garra y derrocarían a los primeros brujos, aquellos sembradores del caos estaban bastante entrenados y provocaban algunas heridas allá donde golpeaban, pero poco pudieron hacer contra la fuerza de los tres Caballeros. Al poco tiempo los tres brujos principales comenzaron a hablar del poder del Maestro. Pero tras poco hablar el primer brujo comenzó a atacarles. Por suerte sucumbió ante las esperanzas de un pueblo que quiere prosperar y dio con sus ideales en el suelo. El siguiente brujo probó suerte pero no se llevó más que la ira de Nimloth contenida en sus espadas y los golpes de sus compañeros. Con el segundo en el suelo, parecía que estaba a punto de terminar, pero no sabían lo que realmente se les avecinaba. Un tercer brujo, el último al parecer atacó, pero los Caballeros supieron derrotarle con gran maestría y en un último golpe sucumbió ante los elfos. Parecía haber terminado, pero aún quedaba uno más. Aquel brujo usó su picaresca para ocultarse de los Caballeros pero al final acudió a intentar darles un final que no merecían ni se llevarían aunque el pobre Malanior sufriera una muerte que no merecía. Y con un gran esfuerzo tras una batalla de desgaste, Nimloth tuvo la oportunidad de acabar con su infeliz vida haciendo uso de su poder. Habían ganado.

Lo habían conseguido, un cambio a mejor había sido alcanzado. A partir de ahora los brujos estarían más controlados y El Sagrario sería un lugar seguro. El destino de la ciudad comenzaba a prosperar. Tras el combate se retiraron a hablar con Ildaroth que les felicitaría y les mandaría a descansar. Habían sido dos días demasiado duros para ellos. Debían reposar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario