Hacía días que Nimloth había vuelto de la mano de Lorathiol a su ciudad natal, Quel’thalas. Los entrenamientos eran incesantes a la vez que los compaginaba con sus estudios sobre la luz. Había comenzado a usar este poder y parecía irle bastante bien. Comenzaba a desengrasar los engranajes de su mente que le permitían recordar lo aprendido años atrás en Lordaeron con aquellos paladines. En su cara se dibujaba una sonrisa al recordar los buenos tiempos que pasó con los humanos, aunque ahora pertenecían a bandos contrarios. Quizá el tiempo se haya llevado a aquellos humanos o en su lugar haya dejado a otros. Ante él se abría ahora un camino lleno de luces que debería explorar.
Y así poco a poco fueron pasando los días entre entrenamientos y lecturas, lecturas y entrenamientos… Así hasta el día en que volvió a ver a su primo.
Aquel día salió temprano de su habitación en la posada y marchó a entrenar como de costumbre. Paseó hasta una zona recogida en la Charca Plácido Susurro, era un lugar con poca vegetación y tranquilo, alejado del bullicio de las clases de magia que se impartían en la otra orilla de la charca. Allí, Nimloth dejó sus cosas y se sentó a la sombra de un árbol con un libro en la mano. Tomaba el libro con una mano y con la otra intentaba hacer que la Luz iluminara su mano. La práctica de los otros días le ayudó bastante y en pocos segundos ya había iluminado su mano. Tras eso, posó su mano sobre la hierba y comenzó a ver como una leve brisa fruto de la fuerza concentrada del saber más puro agitaba la hierba. Con cuidado hizo un circulo con su mano y la luz que había iluminado su mano se apagó llevándose consigo la brisa que agitaba la hierba. Así pues, se levantó con cuidado y tomó sus armas. Cuando sostuvo estas con fuerza, dibujó un par de círculos alrededor suyo y comenzó a moverse entre estos mientras asestaba golpes al aire. Al cabo de un buen rato dichos golpes cesaron y habiendo recogido sus cosas puso rumbo a la ciudad. Ya era mediodía.
Entró a la taberna en la que su compañero, Lorathiol, se hospedaba. Al entrar observó que él estaba allí. Se acercó y pidió una jarra de vino. Al recibirla, se sentó junto a Lorathiol y ambos comenzaron a charlar. Hacía tiempo que no entablaba conversación con él y se notaba. Al poco tiempo se hizo el silencio y apareció un joven elfo que a Nimloth le resultó un tanto familiar, pero no sabía quién era. Tras una agradable charla se enteró. Era su primo Nahel, el hijo de su difunto tío, aquel que le enseñase todo lo que sabe de las artes castrenses. Parecía mentira que ese… ¿Cómo decirlo?... Tipejo, fuese su primo. Era realmente lo contrario a Nimloth. Si uno era serio y responsable, el otro era totalmente un dicharachero e inconsciente. La vergüenza de tener un primo así le sirvió de excusa para evadirse de la actual situación que vivía. Había encontrado a alguien de su familia en la ciudad, pero no le esperaba vivo. Aun así a día de hoy no ha vuelto a saber nada de su joven primo, que al parecer era un mago de la Espiral de Magia, la orden de magos capitaneados por el Gran Magister Rommath. Pero eso no sería lo único que le pasaría a Nimloth durante esos días.
Días más tarde, tras una dura semana de entrenamientos para seguir mejorando, le llegó una citación, le necesitaban en la Sede. Alaron quería verle. Así pues se puso en marcha hacia la Orden y se presentó ante su señor. Allí fue informado, junto a Lorathiol, de que la tablilla que encontrase meses atrás en aquel poblado Troll no era más que un plan de ataque contra el Enclave del Errante en Tierras Fantasma. Dos meses de investigaciones para llegar a esa conclusión… Desde luego que la eficacia se había con Nimloth a Muelle Pantoque. Por suerte su compañero Lorathiol seguía igual que siempre o mejor. Pero este no es el asunto de la cuestión, procedamos a narrar los hechos.
Tras ser informados los Caballeros pusieron rumbo al Enclave del Errante, allí deberían prepararlo todo para la venida de los Trolls. Alaron habló con el Capitán forestal al mando del Enclave y este le dejó a su cargo a varios de sus hombres. Si querían solucionar este problema deberían trabajar juntos por mucha rivalidad que hubiese. A Nimloth le fue asignado un pequeño grupo de forestales y a Lorathiol otro. Nimloth tuvo que marchar al Norte a cubrir la aguja que él mismo había recuperado, pero no podría disponer de la ayuda de los Guardias Arcanos. Cuando llegó a la zona no había ni un alma. Ningún Troll. Hasta que, de repente, apareció la primera oleada. La lucha comenzaba. Los forestales y Nimloth pudieron repelerles sin mucho esfuerzo, fue una batalla cruenta pero fácil, parecía que ese grupo estaba formado por exploradores para abrir el paso. Lorathiol hizo lo propio en el Sur y derrocó a su oleada. Entonces ocurrió algo, Nahel apareció en el fragor de la batalla, había ido a ayudar a su primo. La segunda oleada se acercaba, Lorathiol acabó con los suyos sin complicaciones, mientras Nimloth junto con Nahel en el Norte hacían lo mismo. Estos Trolls fueron más agresivos aunque tuvieron suerte y pudieron repelerlos. La batalla se decantaba a favor de los elfos. Los Trolls comenzaban a enfurecerse y la tercera oleada llegó con fuerza dejando heridos pero pereciendo en el intento. Tras derrocar y asegurar las zonas, los elfos volvieron al Enclave donde Alaron les esperaba con una mala noticia, un Troll más fuerte que el resto se acercaba al Enclave. Los elfos se pusieron en marcha y una nueva batalla estalló. Esta vez contra aquella mole verde. La batalla fue dura pero tuvo un final agraciado hacia los elfos. La batalla había terminado, los elfos habían asegurado las zonas limítrofes a las áreas Troll, pero algo se quedaba en el aire. La guerra. ¿Serían estas las Segundas Guerras Trolls? Eso solo lo diría el tiempo.
Tras la batalla volvieron a la ciudad a descansar, había sido un día bastante largo y mañana debían presentarse en la Sede.
Tras una noche de descanso, Nimloth se levantó aquella mañana animado y marchó a la Sede, allí recibió una buena noticia. Había sido ascendido a Caballero. Por fin era en su totalidad un integrante de la Orden. Recibió su nueva armadura de manos de Alaron y tras eso ambos marcharon lejos. Debía acompañar a Alaron fuera del bosque. El viaje fue algo largo pero cuando iban a atravesar el Desfiladero Thalassiano Alaron le dijo que se diese la vuelta, todavía no estaba preparado. Mientras Alaron seguía, Nimloth le miraba bajo la lluvia, quieto, como si de una estatua se tratase. Tras eso volvió a la ciudad a lomos de su dracohalcón. Allí daría parte al sustituto de Alaron…
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