Durante los dos días siguientes las cosas no cambiarían mucho más, Nimloth como de costumbre solía entrenar durante gran parte de la mañana hasta que se ponía a leer. La presencia de Lorathiol en Muelle Pantoque le era un gran apoyo pues hasta ahora se veía único en aquel lugar tan peculiar. Pero a pesar de todo, algo en su interior le comenzaba a llamar de vuelta a casa. Algo le decía que Lorathiol, precisamente, no estaba allí para acompañarle, sino para llevarlo de vuelta a Lunargenta con los suyos. Sus días de aventuras en Muelle Pantoque acompañado de los Goblins comenzaban a diluirse cual terrón de azúcar en una taza de café. Por última vez, fue a la marisquería y se dio un homenaje. La comida estaba rica y le había dejado un buen sabor de boca, al fin y al cabo sería la última vez que estaría allí.
Tras marcharse de la marisquería, emprendió su camino a dar un paseo por toda la ciudad. En sus primeros días la había visto con gran detalle, pero esta vez quiso hacerlo para llevarse un buen recuerdo. Las calles tenían su tránsito habitual, el ruido de siempre, poco cambiaba a lo que él solía ver en días más movidos. Parecía como si las cosas se detuviesen en su situación para ver como esto desenlazaría al final. Pero esto no era lo único que le inquietaba. La falsa visita de sus padres le dejaba el abanico demasiado abierto a posibilidades como para no pensar ¿Estarían bien? ¿Estarían en Dalaran cómo decía la carta? Quién sabe…
Quizá para él todo el juego de luces que se había desarrollado no era lo mejor, pero al menos le alejaba de pensar que sus días en aquella ciudad tocaban fondo. Pero antes de partir quedaba una ultima cosa por hacer. Enseñar a Lorathiol a volar. Y así fue, Nimloth se reunió con él en el Alto Mando cuando sol estaba en el centro de su viaje, es decir, al mediodía, allí le explicó con lujo de detalles que debía hacer. Por suerte, Lorathiol había alquilado un dracoleón, pues en Muelle Pantoque el único dracohalcón era de Nimloth por cortesía del maestro Pyreanor. Nimloth le enseñó a alzar el vuelo, pero a Lorathiol le costaba bastante. Parecía que el animal no era muy manso. El elfo rubio se acercó a la bestia e intentó tranquilizarla acariciando su lomo. Tras eso se subió sobre él e intentó emprender el vuelo. Por suerte para Nimloth, el animal se había tranquilizado y le dejó ascender. Tras eso se bajó y le dio las riendas a su compañero. Nimloth volvió a su montura y Lorathiol alzó con cuidado el vuelo con el animal. Al momento, ambos se encontraban en el aire y Nimloth azuzó las riendas para que el joven animal saliese volando a gran velocidad. Tras él, le seguía Lorathiol que luchaba por mantener el equilibrio como un buen jinete. Dada su experiencia lo consiguió y ambos dieron varias vueltas sobre la bahía de la isla en la que se asentaba Muelle Pantoque.
Le había conseguido enseñar a volar, era un gran avance. Para ambos. Tras las clases de vuelo, Lorathiol se dirigió a devolver la montura, estaban listos para salir de allí. Por fin volverían a Lunargenta aunque la sensación de no querer irse moraba en el interior de Nimloth. A la caída de la tarde se despedirían de los que fueron sus compañeros. No eran un día para estar alegres aunque por un lado lo sintiera. A la cabeza de Nimloth volvieron los fallos cometidos en el pasado, que ahora, esperaba remediar desde un principio.
Y así, pasó el tiempo y llegó la hora de marcharse. Nimloth y Lorathiol subieron al Alto Mando de Muelle Pantoque en busca de Ganyx y el resto. Encontraron a Ganyx comiendo como de costumbre con una calabaza en la cabeza. No hay que olvidar que estaban en la festividad de Hallow’s end. Allí Ganyx se sorprendió por la noticia y les deseó lo mejor. Al rato, llegó Nytz con un regalo para Nimloth, eran unas gafas de modelo Goblin para él. Ganyx les honró con un tabardo a cada uno y unas caretas con su foto. Los elfos se despidieron de lo que para uno fue un segundo hogar prometiendo el regreso y para otro fue un suplicio o al menos así lo mostraba su actitud. Pero para Nimloth no era motivo para juzgar pues él también se había sentido así. Así, llenos de regalos y cosas nuevas, los dos elfos partieron poniendo rumbo a Orgrimmar.
En la ciudad se reunieron con el maestro Pyreanor que se quedó asombrado por la aparición de Lorathiol y felicitó a Nimloth por su trabajo en Muelle Pantoque, también le premió con el dracohalcón que le había prestado y le comunicó que daría parte en Lunargenta. Tras eso Lorathiol y Nimloth salieron de la ciudad orca en zepelín. El viaje hasta Entrañas no fue muy movido, Nimloth aprovechó para entrenar su maña con la Luz. Durante todo el viaje se acordó de los momentos vividos en Muelle Pantoque y de que al llegar a Entrañas debería preguntar por un tal William el apotecario. Lorathiol estuvo desaparecido durante el viaje de regreso, pues Nimloth lo veía muy poco debido a su plan de entrenamiento y sus lecturas. Y así con el paso de los días llegaron a Entrañas.
Allí Nimloth buscó información sobre el renegado en cuestión pero poco le dijeron, nadie le conocía. Ahora tocaría escribir a Uglu para informarle de su intento fallido. Tras este contratiempo, ellos marcharon rumbo a Lunargenta a través del orbe de traslación. A los pocos segundos estaban en Lunargenta. Ahora tendrían que dar parte y volver a la vida normal. Por fin había llegado el momento de demostrar lo que había aprendido fuera de los muros de Lunargenta.
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