Aquel extraño mandato de su señor le había dejado algo confuso, la verdad es que no sabía qué hacer. Se encontraba en una disyuntiva bastante fuerte. Por un lado el hecho de volver a su ciudad bajo la lluvia dejando atrás a su maestro le dejaba bastante entristecido, pero debía mirar al frente; por el contrario que su maestro le hubiese dicho que se mantuviese en la ciudad fuera señal de preocupación. Aunque ambas sean meras tonterías que carecen de un sentido estricto. Todo eso llenaba la mente de Nimloth de preguntas y respuestas. Sobre su maestro, la orden, el futuro…
No obstante, a la vuelta de Nimloth desde Tierras Fantasma a Lunargenta, se encontró con un nuevo panorama. Había un nuevo Alto Campeón que se encargaría de ellos. Ahora eran responsables de los nimios movimientos de la Orden. Pero esto no sería más que el inicio de una larga carrera por restaurar la paz en la ciudad. La política de este nuevo Alto Campeón encajaban más con la realidad de los Sin’dorei, y eso a Nimloth le resultaba bastante bueno. Pero no solo eso rondaba en los hechos de la ciudad durante esos días.
Nimloth se presentó ante el nuevo Alto Campeón y este le comentó que debía colaborar con el resto de instituciones militares de la Ciudad. Los primeros en ser informados debían ser los integrantes de la Espiral de Magia de Lunargenta. Tras eso Los Errantes y así con el resto de instituciones. Así pues se puso en búsqueda de los magos de la ciudad para informarles de la nueva situación. Acudió a dejar a su dracohalcón para que le diesen los cuidados necesarios en el puesto de dracohalcones de las afueras de la ciudad. El vuelo por aquellos parajes era muy agradable y cuando divisó el puesto descendió de su vuelo. Lo primero que vio al bajar fue a un Sin’dorei que se encontraba allí. Nimloth bajó y entabló conversación con él. Al parecer había encontrado al primer mago el cual debía ser informado. Por lo que pudo observar, este ya conocía a Lorathiol. Tras una leve conversación con el mago, Nimloth emprendió de nuevo el vuelo y marchó a comer algo. Había sido una mañana interesante, ahora le tocaría esperar a que la tarde le trajese nuevas más interesantes.
Tras la comida y el comienzo de una tarde provechosa, Nimloth se sentó a leer un poco en la biblioteca, había dejado un poco de lado las armas para centrarse en sus estudios de la luz, quería comprobar esos designios de luz que iluminaban la grandeza de su ciudad. Así pasó un tiempo hasta que decidió volver a su entrenamiento físico y salió a las afueras de la ciudad a entrenar como de costumbre. Después de haber entrenado lo suficiente para mantener la forma, volvió a la ciudad allí se encontraría con Lorathiol y ambos comenzarían a pasear por las afueras de la ciudad.
En su paseo por los exteriores de la ciudad se encontraron con un integrante de la institución más enfrentada a los Caballeros de Sangre, un Errante. Al parecer era un joven forestal aprendiz que patrullaba el bosque con gran parsimonia. Lorathiol y Nimloth le pararon y se pusieron a charlar con él. Tras unos cuantos cortes verbales de un exquisito uso de la palabra, ambos Caballeros quedaron por encima del Forestal con una pasmosa facilidad, quizá la juventud del Forestal le hacía hablar con menos conocimiento de causa. Sea como fuere, los Caballeros se despidieron del joven forestal y continuaron su camino hacia la Aldea Brisa Pura. Allí, los caballeros se separaron, Nimloth fue a visitar a la Forestal que guardaba la Aguja Ramadorada en el Desfiladero Ramadorada. Allí, tras hablar con ella sobre la nueva situación peligrosa que se estaba conformando en La Arboleda Agostada y en el Desfiladero, le prometió llevar la información a Lunargenta para ver si desde la ciudad se proponía algo. Así fue como Nimloth prometió ayuda a la Forestal del Desfiladero. Tras esto, volvió a la ciudad debía seguir con sus entrenamientos.
Allí en la ciudad, reanudó su entrenamiento en la Plaza del Errante. El muñeco recibió los duros golpes de las espadas de Nimloth haciendo que las astillas saltasen. Tras usar la luz para golpear al muñeco y dejarle un buen hueco chamuscado por la intensidad de la energía, apareció un elfo. Nimloth no lo había visto nunca, pero parecía un novato. Entonces recordó que en la Orden, Colin le dijo que había entrado un novato nuevo. Quizá fuese él. Nimloth charló con él y le propuso un entrenamiento. El novato, que se llamaba Anarelt, aceptó y allí comenzó el combate. Tras varios lances, Nimloth resultó ganador del combate y entonces apareció el Alto Campeón. Les dijo que Anarelt se quedaría a cargo de ambos Caballeros, Lorathiol y Nimloth. Ahora era su iniciado.
Las horas pasaron y llegó la noche. Nimloth se encontraba entrenando como de costumbre cuando apareció Lorathiol y el Alto Campeón. Era hora de trabajar. Así pues, Nimloth fue a buscar a Anarelt mientras Lorathiol marchó hacia el Fondeadero. Cuando Nimloth encontró a Anarelt ambos partieron hacia el Fondeadero donde les esperaba Lorathiol. Fue un vuelo tranquilo. Dejaron al dracohalcón en la Aldea Brisa Pura y bajaron hasta el Fondeadero a pie. Allí Anarelt se acercó a hacer unas cosas mientras Nimloth hablaba con Lorathiol y Alira, una bruja de El Sagrario que les ayudaría en esta misión.
Tras una breve charla, apareció Anarelt y dio comienzo la misión. Ascendieron charlando hasta el balcón de primer piso que daba a la azotea, pero allí se detuvieron. Unos guardias obstaculizaban el camino. Nimloth con gran gracia en el uso del lenguaje les hizo confundirse y dejarles pasar con un gran enigma. Tras eso llegaron arriba y se encontraron con lo peor. Un Sangrevil y cinco brujos dispuestos a acabar con ellos. No se lo podrían creer y dieron comienzo al combate. Debían deshacerse del maldito causante del caos y peligro potencial para la ciudad. El combate no había hecho más que comenzar. Alira, Nimloth y el resto lucharon contra los brujos derrotándoles sin mucho peligro. Pero ahora era el turno del Sangrevil, Nimloth estaba enfervorecido, la rabia corría por sus venas. Aquel peligro que suponían unos rebeldes que atentaban contra la ciudad le hacían hervir la sangre. Y el último combate comenzó. Los lances se devolvían entre los dos contendientes, el grupo y el Sangrevil. Todo fue un combate normal hasta que el Sangrevil osó tomar por el cuello al joven Anarelt. Para entonces, Nimloth estallaría de rabia y comenzaría a golpear con más dureza al Sangrevil hasta acabar purgando su vientre con la justicia de la Luz. Lo habían conseguido, el peligro de ver con vida a ese engendro había sido superado. Habían acabado con él.
Tras el combate volvieron a la Sede de la Orden donde Ildaroth les encomendó velar por la paz y la tranquilidad del reino tras felicitarles. Ahora debían acabar con la plaga de brujos rebeldes. Era el momento de actuar. La paz y la calma llegarían de nuevo de la mano de Nimloth y de Lorathiol. Era el preciso instante de luchar por los designios de la ciudad.
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