viernes, 3 de febrero de 2012

Entre batallas y descansos, la calma que precede a la tempestad.

Los días siguientes fueron algo más tranquilos, Nimloth estaba descubriendo muchas cosas acerca de su familia. Viejos héroes que lucharon con valor desde que los elfos son elfos. Primera Guerra Troll, la construcción de su ciudad. Ellos estuvieron allí siempre, apoyando a los grandes líderes en sus decisiones y haciendo que la ciudad prosperase. Pero las arenas del tiempo se habían llevado todo eso a su paso. Ya no quedaban vestigios de lo que su familia fue una vez, solo una casa en las ruinas con el escudo de su familia y el hogar de Nimloth. Quizá aquella casa sería un buen lugar para establecer una villa para dar un comienzo nuevamente a su apellido. Ya había participado en varias campañas militares y acaba de salir de una para entrar en otra. Su nombre y el de su compañero comenzaban a ser sonados por la ciudad, quizá era el eco de sus batallas o la reverberación que se producía al superponerse una noticia tras otra. Comenzaban a ser buenos tiempos para los Sangreluz, bueno, para el Sangreluz, aún no había encontrado con quien compartir su apellido y su vida. Quizá el amor no había llegado todavía a su vida o mismamente aguardaba a que fuese mejor persona para encontrarlo. Nimloth no iba a buscarlo, pero tampoco se sentaría a esperar. Mientras tanto, buscaría las respuestas al por qué de la caída en el olvido de su apellido.

En buena tarde, se encontró con el joven Kheelan, el forestal asignado a su destacamento, este le comentó ciertos asuntos relacionados con unos Trolls que vagaban por el bosque. Al oír esto, Nimloth le dijo que dispusiera todo y avisase al resto, y que cuando estuviesen preparados que le avisasen. El forestal marchó raudo a avisar a todo el grupo. Nimloth, mientras tanto, iría a buscar más soluciones sobre su apellido a la biblioteca. Allí charló con los bibliotecarios que le ayudaban a buscar libros sobre el pasado de la ciudad. Por suerte, había un par que despertaban el interés de Nimloth. Sin duda eran libros que relacionaban a su familia con la nobleza media de la ciudad. Así pues, tras estar buscando información sobre su apellido y posibles documentos que le acercasen a una repuesta, marchó a la taberna para mirar esos documentos junto a una copa de vino. Ya en las puertas de la taberna, Nimloth se encontró con el joven Aranelt, el iniciado en la Orden asignado a Lorathiol y a él, hablando con el forestal, le estaba comentando que tenían trabajo que hacer. Nimloth les saludó y les instó a prepararse e invitó al joven iniciado a prepararse junto a Nimloth.

Así pues los tres Sin’dorei marcharon a la Plaza del Errante, allí comenzaría una dura sesión de entrenamiento que dejaría como claro vencedor al Caballero de Sangre más veterano. El esfuerzo parecía dar sus frutos poco a poco y los tres combatientes mostraban sus habilidades dignas de ser juzgadas por la batalla… ¿Podrían los iniciados vencer al veterano? La respuesta la dio Nimloth a golpe de luz, parecía que su manejo sobre los designios de la Luz Sagrada iba mejorando cada vez que empleaba la Luz para que le ayudase en su combate. Poco a poco el esfuerzo se hacia palpable y sin más preámbulo Nimloth les indicó a los iniciados que peleasen entre ellos, los Caballeros de Sangre volvieron a quedar por encima de los Errantes, los forestales poco tenían que hacer contra la Orden. Así fue como concluyó el entrenamiento, tras eso los tres partieron a sus respectivos descansos, pero a Nimloth algo le atormentaba, debía seguir buscando sobre su pasado, cada vez estaba mucho más cerca de recuperar su apellido.

Los días fueron cayendo como gotas de rocío que caen por los pétalos de una rosa. Así, poco a poco, fue pasando el tiempo y la arena del reloj fue depositándose en la parte baja. La hora de buscar a esos Trolls se acercaba. Los combates preparatorios entre el grupo de elfos fueron variados y llenos de una superioridad muy marcada ante el potencial de Nimloth. Aún así, el resto del grupo, pese a ser muy noveles en la tarea, demostraban su valía con gran avidez y conciencia. Quizá en un futuro pudieran ser tan o más poderosos que como lo era Nimloth ahora. Así pues, los días se sucedieron uno tras otro hasta llegar al momento idóneo, que Nimloth estimó como límite para la preparación de sus hombres, aquel día era la fecha elegida por el Caballero de Sangre para llevar a cabo esa incursión contra el par de exploradores Troll que moraban en el Bosque Canción Eterna atormentando a sus gentiles habitantes. Era el momento de acabar con esa escoria que asolaba las esperanzas de los habitantes de aquella tierra. El tiempo corría en su contra.

Esa mañana, Nimloth le dio vueltas a la táctica que seguiría, desconocía el número de Trolls que moraban por aquellas tierras, pero sabía que sería un grupo reducido para no levantar demasiado alboroto. Pero, aún así, lo habían levantado. La alerta se había extendido como una gota de aceite sobre un vaso lleno de agua. En la mente del elfo descansaban y se enfriaba una estrategia recién salida de la fragua. Aprovecharía la numerosidad de su grupo a pesar de la inexperiencia para observar como se comportaban sin él. Sería la oportunidad perfecta para ponerles a examen. Así pues, llegada la hora de combatir marchó a reunirse con sus subalternos para poner rumbo al lugar exacto.

Encontrose con los elfos destinados a su persona y partió con ellos. El grupo estaba incompleto, el representante de la Espiral de Magia no había acudido por encontrarse envuelto en un asunto de la Espiral. El resto había acudido religiosamente. Allí estaban Aranelt, Loremiel y el joven Kheelan. Llegado el momento preciso, todos alcanzaron el punto elegido para atacar a los Trolls. No hizo falta esperar demasiado para que estos aparecieran. Sus colmillos y piel verde daban buen parte de su estado. Eran aguerridos Trolls los que allí se encontraban. Nimloth se mantuvo atrás esperando a ver como sus vasallos realizaban la maniobra.

Con cierta dificultad se sucedía el combate, los elfos peleaban con dureza contra los Trolls pero estos parecían ganarles en fuerza, mientras tanto, el líder de los Trolls se ocupaba de ordenar a sus lacayos midiendo su capacidad de mando con Nimloth, el cual estaba nervioso, veía como los suyos aguantaban como podía las arremetidas de los Trolls. Aquella escaramuza no tendría un final feliz para un bando. Tras un duro esfuerzo, los jóvenes elfos derrocaron el poderío de los Trolls y consiguieron derrotar a los lacayos, ya solo quedaba el líder de estos. Aunque algo herida, la agrupación seguía peleando. Nimloth veía como las fuerzas comenzaban a flaquear, pero tenía la esperanza de que lo consiguieran. Claramente, se equivocaba. En uno de los lances venideros por parte de la ofensiva Troll, la joven Loremiel cayó herida. Nimloth la retiró del combate y comenzó a sanar sus heridas. Mientras, Aranelt y Kheelan aguantaban como podían las arremetidas de los Trolls. Al ver que el esfuerzo de los jóvenes elfos cesaba, Nimloth se encargó personalmente del último Troll mandando a este a su sepultura usando el poder y la convicción de la Luz. Una vez más el peligro había sido erradicado. Ahora solo quedaba volver a la ciudad para tratar a la joven caída.

Al llegar a la ciudad, Nimloth llevó a la posada de Velandra a la joven elfa. Ya en su cuarto, junto con Aranelt, se ocupó de aliviarle de sus heridas y vendárselas. Con todo el tacto del mundo y más colocó suavemente las vendas por las heridas de la joven elfa. Manteniendo su posición intacta comenzó a charlar con Aranelt, quien parecía haber establecido una extraña relación con la elfa. Tras marcharse el caballero y dejar a los elfos solos, marchó a la habitación de Lorathiol. Allí le comentó los avances que había tomado en la escaramuza contra esos Trolls. Además, mencionó el descubrimiento que había hecho. Ambos estarían pendientes de cómo tornase esa relación. En la mente progresista de Nimloth, comenzaba a formarse una idea sobre una nueva Lunargenta en la que sus instituciones caminaban juntas por mantener la gloria del reino.

Pero lejos de todo lo anterior, los descubrimientos sobre su pasado hacían que Nimloth estuviese a punto de tomar una decisión. Era el momento de buscar su pasado y su titulo. Ya en su casa, descansó durante varios días barruntándose que debía hacer. Por suerte para él, una carta llegó a su puerta. Era su padre, su madre estaba gravemente enferma. Era el momento de ir a Dalaran…

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