Al día siguiente tras entregar la carta, Nimloth se acercó a la Orden a la caída de la tarde, allí le esperaba la respuesta a su misiva. ¿Aceptarían que pudiese ir a cumplir tareas diplomáticas fuera de Quel’thalas? Solo el destino se lo diría. Al momento apareció el Alto Campeón, Nimloth le saludó con respeto, allí estaba su respuesta. Alaron se acercó a él y le dijo que había leído la carta, y que en consideración a su petición marcharía a Orgrimmar a reunirse con el Maestro Pyreanor, el Caballero de Sangre destinado en la ciudad de los Orcos. El destino era sugerente, La ciudad capital de la Horda, todo un privilegio lleno de “amistosos” aliados orcos. Era el momento de llevar la gloria de Lunargenta lejos de los bosques, más precisamente a Orgrimmar. Sería una ardua tarea pero que sin duda sería cumplida con el máximo éxito posible. Tras despedirse de su señor y recibir la carta de recomendación que le serviría para ser reconocido en Orgrimmar, marchó a por sus cosas, un largo viaje a Orgrimmar le esperaba, pero antes debía pasar por Entrañas a través del Orbe de Traslación. Aquel instrumento mágico comunicaba las dos ciudades pertenecientes a la Horda en Reinos del Este.
En la taberna, Nimloth lo recogió todo, su armadura, su ropa, su dinero, todo y puso rumbo a la Corte del Sol, más precisamente a la Aguja Furia del Sol, donde se encontraba el Señor Regente de Lunargenta, Lor’themar Theron, aquel que en buen día llevó a los Sin’dorei a dónde hoy se encuentran, en el mayor proyecto de prosperidad jamás pensado para su raza. Al llegar allí, observó la vieja Aguja que descansaba en la zona más al norte de la Ciudad, allí solían trabajar sus padres cuando estaban en Quel’thalas. Ahora desconocía dónde pudieran encontrarse. Se adentró en la estancia y oteó con la mirada toda la grandeza del lugar, era precioso, se notaba la riqueza de la Corte, todo decorado, todo arreglado, era perfecto. Continuó su tránsito hacia el Sagrario Interior, el lugar donde se encontraba el Orbe que le llevaría a Entrañas. Y allí estaba, delante del Orbe, esperando a que este se activase para poder ir a Entrañas, un magister le acompañaba, para hacer el traslado era necesario. Al poco tiempo, el Orbe comenzó a brilla y posando su mano sobre este, Nimloth fue transportado a Entrañas.
A los pocos segundos, ya se encontraba en las ruinas de lo que antaño fue su hogar durante unos años. Aquello eran las ruinas de Lordaeron, un mapa de la ciudad reconstruida se formó en su mente, pero ahora las mazmorras eran la ciudad, y la ciudad eran las mazmorras del pasado, en esos muros se guardaban años de historia. Nimloth recordó sus días en la capilla aprendiendo de los paladines tras haber pasados sus buenos meses con los sacerdotes. También los entrenamientos con su tío, una sensación le llenó por completo, sentía que estaba con él. Le apoyaba tras sus muchos fracasos con Quel’thalas. Quizás el método no había sido el correcto. Pero eso ya formaba parte del pasado, reciente, pero pasado al fin y al cabo. Tras ese viaje por su pasado, tomó el camino hacia el interior de Entrañas debía dar parte de su paso por el Orbe. Y así hizo entró en Entrañas y presentó la acreditación para pasar por el Orbe, tras quedar registrado pudo ir a la estación de zepelín a esperar el suyo para Orgrimmar. Su viaje acababa de comenzar.
Tras varias horas de espera, llegó su zepelín. La gente comenzaba a descender con equipajes, paquetes, cajas y demás. Parecía que ese día había bastante transito. Tras descender la gente, subió él y su viaje comenzó tras llenarse el Zepelín de pasajeros. Su viaje a Orgrimmar había comenzado.
Rápidamente se instaló en el que sería su camarote durante los días de viaje, allí hizo vida durante el viaje, solo salía a pasear durante el atardecer, a comer, cenar y desayunar y poco más. De vez en cuando se acercaba a donde su halcón zancudo estaba y pasaba largos ratos con él, pero poca cosa más. Ese viaje le ayudaría a meditar y encontrarse de una vez consigo mismo. Había cometido severos fallos en el pasado que ahora le pasaban factura. Si no hubiese cometido tantos errores en su pasado, hoy le esperaría otro presente. Quizá podría no haber dado una imagen fanática de sí mismo, haber congeniado más con su compañero, haber conocido más a la señorita Elithiel, etc. Pero el destino le había reservado otros planes para él. Ahora la pregunta era otra. ¿Qué le esperaba en Orgrimmar? No lo sabía, pero poco le quedaba para descubrirlo. Ese era ahora mismo, el presente de Nimloth. Poco a poco los días continuaron pasando y llegó el día de la llegada a Orgrimmar. La ciudad había cambiado, ahora era un bastión inexorable, el paso del Cataclismo había dejado secuelas por Orgrimmar, la torre de la estación había sido reconstruida dentro de la ciudad. Ahora todo había sufrido un gran cambio. Era la llegada de Garrosh Hellscream, el Jefe de Guerra de la Horda, el causante de ello.
Su viaje había llegado a su fin, Nimloth desembarcó y se dirigió presto al Fuerte Grommash. El calor era sofocante, debía acostumbrarse como pudiese. Debía presentarse para comenzar su trabajo lo antes posible. Era su comienzo en Orgrimmar, o no. ¿Quién sabe?
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