Tras el éxito cosechado por los Caballeros de Sangre en el Fondeadero Vela del Sol, las cosas parecían serenarse un poco pero no sería así, esa misma mañana del día posterior al hecho del Fondeadero, la forestal del Desfiladero Ramadorada le enviaría una carta de auxilio. Necesitaba su ayuda para aplacar una reunión que se celebraría esa misma tarde. Al parecer los brujos harían un ritual para traer a un demonio desde las profundidades del Vacío Abisal. La carta le llegaría a primera hora. Así pues, se dispuso todo el día para entrenar duramente para estar preparado para lo que pudiera pasar en La Arboleda Agostada.
Quizá fuese la ocupación que ahora tenía o la falta de tiempo para pensar detenidamente sobre su vida, pero la imagen que tenía de añoranza de sus padres iba cayendo un poco en el olvido, ahora se debía a su ciudad y lo demás quedaría un tanto en segundo plano. Posiblemente algún día los encuentre, pero debe prepararse antes y recibir los duros golpes que la vida le tiene reservado. Todavía no está preparado para reencontrarse con sus padres, o sí… ¿Quién sabe? Solo el tiempo lo dirá. A pesar de todo eso, sabía que era el momento de luchar por los suyos y junto con Lorathiol sacar del bache lleno de magia vil en que la Ciudad se había sumido. Era el momento de traer la Luz de nuevo a una ciudad que cada vez se sumía más en las sombras por culpa de esos rebeldes brujos que intentaban traer el caos a este mundo.
Así pues, aquella mañana comenzó con la lectura de la carta que Liriel, la forestal de Ramadorada, le había enviado pidiéndole auxilio. Nimloth salió temprano de casa y se dispuso para entrenar hasta que fuese la hora exacta para partir a la ciudad a reunirse con Lorathiol. Se rodeó de nuevo por aquellos círculos surcados en el suelo y comenzó a oscilar como un péndulo por ellos realizando multitud de excelentes movimientos con sus espadas, debía seguir hasta dominarlas, al igual que con la luz. Quizá era el momento de comenzar a canalizar sus energías y dejar de usar las del entorno para dañar a sus enemigos. Así pues hizo fluir su Luz interna hacia fuera emitiendo destellos con haces de luz desde dentro del circulo hasta el exterior. La primera impresión que aquello le dio fue algo rara. Veía como motas de Luz llenaban el ambiente y lo iluminaban todo sin dejar ninguna sombra, era algo extraordinario y entonces recordó que a aquel hechizo le llamaban cólera sagrada. Continuó durante un par de horas más haciendo el hechizo hasta que se vio obligado a parar. Estaba cansado por el esfuerzo y debía reposar un poco. Así pues, marchó a la Ciudad para comer un poco.
Ya en la taberna se deleitó con uno de sus platos favoritos y una buena copa de vino. Tras haber comido bien, subió a su habitación y allí se dio un baño relajante que uno de los sirvientes le había preparado. Ahora que lo pensaba necesitaba una casa donde vivir, no podía depender eternamente del fondo para Caballeros de la Orden. Le resultaba incomodo que siendo él de tan noble apellido tuviese que mendigar una casa, así pues comenzó a buscar entre los tablones y preguntándole a la gente. Tras una búsqueda de mediana duración, Velandra le comentó que el dueño de la gran casona de la Aldea Brisa Pura había puesto la mansión que allí descansaba alta y lujosa en venta. A Nimloth le causó gran interés y decidió acercarse a preguntar.
Tras un largo viaje volando, llegó a las puertas de la mansión. Allí comenzó a charlar con el dueño y acordar una cantidad. Acordada esta, prosiguieron para hacer el traspaso de poderes y obtener así la gerencia de la casa. Ahora Nimloth ya tenía un techo donde dormitar tranquilo sin preocuparse del subsidio de la Orden. Con gran brevedad, Nimloth llevó sus cosas a la casa y se instaló allí. Esto le daría pie a administrar de nuevo la orientación de su apellido. Retornar a la grandeza de tiempos pasados. Quizá se abría una nueva puerta ante él. Pero eso lo decidiría el destino.
Tras haberse acomodado en su casa, Nimloth marchó al encuentro de Lorathiol. Tomó las riendas de su dracohalcón y alzó el vuelo hacia la posada. Quizá le encontrase allí. Por suerte para Nimloth, sí, estaba allí. Nimloth le saludó y le dirigió unas palabras y ambos salieron volando hacia el Desfiladero, había que detener la apertura de la puerta que traería el caos a la ciudad.
Tras volar y llegar hasta el Desfiladero, más precisamente, hasta donde se encontraba la Aguja, los Caballeros marcharon con paso firme hacia el interior de esta a derrotar a los males que se ocultaban bajo los muros. Para la sorpresa de los Caballeros eran dos demonios traídos para proteger la Aguja y dar la alarma. Pero los Caballeros fueron mucho más rápidos y pudieron detener la amenaza que se cernía sobre ellos. Para los dos Caballeros fue algo sencillo, ambos engendros cayeron bajo su poder. La aguja había sido asegurada nuevamente. Ahora todo indicaba que se encontraban en La Arboleda Agostada. Así pues los Caballeros emprendieron la marcha, adentrándose en el bosque. Una vez en el interior de este se vieron en un apuro menor, los árboles que allí moraban parecían estar bien excepto unos cuantos que poseían marcas de un color violáceo en su corteza. Parecían hechizados por algún conjuro de control de los brujos. El combate empezó con el ataque de los árboles que se percataron de la presencia de los Caballeros. Con gran maestría el primero sucumbió a las acometidas de los Caballeros. El segundo emprendió su marcha y golpeó a Nimloth con severidad, clavándole algunas astillas que le dejarían un tanto dolorido e inmóvil durante un tiempo. Con gran brío recuperó sus fuerzas y pudo emprender una acometida mientras Lorathiol destrozaba al árbol posteriormente. Aquellos arboles corrompidos por la magia vil de los brujos habían encontrado su descanso. Los Caballeros avanzaron hacia un grupo de brujos que se encontraban cerca de la Piedra Rúnica. Nimloth los miró con gran ira y avanzó hacia ellos. Lorathiol junto con él se preparó para combatir. Había que detener el ritual que iban a llevar a cabo. Ambos Caballeros fueron derrotando a los brujos que le salían al paso. El poder de la Luz, las espadas de Nimloth y la maza de Lorathiol hacían el trabajo que las manos ejecutoras ordenaban. En pocos minutos se vieron solos ante el Gran Brujo de la Arboleda, era el momento de derrotarle de una vez para que dejase de sembrar el caos, habrían de detener el ritual o al menos hacer que no funcionasen y lo consiguieron. Tras esto comenzó la gran batalla en la que derrocarían al brujo. Y así fue. Los elfos lucharon con gran valentía y coraje y, tras varios lances, derrocaron al Gran Brujo. Nimloth le destrozó usando el poder de la Luz en contraposición a las sombras del Brujo. Había sido una gran batalla. La paz del Bosque se había restituido. Ahora tocaba descansar para el día siguiente. Lorathiol había planeado el ataque al Sagrario para el día siguiente, no se lo esperarían.
Ambos caballeros volvieron a sus respectivas casas donde descansarían para afrontar los designios de un nuevo día. El día en que la acumulación de rebeldes, sin causa ni destino más que sembrar el caos, sería erradicada. Podía oírse el sonido de los pasos de una nueva era que se acercaba susurrante entre las sombras que tapaban las nubes de un nuevo día. Sin duda aquel día sería un gran día.
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