viernes, 3 de febrero de 2012

Dos problemas muy reales, el Sur se siente amenazado.


Las cosas se habían vuelto de otro color para Nimloth, para él era el castigo a su atrocidad con Elithiel. Había cometido un gran error y ahora debía pagar las consecuencias. Recluido en su prisión mental que tanto le atormentaba, Nimloth comenzó a replantearse las cosas y a buscar una solución en la Luz. Sus actos jamás serían olvidados, pero debía hacer algo, no podía seguir así. Su conciencia comenzaba a hacer mella en su tranquilidad, estaba nervioso. Era de noche, y tras tumbarse en la cama para dormir, comenzó a dar vueltas. No lograba dormir, su conciencia le perseguía. Allá donde soñase ir, allí estaba ella. La imagen de los azotes surgió en su mente y se despertó sudando. Había sido una pesadilla. Dejó su cama y se acercó a donde descansaba su armadura. La había ensuciado con sus actos. La observó con nostalgia. Debía hacer algo por su ciudad. No solo había defraudado a la Orden, la Ciudad también había sido manchada con su hecho.

Para ello, esperaría al amanecer, debía ver que ocurría más allá de los muros de la Ciudad. Y así fue, el amanecer llegó. Nimloth se levantó, cogió sus cosas, bajó de su habitación y comió algo para desayunar. Le esperaba un día bastante largo. Cuanto estuvo listo tras haberse pasado por la biblioteca a leer como de costumbre, emprendió la marcha hacia la Caballería de Thuron, allí le esperaba su halcón zancudo. Aquel era un precioso espécimen de diferentes tonalidades de verde. Su plumaje, cuidadamente arreglado, demostraba la casta del animal. Era bastante tranquilo pero siempre hacía las cosas con decisión. Y desde que Nimloth lo comprase años atrás le ha acompañado en muchas ocasiones, como su fiel corcel. Nimloth subió a lomos del animal y puso rápidamente rumbo a Tierras Fantasma, quizás allí fuese de utilidad y pudiese hacer algo por Quel’thalas. Se lo debía por sus errores del pasado. Además de que estar fuera de servicio le dejaba un sentimiento de inutilidad que le corroía. Necesitaba sentirse útil para con Quel’thalas. Quizás su solución estaba en el Sur. En aquellas tierras infestas por los ejercicios de la Plaga, pero que desde hace unos años, con la Plaga expulsada, habían comenzado a restaurarse. La historia había marcado ese lugar, que no solo estaba habitado por los Sin’dorei y los Renegados, también habita la tribu de Trolls Amani de Zul’aman.

Al cabo de unas horas, Nimloth ya se encontraba en Tranquillien, por fin había llegado tras un largo viaje cruzando el bosque de Norte a Sur. Los caminos que bordeaban las colinas hacían el viaje más largo además de las paradas en las aldeas y construcciones en los lindes del camino. Suerte que su fiel compañero no le fallaba aunque si le obligaba a parar de vez en cuando. Nimloth observaba los parajes que se mostraban a su paso. La estampa del bosque era realmente acogedora y bella. Aquella arboleda que cubría todo el cielo con un manto anaranjado y verde, a excepción de los claros en los que los rayos del sol penetraban e iluminaban aquella bóveda de hojas y la alfombra de hierba que cubría todo el suelo. La estampa era preciosa. Pero debía continuar su camino y sin detenerse llegó hacia las Tierras Fantasma. Allí pudo observa el grado de corrupción que se había llevado el verdor original del bosque. Una gran bruma espesa llenaba el interior del bosque, aquello parecía la eterna noche. Tras unos minutos de viaje, alzó la vista y pudo ver Tranquillien. Había llegado.

Desmontó de su halcón zancudo y se dirigió a la posada, allí amarró las riendas a un poste y entró para pedir una habitación. Por suerte podría pasar la noche en una cama medianamente cómoda, aunque le gustaba más su cama en El Descanso del Caminante. Pero antes de caer la noche debía hablar con los habitantes de Tranquillien para conocer la situación. Comenzaría preguntándole a los que se encargaban de la seguridad de la ciudad, un grupo de guardias que hacía guardias por los alrededores de la ciudad comprobando que todo estuviese en orden. Se acercó a ellos y tras presentarse comenzó a charlar con ellos. Tras un rato hablando le comentaron lo que ocurría en la Aguja Estrella del Alba, los guardias arcanos se había desprogramado y se habían vuelto una amenaza para la seguridad del bosque. Los forestales encargados de la seguridad del linde del Bosque Canción Eterna y la seguridad ante los Trolls Amani de las tribus cercanas, se habían visto obligados a retirarse de allí. Los entes parecían una amenaza bastante grande para el lugar, pero si lo sumaba a la presencia de Trolls Amani la cosa se tornaba mucho más peligrosa, por suerte, le dijeron los guardias, que nunca habían mostrado interés por aquella construcción que se alzaba sobre el bosque de las Tierras Fantasma. Era un buen sitio por el que empezar, aquella Aguja pertenecía a Quel’thalas pero sin la seguridad necesaria esos guardias arcanos habían comenzado a sembrar el terror en lo que antaño, antes de convertirse en la medida de seguridad ante un problema con los Trolls Amani, fue la residencia del mayor traidor que Lunargenta tuvo.

Tras terminar de hablar con los guardias, Nimloth puso rumbo a hablar con el resto de habitantes de Tranquillien. Quizás alguno supiese algo. Habló con los Renegados que también vivían en Tranquillien y ayudaban a los Sin’dorei a luchar, pero no sabían mucho, habían oído hablar de un extraño habitante, pero no sabían mucho. Nimloth les preguntó que quién podría saber más, estos le respondieron que preguntase a los forestales de Tranquillien, ellos quizás supiesen más sobre el asunto. Y así fue, Nimloth se dirigió a un forestal que por allí pasaba, comenzó a charlar con él y a preguntarle sobre el nuevo habitante. Este le comentó que el habitante vivía en la Aguja Brisaveloz, pero nadie sabía que hacía allí, ni quién era, ni como había llegado. Podría ser peligroso acercarse, así pues Nimloth no podría hacer mucho solo. Necesitaba ayuda. "¿Y quién mejor que el pueblo de Quel’thalas para estas difíciles empresas?" Pensó. Debía organizar la partida, pero antes, debía regresar a Lunargenta e informase sobre los lugares que visitaría y los peligros que le esperaban en estos, al menos sobre el mecanismo de los Guardias Arcanos. Para ello, tomó las riendas y realizando un viaje en la tarde-noche se presentó de nuevo en Lunargenta. Allí podría prepararlo todo.
Ya en Lunargenta, Nimloth se dirigió a la biblioteca y tras informarse a fondo sobre las dos Agujas, partió a hacer el llamamiento al pueblo de Quel’thalas, para ello, pensó en poner carteles en los tablones de la ciudad. Quizás algunos valientes se apuntasen. Para realizar el trabajo de los carteles, acudió a los vendedores de utensilios de inscripciones, allí compró bastante papiro para hacer los carteles y tinta para su pluma. Puso rumbo a la taberna donde vivía, allí, en la soledad de su cuarto se sentó en la mesa de escritorio que había y comenzó a redactar los dos carteles que colgarían horas más tarde en los tablones de la Ciudad.

Ahora debía estar preparado para viajar de nuevo a Tranquillien, esta vez no sería para ver la situación, sino para mediar en ella. Para prepararse, decidió acudir a la Plaza del Errante y comenzar allí a entrenar intensamente. Por suerte uno de los muñecos de prácticas estaba libre y pudo entrenar allí. Comenzó calentando y se dispuso rápidamente a comenzar a practicar sus tácticas y movimientos de combate. Tras un par de horas, a punto de marcharse, observó a una adepta de la Orden entrenando. Nimloth se acercó y le propuso un duelo de entrenamiento. Esta aceptó tras echarle en cara su error tras reconocerle como al que suspendieron de su cargo. Al oír esas palabras, algo se encendió dentro de Nimloth, debía limpiar su honor. Rápidamente se colocó en guardia y el combate comenzó. La adepta se abalanzó contra él rápidamente, pero pudo bloquear el golpe con su escudo, tras eso Nimloth lanzó un estoque al brazo de la adepta que recibió el golpe de la parte plana del arma, se había descuidado. Algo más enfurecida se lanzó contra Nimloth a asestarle varios golpes pero pudo desviarlos sin problemas. Había adquirido una gran destreza con su arma y pudo evitar ser golpeado. Sus movimientos habían mejorado bastante, fruto de sus entrenamientos. Tras desviarlos lanzó un estoque al costado, que acertó y obligó a la adepta a tener que retroceder. Esta se abalanzó contra él de nuevo con su arma y le golpeó en el hombro, no pudo esquivar el duro golpe y se arrodilló, rápidamente se puso en pie y tras golpear con destreza el arma de su contrincante, pudo hacer que esta bailase en su mano y cayese unos metros más a la izquierda sin opción de cogerla. El combate había terminado. La adepta felicitó a Nimloth y le pidió disculpas con el orgullo tocado. Nimloth había hecho un buen trabajo. Orgulloso se marchó en dirección a la posada.

En el camino de ida se encontró con Anarel, el Caballero de Sangre que le ayudó a conseguir su tabardo. No se había enterado de lo ocurrido y Nimloth tuvo que comentárselo. Tras oír las palabras le dio ánimos y le prestó su ayuda, pero Nimloth no quería involucrarle, quería hacerlo él solo. Tras charlar un rato, Anarel le propuso un combate. Nimloth aceptó y le comentó que acababa de derrotar a una compañera suya. Anarel le dijo que quería ver como se defendía y juntos fueron a la Plaza del Errante, allí en la zona de entrenamiento se colocaron y ambos se pusieron en guardia. El combate iba a comenzar. Nimloth se lanzó rápidamente contra Anarel y consiguió golpearle, este respondió de la misma forma y le propinó un golpe en el hombro. Tras eso, Nimloth quiso probar suerte con el costado y dirigió un golpe sobre este, que Anarel no pudo repeler y se vio obligado a retroceder. Tras un lance fallido por parte de Nimloth, fue golpeado por Anarel, tras dar unos pasos más atrás embistió contra él logrando derrotarle. Había ganado. Seguía en forma. Le tendió la mano y se despidió de él. Se le había hecho tarde y debía marchar a descansar. Y así fue, llegó a la taberna y tras cenar, subió a su habitación y allí se quedó el resto de la noche.

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