Hacía tiempo que Nimloth no tenía esa sensación. Esta vez si vería a sus padres. Los echaba tanto de menos. Aquella sensación de nostalgia le traía viejos recuerdos anteriores a la destrucción de su ciudad. En el fondo le apenaba tener que abandonar durante un tiempo sus tareas y viajar a Dalaran, pero la enfermedad de su madre le movía a ir a Dalaran. Era el momento de reunirse con los suyos. Había mantenido contacto unos días antes con su padre, quería conocer la dirección exacta sobre la ubicación de la casa. Tras varias cartas, la petición de permiso al Alto Campeón, y la preparación del viaje, estaba listo para volver a ver a los suyos. Su padre y su madre le esperaban en la ciudad de la magia arcana. Dalaran era su destino durante los siguientes días, pero para llegar allí necesitaría algo más que su dinero y las prisas por llegar. Necesitaría coraje y valor para afrontar lo que allí le esperaba, además nunca había sentido el gélido frío del continente del norte. Rasganorte era un lugar insólito. Y más si no había ido nunca a ese duro páramo helado. Ahora le tocaría comprobar en sus propias carnes, el duro frío que calaría sus huesos. Ahora habría de viajar el frío páramo donde muchos perdieron la vida en el pasado, donde unos lucharon por derrocar al Rey Exánime y otros lucharon a sus órdenes, al lugar donde la Luz triunfó sobre la más absoluta oscuridad y donde descansa el mayor secreto guardado por la Cruzada Argenta, un secreto que nadie conoce y que de ser conocido cambiaría el parecer y la seguridad de los nuevos tiempos. Ahora comprobaría de primera lo que las crónicas sobre aquel paraje helador contaban de los misterios y designios que guardaban sus tierras, y de las sangrientas aventuras que los héroes aunados bajo la bandera de la Cruzada Argenta habían vivido. Era el momento de visitar los misterios de Rasganorte. Aunque la estancia fuera breve…
Así pues aquella mañana se levantó de un salto, se preparó un fuerte desayuno para jornada que le esperaba, debía tomar el orbe hacia Entrañas y coger el primer zeppelín hacia el continente helado. Tras el desayuno preparó su armadura y salió a lomos de su dracohalcón surcando los cielos hacia la Ciudad. Ya en la ciudad transitó a gran velocidad las calles hasta llegar al orbe. Con un porte recto y un aspecto muy cuidado, como acostumbraba siempre, recorrió las calles hasta llegar a la Corte, desde allí tomaría el orbe hacia Entrañas. Pagó el transporte para su dracohalcón y su pase por el objeto transportador y puso su mano sobre este. El impuesto de transporte era un pago que había que realizar si se quería usar las energías de aquella esfera roja. Así pues, Nimloth atravesó el umbral que separaba ambas ciudades. A los pocos segundos, Nimloth aparecía en Entrañas por arte de la magia arcana. Su compañero estaba junto a él, su dracohalcón le acompañaba en aquel viaje. Con sus cosas en una mano y las riendas en la otra, subió a lomos del ave escamada y partió a la torre de zeppelines, donde tomaría el rápido hacia Rasganorte, sería un viaje largo pero merecería la pena viajar desde el casi abandonado campamento que los Renegados regentaban en el Fiordo Aquilonal. Allí les esperaría una diligencia que le llevaría a Dalaran. El grupo atravesaría los peligros de Rasganorte hasta llegar a su destino. Ya en Dalaran solo es destino sabría que pasaría. Nimloth se había entrenado duramente para afrontar los peligros que Azeroth le reservaban y en su carrera militar había alcanzado un nivel extraordinario. Dominaba la Luz con una soltura realmente impresionante. Lo que para algunos era un esfuerzo considerable a él le resultaba una tarea de lo más entretenida. Esto era en parte a su gran afinidad con el arte lumínico. Aquellas prácticas y entrenamientos intensivos daban sus frutos y le conferían cada vez una facilidad mayor. Pero lejos de todo esto, caminaba con pie firme hacia su zeppelín. Había llegado la hora de partir. El zeppelín puso rumbo hacia aquel campamento donde pasaría un par de días para aclimatarse a lo que le aguardaba más al interior de aquella región helada.
En los primeros días de viaje, fue concienciándose de que pronto pasaría frío y armado con una armadura hecha para la ocasión, Nimloth había previsto esto. Esta vez iría en representación de la ciudad. Aprovechando así la oportunidad de devolver información de la situación para la nación. Pero conforme pasaba el tiempo, su corazón comenzaba a notar el frío que cada vez le acercaba más a los suyos. Habían transcurrido unos días desde que salió de Entrañas rumbo a Campo Venganza, ya podía ver las escarpadas costas del continente helado, se estaba acercando. Parece que los vientos y el temporal le asistían en su llegada al continente, soplaban vientos desde el Sur hacia el Norte dirigiéndole presto a su objetivo. Ya casi había llegado. A la mañana siguiente se levantó con el sonido del motor apagándose, habiéndose acostumbrando al quejido de los componentes de este, notó el apagado y abrió un ojo. Segundos más tarde sonó la sirena que anunciaba que ya habían llegado y abrió el otro. Los pasajeros solo tenían media hora para salir de allí. Por suerte, Nimloth había previsto la llegada y ya estaba preparado para bajar. En cuestión de minutos abandonó la nave que le había traído hasta allí. El duro frío comenzó a colarse entre las aperturas de la armadura, llevaba varios días sintiendo como la temperatura comenzaba a bajar. Aquel viento se enfriaba conforme les llevaba más al norte. Por fin había llegado a la tierra de la incertidumbre. Su papel allí era claro, visitar a su familia mientras departía los asuntos concernientes al estado de la ciudad y sus relaciones con Lunargenta. Pero aún quedaba viaje por hacer.
Tras haber dejado aquel zeppelín se dirigió a la taberna que los Renegados allí destinados regentaban. Allí se encargó de preguntar sobre la hora de la partida de la diligencia y hacia donde debía dirigirse. Los peones que trabajaban en el campamento le indicaron con su habitual habla sombría y sus voces tenebrosas. Así pues tras departir aquella información con aquellos Renegados. Puso rumbo hacia su destino. La diligencia salió puntual hacia el elevador que los adentraría por aquel continente. Había soldados entrenados para la ocasión, un par de carretas de comerciantes y el resto eran aventureros, mercenarios y algunos militares que se acercaban a Dalaran. La paz se antojaba rara en aquel continente y Nimloth lo notaba y se preguntaba cómo en aquel lugar todavía no reinaba la paz por completo y por qué le invadía aquella sensación de inseguridad. Pero lo que Nimloth no sabía era el secreto que guardaban esas tierras. Aquellas que estaban infestadas de peligros ocultos bajo las rocas o internos en los bosques, donde más de un despreocupado acabó dando con sus huesos en brazos de la muerte. Pero el viaje continuaba. La ascensión por el elevador fue bastante inquietante, pero no sería lo único en aquel paraje. Pronto atravesaría la región y llegaría a las Colinas Pardas donde llegaría a un bastión situado cerca de Bahía Ventura. El viaje continuaba y el recorrido sería agotador. Quizá durante las siguientes semanas descubrieses nuevas cosas sobre ese continente de manos de sus compañeros de la diligencia. Era su primera vez en aquel continente, pero sabía que tampoco sería la última. Hubiera sido más fácil llegar abriendo un portal hacia la ciudad, pero él era un simple Caballero, estaba a medio camino entre la verdadera élite y un simple experto.
Los días se sucedieron y atravesando las Colinas Pardas llegó al Cementerio de Dragones. Era el frío se acentuaba cada vez más conforme se adentraba en aquel continente. Su fiel compañero aguantaba a duras penas el frío, pero tras haberlo cubierto con pieles de animales de la zona mejoró su situación. Llevaba cuatro días en aquel continente endemoniado y congelado. Poco a poco notaba como el frío calaba en sus huesos. Pero gracias a su armadura y a los ropajes que vestía, aquello no lograba congelarlo por completo. Poco a poco siguieron avanzando hacia el Bosque Canto de Cristal. Estaban cerca de Dalaran. Estaba cerca de su familia. Durante el resto del viaje se concentraría en aprender a dominar ese frío que no le permitía volar como él quisiera. Así pues aprovecharía esa ocasión para aprender a volar.
Tras haberse adentrado en el Bosque Canto de Cristal y haber partido hacia el puesto bajo la ciudad. Un piloto condujo a aquellos que tenían monturas voladoras hacía un lugar donde se reunirían para aprender a dominar el frío y sus vientos helados para volar. Durante la estancia de Nimloth tendría que acudir a aquellas clases, pues la vuelta la realizaría con aquel grupo de aprendices de vuelo en climas adversos. Así pues tras reunirse con el instructor, ascendió a la ciudad. Ahora tendría que buscar a sus padres. Conocía la dirección exacta y puso camino hacia aquella casa. La impresión de Nimloth sería de una casa burguesa normal, pero para su sorpresa aquellos diplomáticos habían amasado una fortuna que por herencia le correspondía a su hijo primerizo, y ese era él. Pero volviendo a la casa, Nimloth se encontró una gran mansión dentro de los límites de aquella ciudad flotante. Se encontraba en un barrio neutral, para así establecer contacto con otras razas dentro y fuera del seno de la Alianza. En la zona más pudiente de aquel barrio, Nimloth encontró su destino. Llamó a la puerta de aquella casa. Y le abrieron rápido, Nimloth se presentó como correspondía y mandó anunciarse. Su padre le esperaba en lo alto de la escalera de mármol. No podía creerlo, su hijo había regresado con ellos, aunque solo fuese por un mínimo tiempo. Los dos elfos se fundieron en un gran abrazo. Pero no había tiempo que perder, debía ver a su madre. Ambos subieron a la habitación en la que su madre se encontraba. Allí Nimloth se acercó lentamente a ella y se postró a sus pies. Departieron sobre su estado y durante las siguientes horas Nimloth les narraría todo lo sucedido con su vida. Sus padres se sentían orgullosos de él.
Durante los siguientes días, Nimloth llevaría a cabo su cometido y conocería a las gentes influyentes de la ciudad. Una creciente burguesía Sin’dorei se había establecido bajo el seno de la protección que la Casa Atracasol les brindaba. En aquellos tiempos aquellos que estaban en esa ciudad serían muchos de los artífices y sufragadotes de los gastos en el continente del norte. Pero mayores serían los beneficios que les habían reportado en consecuencia a los gastos. Las inversiones de algunas familias desplazadas allí habían proliferado y aumentado su beneficio en un quinientos por cien. Pero lejos de todo este amasijo de beneficios y dinero, la cabeza de Nimloth estaba puesta en otra cosa. Debía encargarse de sus tres cometidos: Velar por los suyos, Redactar el informe diplomático y aprender a volar en aquellos climas.
Lo primero sería tarea fácil, Nimloth se puso a cargo de los cuidados de su madre, con cierta habilidad. Ayudado por las doncellas que velaban a su madre, Nimloth pudo afrontar el problema que aquello suponía, aunque entre las malas lenguas de aquellas cuatro paredes, algunas doncellas no estaban muy cómodas con la presencia de aquel representante de la Horda. Por lo demás todo fue una tarea muy sencilla. Para lo segundo, mantuvo reuniones con las gentes influyentes y con emisario de la Casa Atracasol que le pondría al corriente de la situación tras la Caída del Rey Exánime. Por lo demás todo fue para Nimloth un juego de niños. Estaba acostumbrado al trato diplomático, ya había estado formando esa faceta suya en Muelle Pantoque y por lo que se pudo observar no le fue nada mal. Estaba casi preparado para volver, pero aún faltaban esas clases matutinas de vuelo que no se perdió ni una sola mañana. El instructor era un Sin’dorei que le enseñaría a surcar los fríos vientos moviéndose entre estos. Los primeros días fueron costosos para su compañero y para él pero conforme pasaba el tiempo, iba cogiéndole el hábito a volar en aquellos páramos, ya casi estaba listo para volver a casa. La mejoría en su madre era notable e incluso se permitía el lujo de pasear. Algunas noches acompañaba a su hijo y su marido en las largas sesiones de lectura en la biblioteca de la familia. Nimloth había estado comentándoles a sus padres su intención con el apellido Sangreluz en Lunargenta. Su padre le dijo que debía visitar el Archivo que se encontraba bajo la Cámara del Pueblo. Así pues su padre le puso al corriente de todo.
Era su último día allí, aquella mañana Nimloth se despertó algo triste. Sus últimas horas al lado de sus padres, pero era ya el momento de volver a la Ciudad que le vio nacer. Su padre le esperaba abajo con una sorpresa y un mozo se encargaba de organizar sus cosas para llevarlas al lugar desde donde partirían. Pero antes de marcharse, su padre le obsequio con un cofre. Nimloth lo abrió y descubrió aquel par de espadas con las que su abuelo luchaba por su ciudad. Las había mandado reforjar y reparar, además de adaptarlas a los nuevos tiempos. Los últimos minerales descubiertos habían hecho que muchas armas antiguas quedasen obsoletas y no fueran en muchas ocasiones rivales comparables a las rudimentarias, aunque en algunos casos no lo hiciesen sin oponer resistencia. El herrero había grabado el escudo de la casa Sangreluz en ella. Y Nimloth las empuñaba con gran tesón. Ahora ya podía irse. Tras abrazar a su madre y a su padre. Nimloth puso rumbo hacia el gran balcón desde el que viajaría de vuelta a Campo Venganza y de allí a Entrañas y de vuelta a su querida Ciudad. Allí le esperaba un nuevo reto, La Cámara del Pueblo y su antiguo sistema de seguridad. Aquel decían era el lugar más seguro tras la Corte Real.
martes, 21 de febrero de 2012
viernes, 3 de febrero de 2012
Entre batallas y descansos, la calma que precede a la tempestad.
Los días siguientes fueron algo más tranquilos, Nimloth estaba descubriendo muchas cosas acerca de su familia. Viejos héroes que lucharon con valor desde que los elfos son elfos. Primera Guerra Troll, la construcción de su ciudad. Ellos estuvieron allí siempre, apoyando a los grandes líderes en sus decisiones y haciendo que la ciudad prosperase. Pero las arenas del tiempo se habían llevado todo eso a su paso. Ya no quedaban vestigios de lo que su familia fue una vez, solo una casa en las ruinas con el escudo de su familia y el hogar de Nimloth. Quizá aquella casa sería un buen lugar para establecer una villa para dar un comienzo nuevamente a su apellido. Ya había participado en varias campañas militares y acaba de salir de una para entrar en otra. Su nombre y el de su compañero comenzaban a ser sonados por la ciudad, quizá era el eco de sus batallas o la reverberación que se producía al superponerse una noticia tras otra. Comenzaban a ser buenos tiempos para los Sangreluz, bueno, para el Sangreluz, aún no había encontrado con quien compartir su apellido y su vida. Quizá el amor no había llegado todavía a su vida o mismamente aguardaba a que fuese mejor persona para encontrarlo. Nimloth no iba a buscarlo, pero tampoco se sentaría a esperar. Mientras tanto, buscaría las respuestas al por qué de la caída en el olvido de su apellido.
En buena tarde, se encontró con el joven Kheelan, el forestal asignado a su destacamento, este le comentó ciertos asuntos relacionados con unos Trolls que vagaban por el bosque. Al oír esto, Nimloth le dijo que dispusiera todo y avisase al resto, y que cuando estuviesen preparados que le avisasen. El forestal marchó raudo a avisar a todo el grupo. Nimloth, mientras tanto, iría a buscar más soluciones sobre su apellido a la biblioteca. Allí charló con los bibliotecarios que le ayudaban a buscar libros sobre el pasado de la ciudad. Por suerte, había un par que despertaban el interés de Nimloth. Sin duda eran libros que relacionaban a su familia con la nobleza media de la ciudad. Así pues, tras estar buscando información sobre su apellido y posibles documentos que le acercasen a una repuesta, marchó a la taberna para mirar esos documentos junto a una copa de vino. Ya en las puertas de la taberna, Nimloth se encontró con el joven Aranelt, el iniciado en la Orden asignado a Lorathiol y a él, hablando con el forestal, le estaba comentando que tenían trabajo que hacer. Nimloth les saludó y les instó a prepararse e invitó al joven iniciado a prepararse junto a Nimloth.
Así pues los tres Sin’dorei marcharon a la Plaza del Errante, allí comenzaría una dura sesión de entrenamiento que dejaría como claro vencedor al Caballero de Sangre más veterano. El esfuerzo parecía dar sus frutos poco a poco y los tres combatientes mostraban sus habilidades dignas de ser juzgadas por la batalla… ¿Podrían los iniciados vencer al veterano? La respuesta la dio Nimloth a golpe de luz, parecía que su manejo sobre los designios de la Luz Sagrada iba mejorando cada vez que empleaba la Luz para que le ayudase en su combate. Poco a poco el esfuerzo se hacia palpable y sin más preámbulo Nimloth les indicó a los iniciados que peleasen entre ellos, los Caballeros de Sangre volvieron a quedar por encima de los Errantes, los forestales poco tenían que hacer contra la Orden. Así fue como concluyó el entrenamiento, tras eso los tres partieron a sus respectivos descansos, pero a Nimloth algo le atormentaba, debía seguir buscando sobre su pasado, cada vez estaba mucho más cerca de recuperar su apellido.
Los días fueron cayendo como gotas de rocío que caen por los pétalos de una rosa. Así, poco a poco, fue pasando el tiempo y la arena del reloj fue depositándose en la parte baja. La hora de buscar a esos Trolls se acercaba. Los combates preparatorios entre el grupo de elfos fueron variados y llenos de una superioridad muy marcada ante el potencial de Nimloth. Aún así, el resto del grupo, pese a ser muy noveles en la tarea, demostraban su valía con gran avidez y conciencia. Quizá en un futuro pudieran ser tan o más poderosos que como lo era Nimloth ahora. Así pues, los días se sucedieron uno tras otro hasta llegar al momento idóneo, que Nimloth estimó como límite para la preparación de sus hombres, aquel día era la fecha elegida por el Caballero de Sangre para llevar a cabo esa incursión contra el par de exploradores Troll que moraban en el Bosque Canción Eterna atormentando a sus gentiles habitantes. Era el momento de acabar con esa escoria que asolaba las esperanzas de los habitantes de aquella tierra. El tiempo corría en su contra.
Esa mañana, Nimloth le dio vueltas a la táctica que seguiría, desconocía el número de Trolls que moraban por aquellas tierras, pero sabía que sería un grupo reducido para no levantar demasiado alboroto. Pero, aún así, lo habían levantado. La alerta se había extendido como una gota de aceite sobre un vaso lleno de agua. En la mente del elfo descansaban y se enfriaba una estrategia recién salida de la fragua. Aprovecharía la numerosidad de su grupo a pesar de la inexperiencia para observar como se comportaban sin él. Sería la oportunidad perfecta para ponerles a examen. Así pues, llegada la hora de combatir marchó a reunirse con sus subalternos para poner rumbo al lugar exacto.
Encontrose con los elfos destinados a su persona y partió con ellos. El grupo estaba incompleto, el representante de la Espiral de Magia no había acudido por encontrarse envuelto en un asunto de la Espiral. El resto había acudido religiosamente. Allí estaban Aranelt, Loremiel y el joven Kheelan. Llegado el momento preciso, todos alcanzaron el punto elegido para atacar a los Trolls. No hizo falta esperar demasiado para que estos aparecieran. Sus colmillos y piel verde daban buen parte de su estado. Eran aguerridos Trolls los que allí se encontraban. Nimloth se mantuvo atrás esperando a ver como sus vasallos realizaban la maniobra.
Con cierta dificultad se sucedía el combate, los elfos peleaban con dureza contra los Trolls pero estos parecían ganarles en fuerza, mientras tanto, el líder de los Trolls se ocupaba de ordenar a sus lacayos midiendo su capacidad de mando con Nimloth, el cual estaba nervioso, veía como los suyos aguantaban como podía las arremetidas de los Trolls. Aquella escaramuza no tendría un final feliz para un bando. Tras un duro esfuerzo, los jóvenes elfos derrocaron el poderío de los Trolls y consiguieron derrotar a los lacayos, ya solo quedaba el líder de estos. Aunque algo herida, la agrupación seguía peleando. Nimloth veía como las fuerzas comenzaban a flaquear, pero tenía la esperanza de que lo consiguieran. Claramente, se equivocaba. En uno de los lances venideros por parte de la ofensiva Troll, la joven Loremiel cayó herida. Nimloth la retiró del combate y comenzó a sanar sus heridas. Mientras, Aranelt y Kheelan aguantaban como podían las arremetidas de los Trolls. Al ver que el esfuerzo de los jóvenes elfos cesaba, Nimloth se encargó personalmente del último Troll mandando a este a su sepultura usando el poder y la convicción de la Luz. Una vez más el peligro había sido erradicado. Ahora solo quedaba volver a la ciudad para tratar a la joven caída.
Al llegar a la ciudad, Nimloth llevó a la posada de Velandra a la joven elfa. Ya en su cuarto, junto con Aranelt, se ocupó de aliviarle de sus heridas y vendárselas. Con todo el tacto del mundo y más colocó suavemente las vendas por las heridas de la joven elfa. Manteniendo su posición intacta comenzó a charlar con Aranelt, quien parecía haber establecido una extraña relación con la elfa. Tras marcharse el caballero y dejar a los elfos solos, marchó a la habitación de Lorathiol. Allí le comentó los avances que había tomado en la escaramuza contra esos Trolls. Además, mencionó el descubrimiento que había hecho. Ambos estarían pendientes de cómo tornase esa relación. En la mente progresista de Nimloth, comenzaba a formarse una idea sobre una nueva Lunargenta en la que sus instituciones caminaban juntas por mantener la gloria del reino.
Pero lejos de todo lo anterior, los descubrimientos sobre su pasado hacían que Nimloth estuviese a punto de tomar una decisión. Era el momento de buscar su pasado y su titulo. Ya en su casa, descansó durante varios días barruntándose que debía hacer. Por suerte para él, una carta llegó a su puerta. Era su padre, su madre estaba gravemente enferma. Era el momento de ir a Dalaran…
En buena tarde, se encontró con el joven Kheelan, el forestal asignado a su destacamento, este le comentó ciertos asuntos relacionados con unos Trolls que vagaban por el bosque. Al oír esto, Nimloth le dijo que dispusiera todo y avisase al resto, y que cuando estuviesen preparados que le avisasen. El forestal marchó raudo a avisar a todo el grupo. Nimloth, mientras tanto, iría a buscar más soluciones sobre su apellido a la biblioteca. Allí charló con los bibliotecarios que le ayudaban a buscar libros sobre el pasado de la ciudad. Por suerte, había un par que despertaban el interés de Nimloth. Sin duda eran libros que relacionaban a su familia con la nobleza media de la ciudad. Así pues, tras estar buscando información sobre su apellido y posibles documentos que le acercasen a una repuesta, marchó a la taberna para mirar esos documentos junto a una copa de vino. Ya en las puertas de la taberna, Nimloth se encontró con el joven Aranelt, el iniciado en la Orden asignado a Lorathiol y a él, hablando con el forestal, le estaba comentando que tenían trabajo que hacer. Nimloth les saludó y les instó a prepararse e invitó al joven iniciado a prepararse junto a Nimloth.
Así pues los tres Sin’dorei marcharon a la Plaza del Errante, allí comenzaría una dura sesión de entrenamiento que dejaría como claro vencedor al Caballero de Sangre más veterano. El esfuerzo parecía dar sus frutos poco a poco y los tres combatientes mostraban sus habilidades dignas de ser juzgadas por la batalla… ¿Podrían los iniciados vencer al veterano? La respuesta la dio Nimloth a golpe de luz, parecía que su manejo sobre los designios de la Luz Sagrada iba mejorando cada vez que empleaba la Luz para que le ayudase en su combate. Poco a poco el esfuerzo se hacia palpable y sin más preámbulo Nimloth les indicó a los iniciados que peleasen entre ellos, los Caballeros de Sangre volvieron a quedar por encima de los Errantes, los forestales poco tenían que hacer contra la Orden. Así fue como concluyó el entrenamiento, tras eso los tres partieron a sus respectivos descansos, pero a Nimloth algo le atormentaba, debía seguir buscando sobre su pasado, cada vez estaba mucho más cerca de recuperar su apellido.
Los días fueron cayendo como gotas de rocío que caen por los pétalos de una rosa. Así, poco a poco, fue pasando el tiempo y la arena del reloj fue depositándose en la parte baja. La hora de buscar a esos Trolls se acercaba. Los combates preparatorios entre el grupo de elfos fueron variados y llenos de una superioridad muy marcada ante el potencial de Nimloth. Aún así, el resto del grupo, pese a ser muy noveles en la tarea, demostraban su valía con gran avidez y conciencia. Quizá en un futuro pudieran ser tan o más poderosos que como lo era Nimloth ahora. Así pues, los días se sucedieron uno tras otro hasta llegar al momento idóneo, que Nimloth estimó como límite para la preparación de sus hombres, aquel día era la fecha elegida por el Caballero de Sangre para llevar a cabo esa incursión contra el par de exploradores Troll que moraban en el Bosque Canción Eterna atormentando a sus gentiles habitantes. Era el momento de acabar con esa escoria que asolaba las esperanzas de los habitantes de aquella tierra. El tiempo corría en su contra.
Esa mañana, Nimloth le dio vueltas a la táctica que seguiría, desconocía el número de Trolls que moraban por aquellas tierras, pero sabía que sería un grupo reducido para no levantar demasiado alboroto. Pero, aún así, lo habían levantado. La alerta se había extendido como una gota de aceite sobre un vaso lleno de agua. En la mente del elfo descansaban y se enfriaba una estrategia recién salida de la fragua. Aprovecharía la numerosidad de su grupo a pesar de la inexperiencia para observar como se comportaban sin él. Sería la oportunidad perfecta para ponerles a examen. Así pues, llegada la hora de combatir marchó a reunirse con sus subalternos para poner rumbo al lugar exacto.
Encontrose con los elfos destinados a su persona y partió con ellos. El grupo estaba incompleto, el representante de la Espiral de Magia no había acudido por encontrarse envuelto en un asunto de la Espiral. El resto había acudido religiosamente. Allí estaban Aranelt, Loremiel y el joven Kheelan. Llegado el momento preciso, todos alcanzaron el punto elegido para atacar a los Trolls. No hizo falta esperar demasiado para que estos aparecieran. Sus colmillos y piel verde daban buen parte de su estado. Eran aguerridos Trolls los que allí se encontraban. Nimloth se mantuvo atrás esperando a ver como sus vasallos realizaban la maniobra.
Con cierta dificultad se sucedía el combate, los elfos peleaban con dureza contra los Trolls pero estos parecían ganarles en fuerza, mientras tanto, el líder de los Trolls se ocupaba de ordenar a sus lacayos midiendo su capacidad de mando con Nimloth, el cual estaba nervioso, veía como los suyos aguantaban como podía las arremetidas de los Trolls. Aquella escaramuza no tendría un final feliz para un bando. Tras un duro esfuerzo, los jóvenes elfos derrocaron el poderío de los Trolls y consiguieron derrotar a los lacayos, ya solo quedaba el líder de estos. Aunque algo herida, la agrupación seguía peleando. Nimloth veía como las fuerzas comenzaban a flaquear, pero tenía la esperanza de que lo consiguieran. Claramente, se equivocaba. En uno de los lances venideros por parte de la ofensiva Troll, la joven Loremiel cayó herida. Nimloth la retiró del combate y comenzó a sanar sus heridas. Mientras, Aranelt y Kheelan aguantaban como podían las arremetidas de los Trolls. Al ver que el esfuerzo de los jóvenes elfos cesaba, Nimloth se encargó personalmente del último Troll mandando a este a su sepultura usando el poder y la convicción de la Luz. Una vez más el peligro había sido erradicado. Ahora solo quedaba volver a la ciudad para tratar a la joven caída.
Al llegar a la ciudad, Nimloth llevó a la posada de Velandra a la joven elfa. Ya en su cuarto, junto con Aranelt, se ocupó de aliviarle de sus heridas y vendárselas. Con todo el tacto del mundo y más colocó suavemente las vendas por las heridas de la joven elfa. Manteniendo su posición intacta comenzó a charlar con Aranelt, quien parecía haber establecido una extraña relación con la elfa. Tras marcharse el caballero y dejar a los elfos solos, marchó a la habitación de Lorathiol. Allí le comentó los avances que había tomado en la escaramuza contra esos Trolls. Además, mencionó el descubrimiento que había hecho. Ambos estarían pendientes de cómo tornase esa relación. En la mente progresista de Nimloth, comenzaba a formarse una idea sobre una nueva Lunargenta en la que sus instituciones caminaban juntas por mantener la gloria del reino.
Pero lejos de todo lo anterior, los descubrimientos sobre su pasado hacían que Nimloth estuviese a punto de tomar una decisión. Era el momento de buscar su pasado y su titulo. Ya en su casa, descansó durante varios días barruntándose que debía hacer. Por suerte para él, una carta llegó a su puerta. Era su padre, su madre estaba gravemente enferma. Era el momento de ir a Dalaran…
Aún queda trabajo por hacer, no hay lugar para confiarse.
Tras haber descansado durante parte de la noche, Nimloth se levantó con ganas de leer, era muy temprano y todavía no había salido el Sol. Se acercó a una de las estanterías repartidas por la casa y buscó un libro. Por suerte, encontró uno que no había leído nunca. Eran las memorias de su familia. Se sentó en uno de los divanes que había por la casa y con una vela comenzó su lectura. Aquello era su pasado, sus antepasados desde la fundación de la Ciudad y tiempo antes. Aquel libro narraba cómo su familia llegó a emparentarse con la nobleza media. Cómo llegaron a tener una de las villas más notables de la ciudad y como se construyeron las bases de su apellido. Allí estaba registrado todo sobre su familia. Pero aquel no era un libro fino o de mediano tamaño. Era una buena colección dividida en libros, aquellos libros tenían todo, desde la fundación de su casa hasta los últimos coletazos del renombre de su familia antes de la caída de la ciudad. Aquel libro le resultaba todo un misterio, nombres de familiares, antiguas direcciones… Hasta tenía un libro de visitas donde había firmas de antiguos nobles de la ciudad. Amigos de la familia serían sin duda, aunque siempre algún detractor cabría. Lo cierto es que aquel libro le dejaba con la intriga de saber más sobre su pasado. Estaba decidido, comenzaría a ahondar en su pasado. Era el momento de devolverle la gloria a su apellido. Entonces, vio que se había hecho de día, la luz había iluminado la estancia y era consciente de que tenía que hacer algo más. Así pues desayunó rápidamente y se preparó para salir a entrenar.
Durante su entrenamiento, la idea de aquel libro no le permitía pensar en otra cosa, pero él seguía impasible, entrenando duro. No debía distraerse con eso ahora, después habría tiempo para ello. Sin duda era algo realmente nuevo para él. Ahora era tiempo de entrenar. Volvió a sus golpes y giros oscilando en los círculos dibujados en el suelo y a iluminar con la luz de los destellos que emitía al usar la cólera sagrada. Era un entrenamiento como los de siempre, quizá era el momento de darle otro sentido. Así pues tomó sus espadas de nuevo y dibujó un cuadrado y un triángulo y osciló sobre los vértices de estos realizando unos cortes más angulosos sobre las estacas que había colocado. Aquello parecía hacer más daño sobre las estacas. Aunque su espada se resentía, el no cesaba de dar golpes. Y con esto y un cese del corte de sus filos, llevó las espadas al herrero. Hacía tiempo que no las llevaba y estaban muy desgastadas. El herrero le miró algo extrañado y furioso por el mal trato que le daba a sus armas pero si quería mejorar, debía aprovechar su tiempo. No obstante, el dinero hizo sonreír al herrero que trabajó con gusto las armas del Caballero.
Tras dejar las armas en la herrería, se dirigió a la taberna de Jovia para comer. Allí degustó su plato favorito y la vieja amiga de su familia dueña de la taberna le acompañó en su comida. Estaba realmente delicioso. Jovia sabía cómo conquistar su estómago y como de costumbre lo había conseguido. Tras tener una agradable charla con ella, Nimloth marchó a la biblioteca a por unos libros sobre el pasado de la Ciudad. Allí encontró lo que buscaba y marchó de vuelta a la taberna para leerlos con una buena copa de vino.
Pero para sorpresa del Caballero, el forestal de la otra vez estaba flirteando con la tabernera. Un hecho totalmente descarado y de más gusto para la honra de aquel iniciado. Por suerte, apareció su superior y le condujo a la buena senda con unas palabras muy reveladoras. Aunque Nimloth sabía que aquello le costaría al joven una reprimenda disfrutó mucho viendo a aquellos soldados de los bosques hablar entre ellos. Realmente, no disponían del postín de una orden como los Caballeros de Sangre, aunque es por todos sabido, la rivalidad de ambas organizaciones. Pero pese a todo. Nimloth observó como el General le entregaba una carta al joven Forestal y decidió que era el momento de ir a la Orden. Así pues, emprendió su camino y se dirigió a la Sede de la Orden.
Por el camino el joven forestal le paró para preguntarle donde se encontraba. No lo podía creer, Nimloth le miró apenado por no conocer su ciudad y más por que fuese tan… raro. Pero a pesar de todo le dijo que le acompañase y lo llevó hasta la Orden donde le entregaría una carta al Alto Campeón y le sería encomendado a Nimloth como un trabajo de reconocimiento. Ahora tocaba ir a buscar al resto del grupo. Con él estaban Kheelan y Aranelt y faltaba el corresponsal de la Espiral Mágica, pero Nimloth ya sabía con quién contar. El elegido era Mithos, el mago del otro día. Así pues fueron a la Espiral a recogerle. Allí hablaron con él y todos pusieron rumbo a la misión. El trayecto empezaría en el Retiro del Errante.
Desde allí marcharon hacia las Cascadas Elrendar donde se encontraron con una avanzada de Trolls formada por tres fuertes Trolls de Bosque. Nimloth le dio la estrategia, primero Kheelan dispararía una flecha que resultó ser fallida y tras eso atacarían. Así fue como comenzó el combate. Una cruenta batalla estalló entre los expedicionarios y los Trolls aquel grupo estaba en ventaja numérica pero los Trolls sabrían usar su ventaja sobre su terreno. Tras varios lances de desgaste en los que Kheelan salió mal parado pero sin caer junto con el resto de la tropa, los Trolls sucumbieron a la fuerza del grupo. Ya solo quedaba el último Troll que era mucho más fuerte que los demás. Así pues en cuestión de minutos Aranelt habría hecho mella en el gran Troll junto con Mithos para dejarle en bandeja a Nimloth, el golpe de gracia. Concentrando en sí el poder de la Luz atacó con este al Troll mandándole al descanso eterno. Habían vencido, pero ahora debían huir de allí antes de que les descubrieran. Volvieron al Retiro del Errante y tras ser felicitados por Nimloth, cada cual marchó a su hogar. Nimloth se quedó charlando con Aranelt en las proximidades de su casa y le encargó llevar su halcón zancudo a la sede, ya que el joven iniciado no había cogido el suyo. Había sido un día largo sin duda.
Nimloth subió a sus aposentos a descansar mientras observaba con una lectura entretenida de su nuevo descubrimiento el bonito atardecer que ante él se planteaba. Era el momento de buscar respuestas.
Durante su entrenamiento, la idea de aquel libro no le permitía pensar en otra cosa, pero él seguía impasible, entrenando duro. No debía distraerse con eso ahora, después habría tiempo para ello. Sin duda era algo realmente nuevo para él. Ahora era tiempo de entrenar. Volvió a sus golpes y giros oscilando en los círculos dibujados en el suelo y a iluminar con la luz de los destellos que emitía al usar la cólera sagrada. Era un entrenamiento como los de siempre, quizá era el momento de darle otro sentido. Así pues tomó sus espadas de nuevo y dibujó un cuadrado y un triángulo y osciló sobre los vértices de estos realizando unos cortes más angulosos sobre las estacas que había colocado. Aquello parecía hacer más daño sobre las estacas. Aunque su espada se resentía, el no cesaba de dar golpes. Y con esto y un cese del corte de sus filos, llevó las espadas al herrero. Hacía tiempo que no las llevaba y estaban muy desgastadas. El herrero le miró algo extrañado y furioso por el mal trato que le daba a sus armas pero si quería mejorar, debía aprovechar su tiempo. No obstante, el dinero hizo sonreír al herrero que trabajó con gusto las armas del Caballero.
Tras dejar las armas en la herrería, se dirigió a la taberna de Jovia para comer. Allí degustó su plato favorito y la vieja amiga de su familia dueña de la taberna le acompañó en su comida. Estaba realmente delicioso. Jovia sabía cómo conquistar su estómago y como de costumbre lo había conseguido. Tras tener una agradable charla con ella, Nimloth marchó a la biblioteca a por unos libros sobre el pasado de la Ciudad. Allí encontró lo que buscaba y marchó de vuelta a la taberna para leerlos con una buena copa de vino.
Pero para sorpresa del Caballero, el forestal de la otra vez estaba flirteando con la tabernera. Un hecho totalmente descarado y de más gusto para la honra de aquel iniciado. Por suerte, apareció su superior y le condujo a la buena senda con unas palabras muy reveladoras. Aunque Nimloth sabía que aquello le costaría al joven una reprimenda disfrutó mucho viendo a aquellos soldados de los bosques hablar entre ellos. Realmente, no disponían del postín de una orden como los Caballeros de Sangre, aunque es por todos sabido, la rivalidad de ambas organizaciones. Pero pese a todo. Nimloth observó como el General le entregaba una carta al joven Forestal y decidió que era el momento de ir a la Orden. Así pues, emprendió su camino y se dirigió a la Sede de la Orden.
Por el camino el joven forestal le paró para preguntarle donde se encontraba. No lo podía creer, Nimloth le miró apenado por no conocer su ciudad y más por que fuese tan… raro. Pero a pesar de todo le dijo que le acompañase y lo llevó hasta la Orden donde le entregaría una carta al Alto Campeón y le sería encomendado a Nimloth como un trabajo de reconocimiento. Ahora tocaba ir a buscar al resto del grupo. Con él estaban Kheelan y Aranelt y faltaba el corresponsal de la Espiral Mágica, pero Nimloth ya sabía con quién contar. El elegido era Mithos, el mago del otro día. Así pues fueron a la Espiral a recogerle. Allí hablaron con él y todos pusieron rumbo a la misión. El trayecto empezaría en el Retiro del Errante.
Desde allí marcharon hacia las Cascadas Elrendar donde se encontraron con una avanzada de Trolls formada por tres fuertes Trolls de Bosque. Nimloth le dio la estrategia, primero Kheelan dispararía una flecha que resultó ser fallida y tras eso atacarían. Así fue como comenzó el combate. Una cruenta batalla estalló entre los expedicionarios y los Trolls aquel grupo estaba en ventaja numérica pero los Trolls sabrían usar su ventaja sobre su terreno. Tras varios lances de desgaste en los que Kheelan salió mal parado pero sin caer junto con el resto de la tropa, los Trolls sucumbieron a la fuerza del grupo. Ya solo quedaba el último Troll que era mucho más fuerte que los demás. Así pues en cuestión de minutos Aranelt habría hecho mella en el gran Troll junto con Mithos para dejarle en bandeja a Nimloth, el golpe de gracia. Concentrando en sí el poder de la Luz atacó con este al Troll mandándole al descanso eterno. Habían vencido, pero ahora debían huir de allí antes de que les descubrieran. Volvieron al Retiro del Errante y tras ser felicitados por Nimloth, cada cual marchó a su hogar. Nimloth se quedó charlando con Aranelt en las proximidades de su casa y le encargó llevar su halcón zancudo a la sede, ya que el joven iniciado no había cogido el suyo. Había sido un día largo sin duda.
Nimloth subió a sus aposentos a descansar mientras observaba con una lectura entretenida de su nuevo descubrimiento el bonito atardecer que ante él se planteaba. Era el momento de buscar respuestas.
Restaurando la paz de la Ciudad de las Luces, tercera parte.
Era el momento del cambio, sin duda aquel día sería el día en que las cosas cambiasen. Esos brujos dejarían de una vez de sembrar el caos y el terror en las calles y las afueras de la ciudad. El cambio había empezado en el bosque, pero se propagaba como una gota de aceite por el resto de la región. Se comenzaba a rumorear que los rebeldes jamás se rendirían y que seguirían interponiéndose en el camino del crecimiento de la ciudad. Querían traer más corrupción a la ciudad. Pero las cosas se acabarían ese mismo día. Ese día comenzaría uno de los cambios más grandes jamás vividos en la ciudad desde la corrupción de magia vil. Sería el día en que los Sin’dorei pudieran dejar atrás las artes viles que degeneran las raíces y aptitudes de las doctrinas de la ciudad. Era la civilización contra el control de las masas que ejercían los brujos.
Aquella mañana, Nimloth se sentó a descansar en la terraza de su casa recién comprada. Desde allí podía ver las inmensas laderas y valles que poblaban las afueras de los bosques de la ciudad. Allí tomó el desayuno mientras observaba la tranquilidad del bosque. Incluso le parecía que este le sonreía dándole las gracias a él y a los demás Caballeros por su excelente trabajo. Tras tomarse el desayuno, marchó dentro de la casa y tomó uno de sus libros favoritos sobre los designios de la filosofía de la Luz. Y allí se quedó durante toda la mañana leyendo entre las luces que entraban por las oquedades de la casa. Así pasó el tiempo descansando mientras leía y reponiéndose de sus heridas del día anterior. Entre sus lecturas comenzó a murmurar los conjuros de alivio que conocía aliviándose las heridas con mucho cuidado. Poco a poco iba recuperándose de los rasguños de la pelea del día anterior. Así, entre lecturas y algún que otro divertimento para el estómago, Nimloth se fue preparando para el combate en el Sagrario.
La tarde comenzó con la comida de Nimloth, un buen filete del salmón a la plancha y una copa de vino rosado. Era un plato delicioso aunque a Nimloth el salmón no le hacía demasiada ilusión, pero era una dieta a seguir para mantenerse saludable. Tras eso volvió a sentarse a leer el libro que había tomado hasta la hora precisa. La lectura era realmente entretenida y le recordaba todo aquello que había aprendido años atrás, era como volver al pasado. Y aquello le alegraba. Le recordaban tiempos mejores en los que vivía en la compañía de su familia rodeado de los suyos y de su tío. De aquellos humanos que si hoy le vieran le repudiarían, le mirarían con cara de pocos amigos y él a ellos les echaría en cara su actitud. Aunque eso solo pasaría si esos humanos fueran unos bárbaros como el resto, como esos que repudian a la gente por su raza y su posición en este mundo. Él era un Sin’dorei y estaba con la Horda, es más estaba con su ciudad. Y no podía comprender como algunos de los suyos pensaban en atentar contra ese estado. El estado elfo. Le resultaba muy raro y bastante ilógico atentar contra lo tuyo. Destruir tu hogar, masacrar a tu gente e intentar imponer una ley que la mayoría no quiere. Es bien cierto que las cosas cambiarían esa tarde, pero eso el mundo no lo sabía. Comenzaba así, una era de cambios.
Si bien había estado leyendo durante la tarde, ahora su momento para actuar. Era partícipe de un cambio que no tardaría en llegar de la mano de su fiel amigo y compañero, Lorathiol. Él era el artífice y para él, el mérito de llevarles al fin del mundo. Puede que a veces fuese un poco rudo y tosco de pensamiento y quizá un tanto frío con sus iguales pero era una gran persona que se desvive por su Ciudad, que se aferra a los designios de esta y que no comprende una ciudad masacrada por la conveniencia de unos rebeldes que solo quieren el bien para sí y no para su raza. Esos desertores de la conciencia Sin’dorei. Esos estúpidos desalmados que atentaban contra la paz y la armonía de su ciudad, esos que hoy caerían en lo que podría llamarse la Guerra Civil Sin’dorei. Una guerra formada por una batalla en la que hermanos pelearían a favor de la idea de la ciudad sin brujería descontrolada contra los hermanos que habían salido de este nombre al pensar una ciudad de maldad y corrupción. Hoy les llegaba su momento y Nimloth sabía qué hacer.
Así pues llegaron como almas que lleva el diablo a la taberna donde Lorathiol les esperaba junto a sus hombres. Nimloth había decidido llevar los suyos para asegurar a los que contribuían a la bondad de su raza. Sus hombres echarían una mano para solventar este problema y formar parte de la historia. Pero ahora tocaba combatir. Ambos se encaminaron hacia El Sagrario y allí esperaron a uno de los hombres de confianza de Lorathiol. Malanior era un joven Caballero, casi del mismo rango que Lorathiol confiado a su nuevo señor. Se le veía algo envalentonado y precavido cosa que en esa situación no era muy normal. Pero allí estaban todos, esperando la orden para entrar.
Lorathiol dio la Orden segundos después y juntos entraron asegurando el camino hacia la última sala de El Sagrario. Allí los brujos habían comenzado un ritual para crear un Sangrevil. Los primeros en llegar fueron Nimloth, Lorathiol y Malanior. Allí los tres caballeros lucharían con gran garra y derrocarían a los primeros brujos, aquellos sembradores del caos estaban bastante entrenados y provocaban algunas heridas allá donde golpeaban, pero poco pudieron hacer contra la fuerza de los tres Caballeros. Al poco tiempo los tres brujos principales comenzaron a hablar del poder del Maestro. Pero tras poco hablar el primer brujo comenzó a atacarles. Por suerte sucumbió ante las esperanzas de un pueblo que quiere prosperar y dio con sus ideales en el suelo. El siguiente brujo probó suerte pero no se llevó más que la ira de Nimloth contenida en sus espadas y los golpes de sus compañeros. Con el segundo en el suelo, parecía que estaba a punto de terminar, pero no sabían lo que realmente se les avecinaba. Un tercer brujo, el último al parecer atacó, pero los Caballeros supieron derrotarle con gran maestría y en un último golpe sucumbió ante los elfos. Parecía haber terminado, pero aún quedaba uno más. Aquel brujo usó su picaresca para ocultarse de los Caballeros pero al final acudió a intentar darles un final que no merecían ni se llevarían aunque el pobre Malanior sufriera una muerte que no merecía. Y con un gran esfuerzo tras una batalla de desgaste, Nimloth tuvo la oportunidad de acabar con su infeliz vida haciendo uso de su poder. Habían ganado.
Lo habían conseguido, un cambio a mejor había sido alcanzado. A partir de ahora los brujos estarían más controlados y El Sagrario sería un lugar seguro. El destino de la ciudad comenzaba a prosperar. Tras el combate se retiraron a hablar con Ildaroth que les felicitaría y les mandaría a descansar. Habían sido dos días demasiado duros para ellos. Debían reposar.
Aquella mañana, Nimloth se sentó a descansar en la terraza de su casa recién comprada. Desde allí podía ver las inmensas laderas y valles que poblaban las afueras de los bosques de la ciudad. Allí tomó el desayuno mientras observaba la tranquilidad del bosque. Incluso le parecía que este le sonreía dándole las gracias a él y a los demás Caballeros por su excelente trabajo. Tras tomarse el desayuno, marchó dentro de la casa y tomó uno de sus libros favoritos sobre los designios de la filosofía de la Luz. Y allí se quedó durante toda la mañana leyendo entre las luces que entraban por las oquedades de la casa. Así pasó el tiempo descansando mientras leía y reponiéndose de sus heridas del día anterior. Entre sus lecturas comenzó a murmurar los conjuros de alivio que conocía aliviándose las heridas con mucho cuidado. Poco a poco iba recuperándose de los rasguños de la pelea del día anterior. Así, entre lecturas y algún que otro divertimento para el estómago, Nimloth se fue preparando para el combate en el Sagrario.
La tarde comenzó con la comida de Nimloth, un buen filete del salmón a la plancha y una copa de vino rosado. Era un plato delicioso aunque a Nimloth el salmón no le hacía demasiada ilusión, pero era una dieta a seguir para mantenerse saludable. Tras eso volvió a sentarse a leer el libro que había tomado hasta la hora precisa. La lectura era realmente entretenida y le recordaba todo aquello que había aprendido años atrás, era como volver al pasado. Y aquello le alegraba. Le recordaban tiempos mejores en los que vivía en la compañía de su familia rodeado de los suyos y de su tío. De aquellos humanos que si hoy le vieran le repudiarían, le mirarían con cara de pocos amigos y él a ellos les echaría en cara su actitud. Aunque eso solo pasaría si esos humanos fueran unos bárbaros como el resto, como esos que repudian a la gente por su raza y su posición en este mundo. Él era un Sin’dorei y estaba con la Horda, es más estaba con su ciudad. Y no podía comprender como algunos de los suyos pensaban en atentar contra ese estado. El estado elfo. Le resultaba muy raro y bastante ilógico atentar contra lo tuyo. Destruir tu hogar, masacrar a tu gente e intentar imponer una ley que la mayoría no quiere. Es bien cierto que las cosas cambiarían esa tarde, pero eso el mundo no lo sabía. Comenzaba así, una era de cambios.
Si bien había estado leyendo durante la tarde, ahora su momento para actuar. Era partícipe de un cambio que no tardaría en llegar de la mano de su fiel amigo y compañero, Lorathiol. Él era el artífice y para él, el mérito de llevarles al fin del mundo. Puede que a veces fuese un poco rudo y tosco de pensamiento y quizá un tanto frío con sus iguales pero era una gran persona que se desvive por su Ciudad, que se aferra a los designios de esta y que no comprende una ciudad masacrada por la conveniencia de unos rebeldes que solo quieren el bien para sí y no para su raza. Esos desertores de la conciencia Sin’dorei. Esos estúpidos desalmados que atentaban contra la paz y la armonía de su ciudad, esos que hoy caerían en lo que podría llamarse la Guerra Civil Sin’dorei. Una guerra formada por una batalla en la que hermanos pelearían a favor de la idea de la ciudad sin brujería descontrolada contra los hermanos que habían salido de este nombre al pensar una ciudad de maldad y corrupción. Hoy les llegaba su momento y Nimloth sabía qué hacer.
Así pues llegaron como almas que lleva el diablo a la taberna donde Lorathiol les esperaba junto a sus hombres. Nimloth había decidido llevar los suyos para asegurar a los que contribuían a la bondad de su raza. Sus hombres echarían una mano para solventar este problema y formar parte de la historia. Pero ahora tocaba combatir. Ambos se encaminaron hacia El Sagrario y allí esperaron a uno de los hombres de confianza de Lorathiol. Malanior era un joven Caballero, casi del mismo rango que Lorathiol confiado a su nuevo señor. Se le veía algo envalentonado y precavido cosa que en esa situación no era muy normal. Pero allí estaban todos, esperando la orden para entrar.
Lorathiol dio la Orden segundos después y juntos entraron asegurando el camino hacia la última sala de El Sagrario. Allí los brujos habían comenzado un ritual para crear un Sangrevil. Los primeros en llegar fueron Nimloth, Lorathiol y Malanior. Allí los tres caballeros lucharían con gran garra y derrocarían a los primeros brujos, aquellos sembradores del caos estaban bastante entrenados y provocaban algunas heridas allá donde golpeaban, pero poco pudieron hacer contra la fuerza de los tres Caballeros. Al poco tiempo los tres brujos principales comenzaron a hablar del poder del Maestro. Pero tras poco hablar el primer brujo comenzó a atacarles. Por suerte sucumbió ante las esperanzas de un pueblo que quiere prosperar y dio con sus ideales en el suelo. El siguiente brujo probó suerte pero no se llevó más que la ira de Nimloth contenida en sus espadas y los golpes de sus compañeros. Con el segundo en el suelo, parecía que estaba a punto de terminar, pero no sabían lo que realmente se les avecinaba. Un tercer brujo, el último al parecer atacó, pero los Caballeros supieron derrotarle con gran maestría y en un último golpe sucumbió ante los elfos. Parecía haber terminado, pero aún quedaba uno más. Aquel brujo usó su picaresca para ocultarse de los Caballeros pero al final acudió a intentar darles un final que no merecían ni se llevarían aunque el pobre Malanior sufriera una muerte que no merecía. Y con un gran esfuerzo tras una batalla de desgaste, Nimloth tuvo la oportunidad de acabar con su infeliz vida haciendo uso de su poder. Habían ganado.
Lo habían conseguido, un cambio a mejor había sido alcanzado. A partir de ahora los brujos estarían más controlados y El Sagrario sería un lugar seguro. El destino de la ciudad comenzaba a prosperar. Tras el combate se retiraron a hablar con Ildaroth que les felicitaría y les mandaría a descansar. Habían sido dos días demasiado duros para ellos. Debían reposar.
Restaurando la paz de la Ciudad de las Luces, segunda parte.
Tras el éxito cosechado por los Caballeros de Sangre en el Fondeadero Vela del Sol, las cosas parecían serenarse un poco pero no sería así, esa misma mañana del día posterior al hecho del Fondeadero, la forestal del Desfiladero Ramadorada le enviaría una carta de auxilio. Necesitaba su ayuda para aplacar una reunión que se celebraría esa misma tarde. Al parecer los brujos harían un ritual para traer a un demonio desde las profundidades del Vacío Abisal. La carta le llegaría a primera hora. Así pues, se dispuso todo el día para entrenar duramente para estar preparado para lo que pudiera pasar en La Arboleda Agostada.
Quizá fuese la ocupación que ahora tenía o la falta de tiempo para pensar detenidamente sobre su vida, pero la imagen que tenía de añoranza de sus padres iba cayendo un poco en el olvido, ahora se debía a su ciudad y lo demás quedaría un tanto en segundo plano. Posiblemente algún día los encuentre, pero debe prepararse antes y recibir los duros golpes que la vida le tiene reservado. Todavía no está preparado para reencontrarse con sus padres, o sí… ¿Quién sabe? Solo el tiempo lo dirá. A pesar de todo eso, sabía que era el momento de luchar por los suyos y junto con Lorathiol sacar del bache lleno de magia vil en que la Ciudad se había sumido. Era el momento de traer la Luz de nuevo a una ciudad que cada vez se sumía más en las sombras por culpa de esos rebeldes brujos que intentaban traer el caos a este mundo.
Así pues, aquella mañana comenzó con la lectura de la carta que Liriel, la forestal de Ramadorada, le había enviado pidiéndole auxilio. Nimloth salió temprano de casa y se dispuso para entrenar hasta que fuese la hora exacta para partir a la ciudad a reunirse con Lorathiol. Se rodeó de nuevo por aquellos círculos surcados en el suelo y comenzó a oscilar como un péndulo por ellos realizando multitud de excelentes movimientos con sus espadas, debía seguir hasta dominarlas, al igual que con la luz. Quizá era el momento de comenzar a canalizar sus energías y dejar de usar las del entorno para dañar a sus enemigos. Así pues hizo fluir su Luz interna hacia fuera emitiendo destellos con haces de luz desde dentro del circulo hasta el exterior. La primera impresión que aquello le dio fue algo rara. Veía como motas de Luz llenaban el ambiente y lo iluminaban todo sin dejar ninguna sombra, era algo extraordinario y entonces recordó que a aquel hechizo le llamaban cólera sagrada. Continuó durante un par de horas más haciendo el hechizo hasta que se vio obligado a parar. Estaba cansado por el esfuerzo y debía reposar un poco. Así pues, marchó a la Ciudad para comer un poco.
Ya en la taberna se deleitó con uno de sus platos favoritos y una buena copa de vino. Tras haber comido bien, subió a su habitación y allí se dio un baño relajante que uno de los sirvientes le había preparado. Ahora que lo pensaba necesitaba una casa donde vivir, no podía depender eternamente del fondo para Caballeros de la Orden. Le resultaba incomodo que siendo él de tan noble apellido tuviese que mendigar una casa, así pues comenzó a buscar entre los tablones y preguntándole a la gente. Tras una búsqueda de mediana duración, Velandra le comentó que el dueño de la gran casona de la Aldea Brisa Pura había puesto la mansión que allí descansaba alta y lujosa en venta. A Nimloth le causó gran interés y decidió acercarse a preguntar.
Tras un largo viaje volando, llegó a las puertas de la mansión. Allí comenzó a charlar con el dueño y acordar una cantidad. Acordada esta, prosiguieron para hacer el traspaso de poderes y obtener así la gerencia de la casa. Ahora Nimloth ya tenía un techo donde dormitar tranquilo sin preocuparse del subsidio de la Orden. Con gran brevedad, Nimloth llevó sus cosas a la casa y se instaló allí. Esto le daría pie a administrar de nuevo la orientación de su apellido. Retornar a la grandeza de tiempos pasados. Quizá se abría una nueva puerta ante él. Pero eso lo decidiría el destino.
Tras haberse acomodado en su casa, Nimloth marchó al encuentro de Lorathiol. Tomó las riendas de su dracohalcón y alzó el vuelo hacia la posada. Quizá le encontrase allí. Por suerte para Nimloth, sí, estaba allí. Nimloth le saludó y le dirigió unas palabras y ambos salieron volando hacia el Desfiladero, había que detener la apertura de la puerta que traería el caos a la ciudad.
Tras volar y llegar hasta el Desfiladero, más precisamente, hasta donde se encontraba la Aguja, los Caballeros marcharon con paso firme hacia el interior de esta a derrotar a los males que se ocultaban bajo los muros. Para la sorpresa de los Caballeros eran dos demonios traídos para proteger la Aguja y dar la alarma. Pero los Caballeros fueron mucho más rápidos y pudieron detener la amenaza que se cernía sobre ellos. Para los dos Caballeros fue algo sencillo, ambos engendros cayeron bajo su poder. La aguja había sido asegurada nuevamente. Ahora todo indicaba que se encontraban en La Arboleda Agostada. Así pues los Caballeros emprendieron la marcha, adentrándose en el bosque. Una vez en el interior de este se vieron en un apuro menor, los árboles que allí moraban parecían estar bien excepto unos cuantos que poseían marcas de un color violáceo en su corteza. Parecían hechizados por algún conjuro de control de los brujos. El combate empezó con el ataque de los árboles que se percataron de la presencia de los Caballeros. Con gran maestría el primero sucumbió a las acometidas de los Caballeros. El segundo emprendió su marcha y golpeó a Nimloth con severidad, clavándole algunas astillas que le dejarían un tanto dolorido e inmóvil durante un tiempo. Con gran brío recuperó sus fuerzas y pudo emprender una acometida mientras Lorathiol destrozaba al árbol posteriormente. Aquellos arboles corrompidos por la magia vil de los brujos habían encontrado su descanso. Los Caballeros avanzaron hacia un grupo de brujos que se encontraban cerca de la Piedra Rúnica. Nimloth los miró con gran ira y avanzó hacia ellos. Lorathiol junto con él se preparó para combatir. Había que detener el ritual que iban a llevar a cabo. Ambos Caballeros fueron derrotando a los brujos que le salían al paso. El poder de la Luz, las espadas de Nimloth y la maza de Lorathiol hacían el trabajo que las manos ejecutoras ordenaban. En pocos minutos se vieron solos ante el Gran Brujo de la Arboleda, era el momento de derrotarle de una vez para que dejase de sembrar el caos, habrían de detener el ritual o al menos hacer que no funcionasen y lo consiguieron. Tras esto comenzó la gran batalla en la que derrocarían al brujo. Y así fue. Los elfos lucharon con gran valentía y coraje y, tras varios lances, derrocaron al Gran Brujo. Nimloth le destrozó usando el poder de la Luz en contraposición a las sombras del Brujo. Había sido una gran batalla. La paz del Bosque se había restituido. Ahora tocaba descansar para el día siguiente. Lorathiol había planeado el ataque al Sagrario para el día siguiente, no se lo esperarían.
Ambos caballeros volvieron a sus respectivas casas donde descansarían para afrontar los designios de un nuevo día. El día en que la acumulación de rebeldes, sin causa ni destino más que sembrar el caos, sería erradicada. Podía oírse el sonido de los pasos de una nueva era que se acercaba susurrante entre las sombras que tapaban las nubes de un nuevo día. Sin duda aquel día sería un gran día.
Quizá fuese la ocupación que ahora tenía o la falta de tiempo para pensar detenidamente sobre su vida, pero la imagen que tenía de añoranza de sus padres iba cayendo un poco en el olvido, ahora se debía a su ciudad y lo demás quedaría un tanto en segundo plano. Posiblemente algún día los encuentre, pero debe prepararse antes y recibir los duros golpes que la vida le tiene reservado. Todavía no está preparado para reencontrarse con sus padres, o sí… ¿Quién sabe? Solo el tiempo lo dirá. A pesar de todo eso, sabía que era el momento de luchar por los suyos y junto con Lorathiol sacar del bache lleno de magia vil en que la Ciudad se había sumido. Era el momento de traer la Luz de nuevo a una ciudad que cada vez se sumía más en las sombras por culpa de esos rebeldes brujos que intentaban traer el caos a este mundo.
Así pues, aquella mañana comenzó con la lectura de la carta que Liriel, la forestal de Ramadorada, le había enviado pidiéndole auxilio. Nimloth salió temprano de casa y se dispuso para entrenar hasta que fuese la hora exacta para partir a la ciudad a reunirse con Lorathiol. Se rodeó de nuevo por aquellos círculos surcados en el suelo y comenzó a oscilar como un péndulo por ellos realizando multitud de excelentes movimientos con sus espadas, debía seguir hasta dominarlas, al igual que con la luz. Quizá era el momento de comenzar a canalizar sus energías y dejar de usar las del entorno para dañar a sus enemigos. Así pues hizo fluir su Luz interna hacia fuera emitiendo destellos con haces de luz desde dentro del circulo hasta el exterior. La primera impresión que aquello le dio fue algo rara. Veía como motas de Luz llenaban el ambiente y lo iluminaban todo sin dejar ninguna sombra, era algo extraordinario y entonces recordó que a aquel hechizo le llamaban cólera sagrada. Continuó durante un par de horas más haciendo el hechizo hasta que se vio obligado a parar. Estaba cansado por el esfuerzo y debía reposar un poco. Así pues, marchó a la Ciudad para comer un poco.
Ya en la taberna se deleitó con uno de sus platos favoritos y una buena copa de vino. Tras haber comido bien, subió a su habitación y allí se dio un baño relajante que uno de los sirvientes le había preparado. Ahora que lo pensaba necesitaba una casa donde vivir, no podía depender eternamente del fondo para Caballeros de la Orden. Le resultaba incomodo que siendo él de tan noble apellido tuviese que mendigar una casa, así pues comenzó a buscar entre los tablones y preguntándole a la gente. Tras una búsqueda de mediana duración, Velandra le comentó que el dueño de la gran casona de la Aldea Brisa Pura había puesto la mansión que allí descansaba alta y lujosa en venta. A Nimloth le causó gran interés y decidió acercarse a preguntar.
Tras un largo viaje volando, llegó a las puertas de la mansión. Allí comenzó a charlar con el dueño y acordar una cantidad. Acordada esta, prosiguieron para hacer el traspaso de poderes y obtener así la gerencia de la casa. Ahora Nimloth ya tenía un techo donde dormitar tranquilo sin preocuparse del subsidio de la Orden. Con gran brevedad, Nimloth llevó sus cosas a la casa y se instaló allí. Esto le daría pie a administrar de nuevo la orientación de su apellido. Retornar a la grandeza de tiempos pasados. Quizá se abría una nueva puerta ante él. Pero eso lo decidiría el destino.
Tras haberse acomodado en su casa, Nimloth marchó al encuentro de Lorathiol. Tomó las riendas de su dracohalcón y alzó el vuelo hacia la posada. Quizá le encontrase allí. Por suerte para Nimloth, sí, estaba allí. Nimloth le saludó y le dirigió unas palabras y ambos salieron volando hacia el Desfiladero, había que detener la apertura de la puerta que traería el caos a la ciudad.
Tras volar y llegar hasta el Desfiladero, más precisamente, hasta donde se encontraba la Aguja, los Caballeros marcharon con paso firme hacia el interior de esta a derrotar a los males que se ocultaban bajo los muros. Para la sorpresa de los Caballeros eran dos demonios traídos para proteger la Aguja y dar la alarma. Pero los Caballeros fueron mucho más rápidos y pudieron detener la amenaza que se cernía sobre ellos. Para los dos Caballeros fue algo sencillo, ambos engendros cayeron bajo su poder. La aguja había sido asegurada nuevamente. Ahora todo indicaba que se encontraban en La Arboleda Agostada. Así pues los Caballeros emprendieron la marcha, adentrándose en el bosque. Una vez en el interior de este se vieron en un apuro menor, los árboles que allí moraban parecían estar bien excepto unos cuantos que poseían marcas de un color violáceo en su corteza. Parecían hechizados por algún conjuro de control de los brujos. El combate empezó con el ataque de los árboles que se percataron de la presencia de los Caballeros. Con gran maestría el primero sucumbió a las acometidas de los Caballeros. El segundo emprendió su marcha y golpeó a Nimloth con severidad, clavándole algunas astillas que le dejarían un tanto dolorido e inmóvil durante un tiempo. Con gran brío recuperó sus fuerzas y pudo emprender una acometida mientras Lorathiol destrozaba al árbol posteriormente. Aquellos arboles corrompidos por la magia vil de los brujos habían encontrado su descanso. Los Caballeros avanzaron hacia un grupo de brujos que se encontraban cerca de la Piedra Rúnica. Nimloth los miró con gran ira y avanzó hacia ellos. Lorathiol junto con él se preparó para combatir. Había que detener el ritual que iban a llevar a cabo. Ambos Caballeros fueron derrotando a los brujos que le salían al paso. El poder de la Luz, las espadas de Nimloth y la maza de Lorathiol hacían el trabajo que las manos ejecutoras ordenaban. En pocos minutos se vieron solos ante el Gran Brujo de la Arboleda, era el momento de derrotarle de una vez para que dejase de sembrar el caos, habrían de detener el ritual o al menos hacer que no funcionasen y lo consiguieron. Tras esto comenzó la gran batalla en la que derrocarían al brujo. Y así fue. Los elfos lucharon con gran valentía y coraje y, tras varios lances, derrocaron al Gran Brujo. Nimloth le destrozó usando el poder de la Luz en contraposición a las sombras del Brujo. Había sido una gran batalla. La paz del Bosque se había restituido. Ahora tocaba descansar para el día siguiente. Lorathiol había planeado el ataque al Sagrario para el día siguiente, no se lo esperarían.
Ambos caballeros volvieron a sus respectivas casas donde descansarían para afrontar los designios de un nuevo día. El día en que la acumulación de rebeldes, sin causa ni destino más que sembrar el caos, sería erradicada. Podía oírse el sonido de los pasos de una nueva era que se acercaba susurrante entre las sombras que tapaban las nubes de un nuevo día. Sin duda aquel día sería un gran día.
Restaurando la paz de la Ciudad de las Luces, primera parte.
Aquel extraño mandato de su señor le había dejado algo confuso, la verdad es que no sabía qué hacer. Se encontraba en una disyuntiva bastante fuerte. Por un lado el hecho de volver a su ciudad bajo la lluvia dejando atrás a su maestro le dejaba bastante entristecido, pero debía mirar al frente; por el contrario que su maestro le hubiese dicho que se mantuviese en la ciudad fuera señal de preocupación. Aunque ambas sean meras tonterías que carecen de un sentido estricto. Todo eso llenaba la mente de Nimloth de preguntas y respuestas. Sobre su maestro, la orden, el futuro…
No obstante, a la vuelta de Nimloth desde Tierras Fantasma a Lunargenta, se encontró con un nuevo panorama. Había un nuevo Alto Campeón que se encargaría de ellos. Ahora eran responsables de los nimios movimientos de la Orden. Pero esto no sería más que el inicio de una larga carrera por restaurar la paz en la ciudad. La política de este nuevo Alto Campeón encajaban más con la realidad de los Sin’dorei, y eso a Nimloth le resultaba bastante bueno. Pero no solo eso rondaba en los hechos de la ciudad durante esos días.
Nimloth se presentó ante el nuevo Alto Campeón y este le comentó que debía colaborar con el resto de instituciones militares de la Ciudad. Los primeros en ser informados debían ser los integrantes de la Espiral de Magia de Lunargenta. Tras eso Los Errantes y así con el resto de instituciones. Así pues se puso en búsqueda de los magos de la ciudad para informarles de la nueva situación. Acudió a dejar a su dracohalcón para que le diesen los cuidados necesarios en el puesto de dracohalcones de las afueras de la ciudad. El vuelo por aquellos parajes era muy agradable y cuando divisó el puesto descendió de su vuelo. Lo primero que vio al bajar fue a un Sin’dorei que se encontraba allí. Nimloth bajó y entabló conversación con él. Al parecer había encontrado al primer mago el cual debía ser informado. Por lo que pudo observar, este ya conocía a Lorathiol. Tras una leve conversación con el mago, Nimloth emprendió de nuevo el vuelo y marchó a comer algo. Había sido una mañana interesante, ahora le tocaría esperar a que la tarde le trajese nuevas más interesantes.
Tras la comida y el comienzo de una tarde provechosa, Nimloth se sentó a leer un poco en la biblioteca, había dejado un poco de lado las armas para centrarse en sus estudios de la luz, quería comprobar esos designios de luz que iluminaban la grandeza de su ciudad. Así pasó un tiempo hasta que decidió volver a su entrenamiento físico y salió a las afueras de la ciudad a entrenar como de costumbre. Después de haber entrenado lo suficiente para mantener la forma, volvió a la ciudad allí se encontraría con Lorathiol y ambos comenzarían a pasear por las afueras de la ciudad.
En su paseo por los exteriores de la ciudad se encontraron con un integrante de la institución más enfrentada a los Caballeros de Sangre, un Errante. Al parecer era un joven forestal aprendiz que patrullaba el bosque con gran parsimonia. Lorathiol y Nimloth le pararon y se pusieron a charlar con él. Tras unos cuantos cortes verbales de un exquisito uso de la palabra, ambos Caballeros quedaron por encima del Forestal con una pasmosa facilidad, quizá la juventud del Forestal le hacía hablar con menos conocimiento de causa. Sea como fuere, los Caballeros se despidieron del joven forestal y continuaron su camino hacia la Aldea Brisa Pura. Allí, los caballeros se separaron, Nimloth fue a visitar a la Forestal que guardaba la Aguja Ramadorada en el Desfiladero Ramadorada. Allí, tras hablar con ella sobre la nueva situación peligrosa que se estaba conformando en La Arboleda Agostada y en el Desfiladero, le prometió llevar la información a Lunargenta para ver si desde la ciudad se proponía algo. Así fue como Nimloth prometió ayuda a la Forestal del Desfiladero. Tras esto, volvió a la ciudad debía seguir con sus entrenamientos.
Allí en la ciudad, reanudó su entrenamiento en la Plaza del Errante. El muñeco recibió los duros golpes de las espadas de Nimloth haciendo que las astillas saltasen. Tras usar la luz para golpear al muñeco y dejarle un buen hueco chamuscado por la intensidad de la energía, apareció un elfo. Nimloth no lo había visto nunca, pero parecía un novato. Entonces recordó que en la Orden, Colin le dijo que había entrado un novato nuevo. Quizá fuese él. Nimloth charló con él y le propuso un entrenamiento. El novato, que se llamaba Anarelt, aceptó y allí comenzó el combate. Tras varios lances, Nimloth resultó ganador del combate y entonces apareció el Alto Campeón. Les dijo que Anarelt se quedaría a cargo de ambos Caballeros, Lorathiol y Nimloth. Ahora era su iniciado.
Las horas pasaron y llegó la noche. Nimloth se encontraba entrenando como de costumbre cuando apareció Lorathiol y el Alto Campeón. Era hora de trabajar. Así pues, Nimloth fue a buscar a Anarelt mientras Lorathiol marchó hacia el Fondeadero. Cuando Nimloth encontró a Anarelt ambos partieron hacia el Fondeadero donde les esperaba Lorathiol. Fue un vuelo tranquilo. Dejaron al dracohalcón en la Aldea Brisa Pura y bajaron hasta el Fondeadero a pie. Allí Anarelt se acercó a hacer unas cosas mientras Nimloth hablaba con Lorathiol y Alira, una bruja de El Sagrario que les ayudaría en esta misión.
Tras una breve charla, apareció Anarelt y dio comienzo la misión. Ascendieron charlando hasta el balcón de primer piso que daba a la azotea, pero allí se detuvieron. Unos guardias obstaculizaban el camino. Nimloth con gran gracia en el uso del lenguaje les hizo confundirse y dejarles pasar con un gran enigma. Tras eso llegaron arriba y se encontraron con lo peor. Un Sangrevil y cinco brujos dispuestos a acabar con ellos. No se lo podrían creer y dieron comienzo al combate. Debían deshacerse del maldito causante del caos y peligro potencial para la ciudad. El combate no había hecho más que comenzar. Alira, Nimloth y el resto lucharon contra los brujos derrotándoles sin mucho peligro. Pero ahora era el turno del Sangrevil, Nimloth estaba enfervorecido, la rabia corría por sus venas. Aquel peligro que suponían unos rebeldes que atentaban contra la ciudad le hacían hervir la sangre. Y el último combate comenzó. Los lances se devolvían entre los dos contendientes, el grupo y el Sangrevil. Todo fue un combate normal hasta que el Sangrevil osó tomar por el cuello al joven Anarelt. Para entonces, Nimloth estallaría de rabia y comenzaría a golpear con más dureza al Sangrevil hasta acabar purgando su vientre con la justicia de la Luz. Lo habían conseguido, el peligro de ver con vida a ese engendro había sido superado. Habían acabado con él.
Tras el combate volvieron a la Sede de la Orden donde Ildaroth les encomendó velar por la paz y la tranquilidad del reino tras felicitarles. Ahora debían acabar con la plaga de brujos rebeldes. Era el momento de actuar. La paz y la calma llegarían de nuevo de la mano de Nimloth y de Lorathiol. Era el preciso instante de luchar por los designios de la ciudad.
No obstante, a la vuelta de Nimloth desde Tierras Fantasma a Lunargenta, se encontró con un nuevo panorama. Había un nuevo Alto Campeón que se encargaría de ellos. Ahora eran responsables de los nimios movimientos de la Orden. Pero esto no sería más que el inicio de una larga carrera por restaurar la paz en la ciudad. La política de este nuevo Alto Campeón encajaban más con la realidad de los Sin’dorei, y eso a Nimloth le resultaba bastante bueno. Pero no solo eso rondaba en los hechos de la ciudad durante esos días.
Nimloth se presentó ante el nuevo Alto Campeón y este le comentó que debía colaborar con el resto de instituciones militares de la Ciudad. Los primeros en ser informados debían ser los integrantes de la Espiral de Magia de Lunargenta. Tras eso Los Errantes y así con el resto de instituciones. Así pues se puso en búsqueda de los magos de la ciudad para informarles de la nueva situación. Acudió a dejar a su dracohalcón para que le diesen los cuidados necesarios en el puesto de dracohalcones de las afueras de la ciudad. El vuelo por aquellos parajes era muy agradable y cuando divisó el puesto descendió de su vuelo. Lo primero que vio al bajar fue a un Sin’dorei que se encontraba allí. Nimloth bajó y entabló conversación con él. Al parecer había encontrado al primer mago el cual debía ser informado. Por lo que pudo observar, este ya conocía a Lorathiol. Tras una leve conversación con el mago, Nimloth emprendió de nuevo el vuelo y marchó a comer algo. Había sido una mañana interesante, ahora le tocaría esperar a que la tarde le trajese nuevas más interesantes.
Tras la comida y el comienzo de una tarde provechosa, Nimloth se sentó a leer un poco en la biblioteca, había dejado un poco de lado las armas para centrarse en sus estudios de la luz, quería comprobar esos designios de luz que iluminaban la grandeza de su ciudad. Así pasó un tiempo hasta que decidió volver a su entrenamiento físico y salió a las afueras de la ciudad a entrenar como de costumbre. Después de haber entrenado lo suficiente para mantener la forma, volvió a la ciudad allí se encontraría con Lorathiol y ambos comenzarían a pasear por las afueras de la ciudad.
En su paseo por los exteriores de la ciudad se encontraron con un integrante de la institución más enfrentada a los Caballeros de Sangre, un Errante. Al parecer era un joven forestal aprendiz que patrullaba el bosque con gran parsimonia. Lorathiol y Nimloth le pararon y se pusieron a charlar con él. Tras unos cuantos cortes verbales de un exquisito uso de la palabra, ambos Caballeros quedaron por encima del Forestal con una pasmosa facilidad, quizá la juventud del Forestal le hacía hablar con menos conocimiento de causa. Sea como fuere, los Caballeros se despidieron del joven forestal y continuaron su camino hacia la Aldea Brisa Pura. Allí, los caballeros se separaron, Nimloth fue a visitar a la Forestal que guardaba la Aguja Ramadorada en el Desfiladero Ramadorada. Allí, tras hablar con ella sobre la nueva situación peligrosa que se estaba conformando en La Arboleda Agostada y en el Desfiladero, le prometió llevar la información a Lunargenta para ver si desde la ciudad se proponía algo. Así fue como Nimloth prometió ayuda a la Forestal del Desfiladero. Tras esto, volvió a la ciudad debía seguir con sus entrenamientos.
Allí en la ciudad, reanudó su entrenamiento en la Plaza del Errante. El muñeco recibió los duros golpes de las espadas de Nimloth haciendo que las astillas saltasen. Tras usar la luz para golpear al muñeco y dejarle un buen hueco chamuscado por la intensidad de la energía, apareció un elfo. Nimloth no lo había visto nunca, pero parecía un novato. Entonces recordó que en la Orden, Colin le dijo que había entrado un novato nuevo. Quizá fuese él. Nimloth charló con él y le propuso un entrenamiento. El novato, que se llamaba Anarelt, aceptó y allí comenzó el combate. Tras varios lances, Nimloth resultó ganador del combate y entonces apareció el Alto Campeón. Les dijo que Anarelt se quedaría a cargo de ambos Caballeros, Lorathiol y Nimloth. Ahora era su iniciado.
Las horas pasaron y llegó la noche. Nimloth se encontraba entrenando como de costumbre cuando apareció Lorathiol y el Alto Campeón. Era hora de trabajar. Así pues, Nimloth fue a buscar a Anarelt mientras Lorathiol marchó hacia el Fondeadero. Cuando Nimloth encontró a Anarelt ambos partieron hacia el Fondeadero donde les esperaba Lorathiol. Fue un vuelo tranquilo. Dejaron al dracohalcón en la Aldea Brisa Pura y bajaron hasta el Fondeadero a pie. Allí Anarelt se acercó a hacer unas cosas mientras Nimloth hablaba con Lorathiol y Alira, una bruja de El Sagrario que les ayudaría en esta misión.
Tras una breve charla, apareció Anarelt y dio comienzo la misión. Ascendieron charlando hasta el balcón de primer piso que daba a la azotea, pero allí se detuvieron. Unos guardias obstaculizaban el camino. Nimloth con gran gracia en el uso del lenguaje les hizo confundirse y dejarles pasar con un gran enigma. Tras eso llegaron arriba y se encontraron con lo peor. Un Sangrevil y cinco brujos dispuestos a acabar con ellos. No se lo podrían creer y dieron comienzo al combate. Debían deshacerse del maldito causante del caos y peligro potencial para la ciudad. El combate no había hecho más que comenzar. Alira, Nimloth y el resto lucharon contra los brujos derrotándoles sin mucho peligro. Pero ahora era el turno del Sangrevil, Nimloth estaba enfervorecido, la rabia corría por sus venas. Aquel peligro que suponían unos rebeldes que atentaban contra la ciudad le hacían hervir la sangre. Y el último combate comenzó. Los lances se devolvían entre los dos contendientes, el grupo y el Sangrevil. Todo fue un combate normal hasta que el Sangrevil osó tomar por el cuello al joven Anarelt. Para entonces, Nimloth estallaría de rabia y comenzaría a golpear con más dureza al Sangrevil hasta acabar purgando su vientre con la justicia de la Luz. Lo habían conseguido, el peligro de ver con vida a ese engendro había sido superado. Habían acabado con él.
Tras el combate volvieron a la Sede de la Orden donde Ildaroth les encomendó velar por la paz y la tranquilidad del reino tras felicitarles. Ahora debían acabar con la plaga de brujos rebeldes. Era el momento de actuar. La paz y la calma llegarían de nuevo de la mano de Nimloth y de Lorathiol. Era el preciso instante de luchar por los designios de la ciudad.
El Caballero Sangreluz. El camino de las luces.
Hacía días que Nimloth había vuelto de la mano de Lorathiol a su ciudad natal, Quel’thalas. Los entrenamientos eran incesantes a la vez que los compaginaba con sus estudios sobre la luz. Había comenzado a usar este poder y parecía irle bastante bien. Comenzaba a desengrasar los engranajes de su mente que le permitían recordar lo aprendido años atrás en Lordaeron con aquellos paladines. En su cara se dibujaba una sonrisa al recordar los buenos tiempos que pasó con los humanos, aunque ahora pertenecían a bandos contrarios. Quizá el tiempo se haya llevado a aquellos humanos o en su lugar haya dejado a otros. Ante él se abría ahora un camino lleno de luces que debería explorar.
Y así poco a poco fueron pasando los días entre entrenamientos y lecturas, lecturas y entrenamientos… Así hasta el día en que volvió a ver a su primo.
Aquel día salió temprano de su habitación en la posada y marchó a entrenar como de costumbre. Paseó hasta una zona recogida en la Charca Plácido Susurro, era un lugar con poca vegetación y tranquilo, alejado del bullicio de las clases de magia que se impartían en la otra orilla de la charca. Allí, Nimloth dejó sus cosas y se sentó a la sombra de un árbol con un libro en la mano. Tomaba el libro con una mano y con la otra intentaba hacer que la Luz iluminara su mano. La práctica de los otros días le ayudó bastante y en pocos segundos ya había iluminado su mano. Tras eso, posó su mano sobre la hierba y comenzó a ver como una leve brisa fruto de la fuerza concentrada del saber más puro agitaba la hierba. Con cuidado hizo un circulo con su mano y la luz que había iluminado su mano se apagó llevándose consigo la brisa que agitaba la hierba. Así pues, se levantó con cuidado y tomó sus armas. Cuando sostuvo estas con fuerza, dibujó un par de círculos alrededor suyo y comenzó a moverse entre estos mientras asestaba golpes al aire. Al cabo de un buen rato dichos golpes cesaron y habiendo recogido sus cosas puso rumbo a la ciudad. Ya era mediodía.
Entró a la taberna en la que su compañero, Lorathiol, se hospedaba. Al entrar observó que él estaba allí. Se acercó y pidió una jarra de vino. Al recibirla, se sentó junto a Lorathiol y ambos comenzaron a charlar. Hacía tiempo que no entablaba conversación con él y se notaba. Al poco tiempo se hizo el silencio y apareció un joven elfo que a Nimloth le resultó un tanto familiar, pero no sabía quién era. Tras una agradable charla se enteró. Era su primo Nahel, el hijo de su difunto tío, aquel que le enseñase todo lo que sabe de las artes castrenses. Parecía mentira que ese… ¿Cómo decirlo?... Tipejo, fuese su primo. Era realmente lo contrario a Nimloth. Si uno era serio y responsable, el otro era totalmente un dicharachero e inconsciente. La vergüenza de tener un primo así le sirvió de excusa para evadirse de la actual situación que vivía. Había encontrado a alguien de su familia en la ciudad, pero no le esperaba vivo. Aun así a día de hoy no ha vuelto a saber nada de su joven primo, que al parecer era un mago de la Espiral de Magia, la orden de magos capitaneados por el Gran Magister Rommath. Pero eso no sería lo único que le pasaría a Nimloth durante esos días.
Días más tarde, tras una dura semana de entrenamientos para seguir mejorando, le llegó una citación, le necesitaban en la Sede. Alaron quería verle. Así pues se puso en marcha hacia la Orden y se presentó ante su señor. Allí fue informado, junto a Lorathiol, de que la tablilla que encontrase meses atrás en aquel poblado Troll no era más que un plan de ataque contra el Enclave del Errante en Tierras Fantasma. Dos meses de investigaciones para llegar a esa conclusión… Desde luego que la eficacia se había con Nimloth a Muelle Pantoque. Por suerte su compañero Lorathiol seguía igual que siempre o mejor. Pero este no es el asunto de la cuestión, procedamos a narrar los hechos.
Tras ser informados los Caballeros pusieron rumbo al Enclave del Errante, allí deberían prepararlo todo para la venida de los Trolls. Alaron habló con el Capitán forestal al mando del Enclave y este le dejó a su cargo a varios de sus hombres. Si querían solucionar este problema deberían trabajar juntos por mucha rivalidad que hubiese. A Nimloth le fue asignado un pequeño grupo de forestales y a Lorathiol otro. Nimloth tuvo que marchar al Norte a cubrir la aguja que él mismo había recuperado, pero no podría disponer de la ayuda de los Guardias Arcanos. Cuando llegó a la zona no había ni un alma. Ningún Troll. Hasta que, de repente, apareció la primera oleada. La lucha comenzaba. Los forestales y Nimloth pudieron repelerles sin mucho esfuerzo, fue una batalla cruenta pero fácil, parecía que ese grupo estaba formado por exploradores para abrir el paso. Lorathiol hizo lo propio en el Sur y derrocó a su oleada. Entonces ocurrió algo, Nahel apareció en el fragor de la batalla, había ido a ayudar a su primo. La segunda oleada se acercaba, Lorathiol acabó con los suyos sin complicaciones, mientras Nimloth junto con Nahel en el Norte hacían lo mismo. Estos Trolls fueron más agresivos aunque tuvieron suerte y pudieron repelerlos. La batalla se decantaba a favor de los elfos. Los Trolls comenzaban a enfurecerse y la tercera oleada llegó con fuerza dejando heridos pero pereciendo en el intento. Tras derrocar y asegurar las zonas, los elfos volvieron al Enclave donde Alaron les esperaba con una mala noticia, un Troll más fuerte que el resto se acercaba al Enclave. Los elfos se pusieron en marcha y una nueva batalla estalló. Esta vez contra aquella mole verde. La batalla fue dura pero tuvo un final agraciado hacia los elfos. La batalla había terminado, los elfos habían asegurado las zonas limítrofes a las áreas Troll, pero algo se quedaba en el aire. La guerra. ¿Serían estas las Segundas Guerras Trolls? Eso solo lo diría el tiempo.
Tras la batalla volvieron a la ciudad a descansar, había sido un día bastante largo y mañana debían presentarse en la Sede.
Tras una noche de descanso, Nimloth se levantó aquella mañana animado y marchó a la Sede, allí recibió una buena noticia. Había sido ascendido a Caballero. Por fin era en su totalidad un integrante de la Orden. Recibió su nueva armadura de manos de Alaron y tras eso ambos marcharon lejos. Debía acompañar a Alaron fuera del bosque. El viaje fue algo largo pero cuando iban a atravesar el Desfiladero Thalassiano Alaron le dijo que se diese la vuelta, todavía no estaba preparado. Mientras Alaron seguía, Nimloth le miraba bajo la lluvia, quieto, como si de una estatua se tratase. Tras eso volvió a la ciudad a lomos de su dracohalcón. Allí daría parte al sustituto de Alaron…
Y así poco a poco fueron pasando los días entre entrenamientos y lecturas, lecturas y entrenamientos… Así hasta el día en que volvió a ver a su primo.
Aquel día salió temprano de su habitación en la posada y marchó a entrenar como de costumbre. Paseó hasta una zona recogida en la Charca Plácido Susurro, era un lugar con poca vegetación y tranquilo, alejado del bullicio de las clases de magia que se impartían en la otra orilla de la charca. Allí, Nimloth dejó sus cosas y se sentó a la sombra de un árbol con un libro en la mano. Tomaba el libro con una mano y con la otra intentaba hacer que la Luz iluminara su mano. La práctica de los otros días le ayudó bastante y en pocos segundos ya había iluminado su mano. Tras eso, posó su mano sobre la hierba y comenzó a ver como una leve brisa fruto de la fuerza concentrada del saber más puro agitaba la hierba. Con cuidado hizo un circulo con su mano y la luz que había iluminado su mano se apagó llevándose consigo la brisa que agitaba la hierba. Así pues, se levantó con cuidado y tomó sus armas. Cuando sostuvo estas con fuerza, dibujó un par de círculos alrededor suyo y comenzó a moverse entre estos mientras asestaba golpes al aire. Al cabo de un buen rato dichos golpes cesaron y habiendo recogido sus cosas puso rumbo a la ciudad. Ya era mediodía.
Entró a la taberna en la que su compañero, Lorathiol, se hospedaba. Al entrar observó que él estaba allí. Se acercó y pidió una jarra de vino. Al recibirla, se sentó junto a Lorathiol y ambos comenzaron a charlar. Hacía tiempo que no entablaba conversación con él y se notaba. Al poco tiempo se hizo el silencio y apareció un joven elfo que a Nimloth le resultó un tanto familiar, pero no sabía quién era. Tras una agradable charla se enteró. Era su primo Nahel, el hijo de su difunto tío, aquel que le enseñase todo lo que sabe de las artes castrenses. Parecía mentira que ese… ¿Cómo decirlo?... Tipejo, fuese su primo. Era realmente lo contrario a Nimloth. Si uno era serio y responsable, el otro era totalmente un dicharachero e inconsciente. La vergüenza de tener un primo así le sirvió de excusa para evadirse de la actual situación que vivía. Había encontrado a alguien de su familia en la ciudad, pero no le esperaba vivo. Aun así a día de hoy no ha vuelto a saber nada de su joven primo, que al parecer era un mago de la Espiral de Magia, la orden de magos capitaneados por el Gran Magister Rommath. Pero eso no sería lo único que le pasaría a Nimloth durante esos días.
Días más tarde, tras una dura semana de entrenamientos para seguir mejorando, le llegó una citación, le necesitaban en la Sede. Alaron quería verle. Así pues se puso en marcha hacia la Orden y se presentó ante su señor. Allí fue informado, junto a Lorathiol, de que la tablilla que encontrase meses atrás en aquel poblado Troll no era más que un plan de ataque contra el Enclave del Errante en Tierras Fantasma. Dos meses de investigaciones para llegar a esa conclusión… Desde luego que la eficacia se había con Nimloth a Muelle Pantoque. Por suerte su compañero Lorathiol seguía igual que siempre o mejor. Pero este no es el asunto de la cuestión, procedamos a narrar los hechos.
Tras ser informados los Caballeros pusieron rumbo al Enclave del Errante, allí deberían prepararlo todo para la venida de los Trolls. Alaron habló con el Capitán forestal al mando del Enclave y este le dejó a su cargo a varios de sus hombres. Si querían solucionar este problema deberían trabajar juntos por mucha rivalidad que hubiese. A Nimloth le fue asignado un pequeño grupo de forestales y a Lorathiol otro. Nimloth tuvo que marchar al Norte a cubrir la aguja que él mismo había recuperado, pero no podría disponer de la ayuda de los Guardias Arcanos. Cuando llegó a la zona no había ni un alma. Ningún Troll. Hasta que, de repente, apareció la primera oleada. La lucha comenzaba. Los forestales y Nimloth pudieron repelerles sin mucho esfuerzo, fue una batalla cruenta pero fácil, parecía que ese grupo estaba formado por exploradores para abrir el paso. Lorathiol hizo lo propio en el Sur y derrocó a su oleada. Entonces ocurrió algo, Nahel apareció en el fragor de la batalla, había ido a ayudar a su primo. La segunda oleada se acercaba, Lorathiol acabó con los suyos sin complicaciones, mientras Nimloth junto con Nahel en el Norte hacían lo mismo. Estos Trolls fueron más agresivos aunque tuvieron suerte y pudieron repelerlos. La batalla se decantaba a favor de los elfos. Los Trolls comenzaban a enfurecerse y la tercera oleada llegó con fuerza dejando heridos pero pereciendo en el intento. Tras derrocar y asegurar las zonas, los elfos volvieron al Enclave donde Alaron les esperaba con una mala noticia, un Troll más fuerte que el resto se acercaba al Enclave. Los elfos se pusieron en marcha y una nueva batalla estalló. Esta vez contra aquella mole verde. La batalla fue dura pero tuvo un final agraciado hacia los elfos. La batalla había terminado, los elfos habían asegurado las zonas limítrofes a las áreas Troll, pero algo se quedaba en el aire. La guerra. ¿Serían estas las Segundas Guerras Trolls? Eso solo lo diría el tiempo.
Tras la batalla volvieron a la ciudad a descansar, había sido un día bastante largo y mañana debían presentarse en la Sede.
Tras una noche de descanso, Nimloth se levantó aquella mañana animado y marchó a la Sede, allí recibió una buena noticia. Había sido ascendido a Caballero. Por fin era en su totalidad un integrante de la Orden. Recibió su nueva armadura de manos de Alaron y tras eso ambos marcharon lejos. Debía acompañar a Alaron fuera del bosque. El viaje fue algo largo pero cuando iban a atravesar el Desfiladero Thalassiano Alaron le dijo que se diese la vuelta, todavía no estaba preparado. Mientras Alaron seguía, Nimloth le miraba bajo la lluvia, quieto, como si de una estatua se tratase. Tras eso volvió a la ciudad a lomos de su dracohalcón. Allí daría parte al sustituto de Alaron…
Adios Muelle Pantoque, vuelta a casa.
Durante los dos días siguientes las cosas no cambiarían mucho más, Nimloth como de costumbre solía entrenar durante gran parte de la mañana hasta que se ponía a leer. La presencia de Lorathiol en Muelle Pantoque le era un gran apoyo pues hasta ahora se veía único en aquel lugar tan peculiar. Pero a pesar de todo, algo en su interior le comenzaba a llamar de vuelta a casa. Algo le decía que Lorathiol, precisamente, no estaba allí para acompañarle, sino para llevarlo de vuelta a Lunargenta con los suyos. Sus días de aventuras en Muelle Pantoque acompañado de los Goblins comenzaban a diluirse cual terrón de azúcar en una taza de café. Por última vez, fue a la marisquería y se dio un homenaje. La comida estaba rica y le había dejado un buen sabor de boca, al fin y al cabo sería la última vez que estaría allí.
Tras marcharse de la marisquería, emprendió su camino a dar un paseo por toda la ciudad. En sus primeros días la había visto con gran detalle, pero esta vez quiso hacerlo para llevarse un buen recuerdo. Las calles tenían su tránsito habitual, el ruido de siempre, poco cambiaba a lo que él solía ver en días más movidos. Parecía como si las cosas se detuviesen en su situación para ver como esto desenlazaría al final. Pero esto no era lo único que le inquietaba. La falsa visita de sus padres le dejaba el abanico demasiado abierto a posibilidades como para no pensar ¿Estarían bien? ¿Estarían en Dalaran cómo decía la carta? Quién sabe…
Quizá para él todo el juego de luces que se había desarrollado no era lo mejor, pero al menos le alejaba de pensar que sus días en aquella ciudad tocaban fondo. Pero antes de partir quedaba una ultima cosa por hacer. Enseñar a Lorathiol a volar. Y así fue, Nimloth se reunió con él en el Alto Mando cuando sol estaba en el centro de su viaje, es decir, al mediodía, allí le explicó con lujo de detalles que debía hacer. Por suerte, Lorathiol había alquilado un dracoleón, pues en Muelle Pantoque el único dracohalcón era de Nimloth por cortesía del maestro Pyreanor. Nimloth le enseñó a alzar el vuelo, pero a Lorathiol le costaba bastante. Parecía que el animal no era muy manso. El elfo rubio se acercó a la bestia e intentó tranquilizarla acariciando su lomo. Tras eso se subió sobre él e intentó emprender el vuelo. Por suerte para Nimloth, el animal se había tranquilizado y le dejó ascender. Tras eso se bajó y le dio las riendas a su compañero. Nimloth volvió a su montura y Lorathiol alzó con cuidado el vuelo con el animal. Al momento, ambos se encontraban en el aire y Nimloth azuzó las riendas para que el joven animal saliese volando a gran velocidad. Tras él, le seguía Lorathiol que luchaba por mantener el equilibrio como un buen jinete. Dada su experiencia lo consiguió y ambos dieron varias vueltas sobre la bahía de la isla en la que se asentaba Muelle Pantoque.
Le había conseguido enseñar a volar, era un gran avance. Para ambos. Tras las clases de vuelo, Lorathiol se dirigió a devolver la montura, estaban listos para salir de allí. Por fin volverían a Lunargenta aunque la sensación de no querer irse moraba en el interior de Nimloth. A la caída de la tarde se despedirían de los que fueron sus compañeros. No eran un día para estar alegres aunque por un lado lo sintiera. A la cabeza de Nimloth volvieron los fallos cometidos en el pasado, que ahora, esperaba remediar desde un principio.
Y así, pasó el tiempo y llegó la hora de marcharse. Nimloth y Lorathiol subieron al Alto Mando de Muelle Pantoque en busca de Ganyx y el resto. Encontraron a Ganyx comiendo como de costumbre con una calabaza en la cabeza. No hay que olvidar que estaban en la festividad de Hallow’s end. Allí Ganyx se sorprendió por la noticia y les deseó lo mejor. Al rato, llegó Nytz con un regalo para Nimloth, eran unas gafas de modelo Goblin para él. Ganyx les honró con un tabardo a cada uno y unas caretas con su foto. Los elfos se despidieron de lo que para uno fue un segundo hogar prometiendo el regreso y para otro fue un suplicio o al menos así lo mostraba su actitud. Pero para Nimloth no era motivo para juzgar pues él también se había sentido así. Así, llenos de regalos y cosas nuevas, los dos elfos partieron poniendo rumbo a Orgrimmar.
En la ciudad se reunieron con el maestro Pyreanor que se quedó asombrado por la aparición de Lorathiol y felicitó a Nimloth por su trabajo en Muelle Pantoque, también le premió con el dracohalcón que le había prestado y le comunicó que daría parte en Lunargenta. Tras eso Lorathiol y Nimloth salieron de la ciudad orca en zepelín. El viaje hasta Entrañas no fue muy movido, Nimloth aprovechó para entrenar su maña con la Luz. Durante todo el viaje se acordó de los momentos vividos en Muelle Pantoque y de que al llegar a Entrañas debería preguntar por un tal William el apotecario. Lorathiol estuvo desaparecido durante el viaje de regreso, pues Nimloth lo veía muy poco debido a su plan de entrenamiento y sus lecturas. Y así con el paso de los días llegaron a Entrañas.
Allí Nimloth buscó información sobre el renegado en cuestión pero poco le dijeron, nadie le conocía. Ahora tocaría escribir a Uglu para informarle de su intento fallido. Tras este contratiempo, ellos marcharon rumbo a Lunargenta a través del orbe de traslación. A los pocos segundos estaban en Lunargenta. Ahora tendrían que dar parte y volver a la vida normal. Por fin había llegado el momento de demostrar lo que había aprendido fuera de los muros de Lunargenta.
Tras marcharse de la marisquería, emprendió su camino a dar un paseo por toda la ciudad. En sus primeros días la había visto con gran detalle, pero esta vez quiso hacerlo para llevarse un buen recuerdo. Las calles tenían su tránsito habitual, el ruido de siempre, poco cambiaba a lo que él solía ver en días más movidos. Parecía como si las cosas se detuviesen en su situación para ver como esto desenlazaría al final. Pero esto no era lo único que le inquietaba. La falsa visita de sus padres le dejaba el abanico demasiado abierto a posibilidades como para no pensar ¿Estarían bien? ¿Estarían en Dalaran cómo decía la carta? Quién sabe…
Quizá para él todo el juego de luces que se había desarrollado no era lo mejor, pero al menos le alejaba de pensar que sus días en aquella ciudad tocaban fondo. Pero antes de partir quedaba una ultima cosa por hacer. Enseñar a Lorathiol a volar. Y así fue, Nimloth se reunió con él en el Alto Mando cuando sol estaba en el centro de su viaje, es decir, al mediodía, allí le explicó con lujo de detalles que debía hacer. Por suerte, Lorathiol había alquilado un dracoleón, pues en Muelle Pantoque el único dracohalcón era de Nimloth por cortesía del maestro Pyreanor. Nimloth le enseñó a alzar el vuelo, pero a Lorathiol le costaba bastante. Parecía que el animal no era muy manso. El elfo rubio se acercó a la bestia e intentó tranquilizarla acariciando su lomo. Tras eso se subió sobre él e intentó emprender el vuelo. Por suerte para Nimloth, el animal se había tranquilizado y le dejó ascender. Tras eso se bajó y le dio las riendas a su compañero. Nimloth volvió a su montura y Lorathiol alzó con cuidado el vuelo con el animal. Al momento, ambos se encontraban en el aire y Nimloth azuzó las riendas para que el joven animal saliese volando a gran velocidad. Tras él, le seguía Lorathiol que luchaba por mantener el equilibrio como un buen jinete. Dada su experiencia lo consiguió y ambos dieron varias vueltas sobre la bahía de la isla en la que se asentaba Muelle Pantoque.
Le había conseguido enseñar a volar, era un gran avance. Para ambos. Tras las clases de vuelo, Lorathiol se dirigió a devolver la montura, estaban listos para salir de allí. Por fin volverían a Lunargenta aunque la sensación de no querer irse moraba en el interior de Nimloth. A la caída de la tarde se despedirían de los que fueron sus compañeros. No eran un día para estar alegres aunque por un lado lo sintiera. A la cabeza de Nimloth volvieron los fallos cometidos en el pasado, que ahora, esperaba remediar desde un principio.
Y así, pasó el tiempo y llegó la hora de marcharse. Nimloth y Lorathiol subieron al Alto Mando de Muelle Pantoque en busca de Ganyx y el resto. Encontraron a Ganyx comiendo como de costumbre con una calabaza en la cabeza. No hay que olvidar que estaban en la festividad de Hallow’s end. Allí Ganyx se sorprendió por la noticia y les deseó lo mejor. Al rato, llegó Nytz con un regalo para Nimloth, eran unas gafas de modelo Goblin para él. Ganyx les honró con un tabardo a cada uno y unas caretas con su foto. Los elfos se despidieron de lo que para uno fue un segundo hogar prometiendo el regreso y para otro fue un suplicio o al menos así lo mostraba su actitud. Pero para Nimloth no era motivo para juzgar pues él también se había sentido así. Así, llenos de regalos y cosas nuevas, los dos elfos partieron poniendo rumbo a Orgrimmar.
En la ciudad se reunieron con el maestro Pyreanor que se quedó asombrado por la aparición de Lorathiol y felicitó a Nimloth por su trabajo en Muelle Pantoque, también le premió con el dracohalcón que le había prestado y le comunicó que daría parte en Lunargenta. Tras eso Lorathiol y Nimloth salieron de la ciudad orca en zepelín. El viaje hasta Entrañas no fue muy movido, Nimloth aprovechó para entrenar su maña con la Luz. Durante todo el viaje se acordó de los momentos vividos en Muelle Pantoque y de que al llegar a Entrañas debería preguntar por un tal William el apotecario. Lorathiol estuvo desaparecido durante el viaje de regreso, pues Nimloth lo veía muy poco debido a su plan de entrenamiento y sus lecturas. Y así con el paso de los días llegaron a Entrañas.
Allí Nimloth buscó información sobre el renegado en cuestión pero poco le dijeron, nadie le conocía. Ahora tocaría escribir a Uglu para informarle de su intento fallido. Tras este contratiempo, ellos marcharon rumbo a Lunargenta a través del orbe de traslación. A los pocos segundos estaban en Lunargenta. Ahora tendrían que dar parte y volver a la vida normal. Por fin había llegado el momento de demostrar lo que había aprendido fuera de los muros de Lunargenta.
Tan volátil como una ilusión, la sombra del pasado.
Aquella mañana Nimloth se levantó algo turbado, como si hubiese tenido una pesadilla, aquella carta le había dado un vuelco al corazón, parecía que el destino se había apiadado de su soledad y le había enviado a sus padres. Además la reciente llegada de Lorathiol también le había supuesto una alegría para él. Al fin y al cabo era la primera persona con la que se relacionaba abiertamente. Aunque aún no le quedaba claro si era un amigo para él o simplemente era el destino quien los hacía ayudarse y compartir periodos en su vida, sea como fuere, estaba allí y eso ya le era bastante. Con todo eso y más, Nimloth inició un nuevo día, pensando a quien contarle lo de sus padres. Por un lado estaba él y por el otro Nytz, había pasado más tiempo con el elfo que con la goblin pero aún así quedaba esa disyuntiva que le dejaría pensativo a lo largo de la mañana. A pesar de todo, se calzó su armadura y bajó a tomar algo para después irse a entrenar y meditar acerca del elegido para escuchar lo que ahora le ocurría.
Tras haber salido de la posada, se dirigió a la playa, allí comenzaría el entrenamiento, esta vez sería diferente, como solía hacer, sacó sus libros sobre los designios de la Luz y comenzó a meditar profundamente. Hacía mucho tiempo que no usaba sus cualidades lumínicas y tampoco sabía si estaba preparado para ello, pero le convenía más averiguarlo. Para ello, tomó los libros y sentándose en la arena de la playa, comenzó su intensa lectura mientras las olas mecían la arena de la playa. Al poco tiempo después, retomó la parte física de su entrenamiento, recogió sus espadas que descansaban en la arena de la playa y comenzó a dar estoques con ellas. Debía estar preparado para futuras misiones. Y así pasó el tiempo hasta el mediodía, más precisamente hasta la hora de la comida, en la que Nimloth se retiró a la marisquería a degustar algún plato que pudiera llenarle el estómago, eso sí, siempre comida de la máxima calidad posible. Odiaba malcomer. Tras una buena comida a base de verduras y un plato del mejor pescado de Muelle Pantoque, se retiró a la posada.
Allí se encontró con Lorathiol, y creyó que sería lo más oportuno contárselo a él, al fin y al cabo era igual que él en cierto sentido y quizás le comprendería mejor. Se acercó con la carta entre manos y le comentó lo que le había ocurrido y tras parlamentar un rato, Nimloth le invitó a ir con él para ver a sus padres como medida de seguridad para cualquier imprevisto. Lorathiol aceptó y ambos marcharon a prepararse, el viaje hacia la Cabeza de Oso, lugar donde le habían citado sus padres, sería unos instantes después.
Horas más tardes, Nimloth comenzó a preparar a su dracohalcón para emprender el vuelo hacia la Cabeza de Oso. Tenía todo listo, la silla, las riendas, y el dracohalcón manso. Era hora de reunirse con sus padres. Bajó desde el Alto Mando hacia donde Lorathiol se encontraba y juntos emprendieron el vuelo hacia Cabeza de Oso observando todo el paisaje de Azshara a su paso. El viaje fue relativamente rápido, aunque después les tocó buscar por las inmediaciones de la Cabeza de Oso, el lugar designado para el encuentro. Al poco tiempo de buscar, encontraron el lugar y Nimloth dirigió el vuelo aterrizando en aquella planicie.
Allí estaban ellos, eran sus padres. Nimloth dejó las riendas del dracohalcón atadas y se acercó a sus progenitores. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que los viera varios meses posteriores al estallido de la Segunda Guerra. Las cosas habían cambiado mucho para ellos. Ahora él era un Caballero de Sangre Sin’dorei y ellos unos magos diplomáticos Quel’dorei al servicio de su nación. Pero no todo había cambiado, sus padres seguían manteniendo las distancias pese al tiempo desaparecido. Quizás sería la presencia del otro elfo lo que les dejaba así, pero algo era algo. Mantuvieron una extraña charla sobre sus nuevas vidas mientras Lorathiol observaba desde la distancia la escena. Llegado un momento, Nimloth se acercó a abrazarlos mientras estos les esperaban con una gran sonrisa. De pronto, momentos antes de fundirse en el abrazo, los padres tornaron su rostro malvado y atacaron a Nimloth con su magia oscura, pero fue en vano, Nimloth supo reaccionar y repelió con fuerza el ataque de sus supuestos padres. Rápidamente, Lorathiol se lanzó contra la madre de Nimloth pero falló en su acometida. A lo que la madre le respondió con una bola de sombras. Nimloth enfurecido atacó a su padre acabando con la ilusión. Tras eso la madre atacó a su hijo sin éxito. Las cosas se habían torcido demasiado, Nimloth no sabía que pasaba pero aquello no era bueno. Estaba realmente confuso y enfurecido por aquello y comenzó a recordar los tiempos de su instrucción en Lordaeron, listo para combatir. Lorathiol rápidamente se lanzó a por la madre de Nimloth que en está ocasión vio su cuerpo aplastado por la maza haciendo que la ilusión se deshiciera, a los pocos segundos se escuchó una risa que a Nimloth le resultaba familiar. Era el nigromante con el que se enfrentó en la Aguja Brisaveloz. Le había encontrado… Era el momento de acabar con él. Un minuto más tarde apareció él y un nuevo combate comenzó. El brujo atacó a los dos Caballeros de Sangre obligándoles a retroceder. Lorathiol cargó con su maza contra el brujo pero este se hizo rápidamente a un lado. Tras eso Nimloth le hizo unos cortes semejantes a los de la otra vez en el pecho, el nigromante lanzó un conjuro contra Lorathiol acertándole y dejándole muy débil. Tras eso, Lorathiol usó la luz para aliviarse mientras Nimloth enfadado conjuró la Luz para golpear al Nigromante, el golpe le hizo retroceder y atacar a Nimloth. Mientras, Lorathiol tomó su martillo y se lanzó a golpear al nigromante con gran acierto haciendo que la sangre brotase de su boca. Realmente herido lanzó su último conjuro contra ambos elfos golpeándoles con virulencia. Lorathiol cayó al suelo derrumbado y Nimloth se lanzó contra él acabando con sus días de maldad. Por fin había terminado. Se había quitado esa espina del pasado.
Tras el combate, con las pocas fuerzas que le quedaba marchó cargando con Lorathiol hacia Muelle Pantoque y allí cada uno se fue a descansar sus heridas.
Tras haber salido de la posada, se dirigió a la playa, allí comenzaría el entrenamiento, esta vez sería diferente, como solía hacer, sacó sus libros sobre los designios de la Luz y comenzó a meditar profundamente. Hacía mucho tiempo que no usaba sus cualidades lumínicas y tampoco sabía si estaba preparado para ello, pero le convenía más averiguarlo. Para ello, tomó los libros y sentándose en la arena de la playa, comenzó su intensa lectura mientras las olas mecían la arena de la playa. Al poco tiempo después, retomó la parte física de su entrenamiento, recogió sus espadas que descansaban en la arena de la playa y comenzó a dar estoques con ellas. Debía estar preparado para futuras misiones. Y así pasó el tiempo hasta el mediodía, más precisamente hasta la hora de la comida, en la que Nimloth se retiró a la marisquería a degustar algún plato que pudiera llenarle el estómago, eso sí, siempre comida de la máxima calidad posible. Odiaba malcomer. Tras una buena comida a base de verduras y un plato del mejor pescado de Muelle Pantoque, se retiró a la posada.
Allí se encontró con Lorathiol, y creyó que sería lo más oportuno contárselo a él, al fin y al cabo era igual que él en cierto sentido y quizás le comprendería mejor. Se acercó con la carta entre manos y le comentó lo que le había ocurrido y tras parlamentar un rato, Nimloth le invitó a ir con él para ver a sus padres como medida de seguridad para cualquier imprevisto. Lorathiol aceptó y ambos marcharon a prepararse, el viaje hacia la Cabeza de Oso, lugar donde le habían citado sus padres, sería unos instantes después.
Horas más tardes, Nimloth comenzó a preparar a su dracohalcón para emprender el vuelo hacia la Cabeza de Oso. Tenía todo listo, la silla, las riendas, y el dracohalcón manso. Era hora de reunirse con sus padres. Bajó desde el Alto Mando hacia donde Lorathiol se encontraba y juntos emprendieron el vuelo hacia Cabeza de Oso observando todo el paisaje de Azshara a su paso. El viaje fue relativamente rápido, aunque después les tocó buscar por las inmediaciones de la Cabeza de Oso, el lugar designado para el encuentro. Al poco tiempo de buscar, encontraron el lugar y Nimloth dirigió el vuelo aterrizando en aquella planicie.
Allí estaban ellos, eran sus padres. Nimloth dejó las riendas del dracohalcón atadas y se acercó a sus progenitores. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que los viera varios meses posteriores al estallido de la Segunda Guerra. Las cosas habían cambiado mucho para ellos. Ahora él era un Caballero de Sangre Sin’dorei y ellos unos magos diplomáticos Quel’dorei al servicio de su nación. Pero no todo había cambiado, sus padres seguían manteniendo las distancias pese al tiempo desaparecido. Quizás sería la presencia del otro elfo lo que les dejaba así, pero algo era algo. Mantuvieron una extraña charla sobre sus nuevas vidas mientras Lorathiol observaba desde la distancia la escena. Llegado un momento, Nimloth se acercó a abrazarlos mientras estos les esperaban con una gran sonrisa. De pronto, momentos antes de fundirse en el abrazo, los padres tornaron su rostro malvado y atacaron a Nimloth con su magia oscura, pero fue en vano, Nimloth supo reaccionar y repelió con fuerza el ataque de sus supuestos padres. Rápidamente, Lorathiol se lanzó contra la madre de Nimloth pero falló en su acometida. A lo que la madre le respondió con una bola de sombras. Nimloth enfurecido atacó a su padre acabando con la ilusión. Tras eso la madre atacó a su hijo sin éxito. Las cosas se habían torcido demasiado, Nimloth no sabía que pasaba pero aquello no era bueno. Estaba realmente confuso y enfurecido por aquello y comenzó a recordar los tiempos de su instrucción en Lordaeron, listo para combatir. Lorathiol rápidamente se lanzó a por la madre de Nimloth que en está ocasión vio su cuerpo aplastado por la maza haciendo que la ilusión se deshiciera, a los pocos segundos se escuchó una risa que a Nimloth le resultaba familiar. Era el nigromante con el que se enfrentó en la Aguja Brisaveloz. Le había encontrado… Era el momento de acabar con él. Un minuto más tarde apareció él y un nuevo combate comenzó. El brujo atacó a los dos Caballeros de Sangre obligándoles a retroceder. Lorathiol cargó con su maza contra el brujo pero este se hizo rápidamente a un lado. Tras eso Nimloth le hizo unos cortes semejantes a los de la otra vez en el pecho, el nigromante lanzó un conjuro contra Lorathiol acertándole y dejándole muy débil. Tras eso, Lorathiol usó la luz para aliviarse mientras Nimloth enfadado conjuró la Luz para golpear al Nigromante, el golpe le hizo retroceder y atacar a Nimloth. Mientras, Lorathiol tomó su martillo y se lanzó a golpear al nigromante con gran acierto haciendo que la sangre brotase de su boca. Realmente herido lanzó su último conjuro contra ambos elfos golpeándoles con virulencia. Lorathiol cayó al suelo derrumbado y Nimloth se lanzó contra él acabando con sus días de maldad. Por fin había terminado. Se había quitado esa espina del pasado.
Tras el combate, con las pocas fuerzas que le quedaba marchó cargando con Lorathiol hacia Muelle Pantoque y allí cada uno se fue a descansar sus heridas.
Pájaros en la cabeza, una buena nueva y la esperanza de volver a verlos.
Como todos los días, Nimloth se encontraba entrenando en la playa. Las cosas habían cambiado un poco con respecto a los otros días, esta vez se había vendado los ojos y puesto un par de estacas alrededor de él. Era el momento de entrenar la destreza a ciegas. Tomó sus espadas y comenzó a agitarlas y a mover los brazos como acostumbraba a hacerlo para calentar. Poco a poco su cuerpo se preparaba para comenzar. Tomó con fuerza la empuñadura de sus espadas y con los ojos vendados comenzó a ondearlas en todas direcciones mientras giraba sobre sí mismo y el primero de los círculos de movimiento que había delimitado antes de llegar a las estacas. Era algo muy sencillo pero útil, le serviría para tener concepción del espacio que le rodea y fundirse con él aprovechando sus ventajas. En resumen, todo un avance. A los pocos minutos de comenzar ya giraba con bastante velocidad desplazándose entre las estacas y golpeándolas con fuerza, primero iba a una y luego a otra sin pararse, era realmente increíble. Se dejaba llevar por la inercia y propinaba golpes a diestro y siniestro. Al poco rato de estar girando, moviéndose por el círculo que él mismo había preparado, finalizó el entrenamiento y se marchó a volar con el dracohalcón.
Al poco rato, llegó al cuartel y desde allí alzó el vuelo para dar un paseo por las inmediaciones de Muelle Pantoque. El aire mecía su rubia melena al viento, se sentía libre como en otras ocasiones y aquello le gustaba, aunque de vez en cuando recordaba cual era su origen y que algún día le tocaría volver a Lunargenta. También, recordaba sus días de aprendizaje en Lordaeron con aquellos paladines. Días en los que se centraba tanto en su nueva creencia hacia la Luz, que perdía la noción del tiempo entre meditación y una puesta en práctica de su nueva condición que le conferían una felicidad interna que duramente sería aplastada. Continuó sus andanzas aéreas recordando todo su aprendizaje con Kelgan, aquel orco parecía diferente al resto, conocía a un Sin’dorei y no hablaba pestes de la raza como otros muchos. Pero eso ya era harina de otro costal. Un pequeño instante de recuerdos que hacía que su tiempo allí arriba pasase volando. Aún así, él seguía allí arriba oteando la ciudad con la vista cuando comenzó a descender un poco, no quería volar demasiado alto y ver las cosas al ras de la línea de altura de los edificios. Al poco tiempo de hacer esto, escuchó una voz que lo llamaba, era Uglu. El ogro le habría visto volar y fascinado por esto quiso acercarse a ver, Nimloth tomó rumbo hacia la playa y allí aterrizó. Unos minutos más tarde, el ogro llegaría. Uglu estaba impresionado con el animal sobre el cual Nimloth montaba, pero para él era algo normal. Vivía entre esas bestias aladas. Pero lejos de todo eso, el ogro quería saber lo que Nimloth hacía y tras una leve conversación en la que Uglu dijo de ir a aplastar Kaldoreis a lo cual Nimloth dijo que no porque resultaba muy peligroso, el ogro se marchó.
Nimloth volvió a alzar el vuelo y llevó al dracohalcón al Alto Mando donde descansaría hasta más tarde, las horas siguientes las pasaría en la taberna descansando mientras observaba toda la bahía desde el balcón de la posada. Aquella estampa le era algo peculiar, era un duro contraste entre el impacto medioambiental de Muelle Pantoque y la bahía de Azshara, aquel paisaje era demasiado extraño, claramente rompía con la imagen de la región pero a su vez le confería un raro sabor a aquel cuadro. Algo desencajaba allí.
Las horas pasaron y el sol comenzaba su descenso acercándose poco a poco al horizonte. Nimloth paseaba por la playa cuando algo salió del agua, la estampa del ogro con un olor a pútrido y algas era desoladora. Nimloth se tapó la nariz y comenzó a preguntarle a Uglu sobre su reciente aspecto y una herida que le recorría parte de la barriga. Pronto recordó que él todavía no estaba preparado para hacerlo, no podría aliviarle de su dolor, aunque el ogro insistía en que no le dolía. De repente, quizás con algo de oportunismo apareció Nytz, que sí debería preocuparse más por su ayudante, al fin y al cabo ella estaba a su cargo. Con la aparición de la goblin las cosas tornaron algo más de sentido, Nytz comenzó a reprenderle por sus heridas y ambos marcharon. En cambio, Nimloth se quedó a observar las olas, pronto sería momento de volver, pero no sabía cómo despedirse de sus nuevos conocidos. Con el poco paso del tiempo, Nimloth se levantó y con la mirada firme se dirigió al Alto Mando, por el camino se encontró con Nytz y le comentó sobre ir a Orgrimmar, la goblin aceptó y ambos marcharon a por sus medios de transporte aéreos. Al cabo de unos minutos, ambos estaban surcando el cielo en dirección a Orgrimmar. Nimloth se dirigió a ver a Kelgan para que viese sus progresos, pero no estaba. En cambio, Nytz se dirigió a la puerta de la ciudad.
Tras su intento fallido de ver al orco que le enseñó a volar, Nimloth partió a buscar a Nytz, para ello salió volando hacia el puerto y al ver que no estaba allí dirigió su rumbo hacia la puerta. Al poco tiempo divisó a la goblin hablando con alguien que a Nimloth le resultaba familiar. Era él. Lorathiol en persona estaba en Orgrimmar, Nimloth se alegró y bajó rápidamente a saludarle. Tras una breve conversación, Nimloth presentó a Lorathiol ante Nytz. Seguía siendo el mismo y tenía curiosidad por saber del destino de su compañero. Así pues Lorathiol embarcó en el último barco que iba a Muelle Pantoque y Nimloth salió volando cerca del barco.
Mantuvo el vuelo siempre junto al barco y al poco tiempo llegó a Muelle Pantoque. Allí descendió de su montura y esperó a Lorathiol. Cuando ambos estuvieron juntos, marcharon a la taberna, era ya de noche y Lorathiol debía instalarse. Nimloth le condujo a la posada y allí le dijo a la tabernera que guardase una habitación para él. Su estancia en Muelle Pantoque le había permitido conocer a gente nueva y la tabernera era una de ellas. Tras haber reservado la habitación de Lorathiol, Nimloth quiso enseñarle las extrañas vistas del balcón de la posada. Allí Nimloth charló durante un tiempo con él y tras un rato de charla, Nimloth se retiró a descansar. Lorathiol se quedaría un tiempo más.
Ya en su habitación, Nimloth se tumbó en la cama tras haberse preparado con sus prendas de dormir y esperó a que el cansancio se lo llevase a un sueño placentero. Pero no fue así, a las dos de la mañana la puerta de la habitación de Nimloth sonó. Se dirigió a abrirla y un Goblin con cara de sonámbulo le entregó una carta con el sello de su familia. Nimloth se sentó en la cama tras cerrar la puerta, y allí abrió y leyó la carta.
“Querido Hijo,
Sabemos que no has tenido noticias nuestras desde hacer mucho tiempo, pero nuestro trabajo nos ha tenido muy ocupados este tiempo. Las cosas han cambiado mucho, sabemos en qué te has convertido. También sabemos que no podemos ir así como así a verte y por eso ahora que estás en Muelle Pantoque nos gustaría reunirnos contigo en la Cabeza de Oso, cerca de la Academia de Xylem dentro de dos lunas al comienzo de la tarde. Es la única zona segura para ambos en estas tierras.
Te quieren
Tus padres.”
Eran ellos… ¿Sería el momento de reencontrarse con aquellos a los que no veía desde hace casi dos décadas? Nimloth cerró los ojos y cayó en un profundo sueño.
Al poco rato, llegó al cuartel y desde allí alzó el vuelo para dar un paseo por las inmediaciones de Muelle Pantoque. El aire mecía su rubia melena al viento, se sentía libre como en otras ocasiones y aquello le gustaba, aunque de vez en cuando recordaba cual era su origen y que algún día le tocaría volver a Lunargenta. También, recordaba sus días de aprendizaje en Lordaeron con aquellos paladines. Días en los que se centraba tanto en su nueva creencia hacia la Luz, que perdía la noción del tiempo entre meditación y una puesta en práctica de su nueva condición que le conferían una felicidad interna que duramente sería aplastada. Continuó sus andanzas aéreas recordando todo su aprendizaje con Kelgan, aquel orco parecía diferente al resto, conocía a un Sin’dorei y no hablaba pestes de la raza como otros muchos. Pero eso ya era harina de otro costal. Un pequeño instante de recuerdos que hacía que su tiempo allí arriba pasase volando. Aún así, él seguía allí arriba oteando la ciudad con la vista cuando comenzó a descender un poco, no quería volar demasiado alto y ver las cosas al ras de la línea de altura de los edificios. Al poco tiempo de hacer esto, escuchó una voz que lo llamaba, era Uglu. El ogro le habría visto volar y fascinado por esto quiso acercarse a ver, Nimloth tomó rumbo hacia la playa y allí aterrizó. Unos minutos más tarde, el ogro llegaría. Uglu estaba impresionado con el animal sobre el cual Nimloth montaba, pero para él era algo normal. Vivía entre esas bestias aladas. Pero lejos de todo eso, el ogro quería saber lo que Nimloth hacía y tras una leve conversación en la que Uglu dijo de ir a aplastar Kaldoreis a lo cual Nimloth dijo que no porque resultaba muy peligroso, el ogro se marchó.
Nimloth volvió a alzar el vuelo y llevó al dracohalcón al Alto Mando donde descansaría hasta más tarde, las horas siguientes las pasaría en la taberna descansando mientras observaba toda la bahía desde el balcón de la posada. Aquella estampa le era algo peculiar, era un duro contraste entre el impacto medioambiental de Muelle Pantoque y la bahía de Azshara, aquel paisaje era demasiado extraño, claramente rompía con la imagen de la región pero a su vez le confería un raro sabor a aquel cuadro. Algo desencajaba allí.
Las horas pasaron y el sol comenzaba su descenso acercándose poco a poco al horizonte. Nimloth paseaba por la playa cuando algo salió del agua, la estampa del ogro con un olor a pútrido y algas era desoladora. Nimloth se tapó la nariz y comenzó a preguntarle a Uglu sobre su reciente aspecto y una herida que le recorría parte de la barriga. Pronto recordó que él todavía no estaba preparado para hacerlo, no podría aliviarle de su dolor, aunque el ogro insistía en que no le dolía. De repente, quizás con algo de oportunismo apareció Nytz, que sí debería preocuparse más por su ayudante, al fin y al cabo ella estaba a su cargo. Con la aparición de la goblin las cosas tornaron algo más de sentido, Nytz comenzó a reprenderle por sus heridas y ambos marcharon. En cambio, Nimloth se quedó a observar las olas, pronto sería momento de volver, pero no sabía cómo despedirse de sus nuevos conocidos. Con el poco paso del tiempo, Nimloth se levantó y con la mirada firme se dirigió al Alto Mando, por el camino se encontró con Nytz y le comentó sobre ir a Orgrimmar, la goblin aceptó y ambos marcharon a por sus medios de transporte aéreos. Al cabo de unos minutos, ambos estaban surcando el cielo en dirección a Orgrimmar. Nimloth se dirigió a ver a Kelgan para que viese sus progresos, pero no estaba. En cambio, Nytz se dirigió a la puerta de la ciudad.
Tras su intento fallido de ver al orco que le enseñó a volar, Nimloth partió a buscar a Nytz, para ello salió volando hacia el puerto y al ver que no estaba allí dirigió su rumbo hacia la puerta. Al poco tiempo divisó a la goblin hablando con alguien que a Nimloth le resultaba familiar. Era él. Lorathiol en persona estaba en Orgrimmar, Nimloth se alegró y bajó rápidamente a saludarle. Tras una breve conversación, Nimloth presentó a Lorathiol ante Nytz. Seguía siendo el mismo y tenía curiosidad por saber del destino de su compañero. Así pues Lorathiol embarcó en el último barco que iba a Muelle Pantoque y Nimloth salió volando cerca del barco.
Mantuvo el vuelo siempre junto al barco y al poco tiempo llegó a Muelle Pantoque. Allí descendió de su montura y esperó a Lorathiol. Cuando ambos estuvieron juntos, marcharon a la taberna, era ya de noche y Lorathiol debía instalarse. Nimloth le condujo a la posada y allí le dijo a la tabernera que guardase una habitación para él. Su estancia en Muelle Pantoque le había permitido conocer a gente nueva y la tabernera era una de ellas. Tras haber reservado la habitación de Lorathiol, Nimloth quiso enseñarle las extrañas vistas del balcón de la posada. Allí Nimloth charló durante un tiempo con él y tras un rato de charla, Nimloth se retiró a descansar. Lorathiol se quedaría un tiempo más.
Ya en su habitación, Nimloth se tumbó en la cama tras haberse preparado con sus prendas de dormir y esperó a que el cansancio se lo llevase a un sueño placentero. Pero no fue así, a las dos de la mañana la puerta de la habitación de Nimloth sonó. Se dirigió a abrirla y un Goblin con cara de sonámbulo le entregó una carta con el sello de su familia. Nimloth se sentó en la cama tras cerrar la puerta, y allí abrió y leyó la carta.
“Querido Hijo,
Sabemos que no has tenido noticias nuestras desde hacer mucho tiempo, pero nuestro trabajo nos ha tenido muy ocupados este tiempo. Las cosas han cambiado mucho, sabemos en qué te has convertido. También sabemos que no podemos ir así como así a verte y por eso ahora que estás en Muelle Pantoque nos gustaría reunirnos contigo en la Cabeza de Oso, cerca de la Academia de Xylem dentro de dos lunas al comienzo de la tarde. Es la única zona segura para ambos en estas tierras.
Te quieren
Tus padres.”
Eran ellos… ¿Sería el momento de reencontrarse con aquellos a los que no veía desde hace casi dos décadas? Nimloth cerró los ojos y cayó en un profundo sueño.
A Goblin despedido, Ogro contratado.
Pocos días después tras su llegada desde El Cruce, Nimloth se acercó al Alto Mando, pero Ganyx no estaba. Ese goblin siempre estaba ocupado o comiendo, era algo especial. En este caso no estaba por motivos laborales. Aunque lejos de darse la vuelta, tomó las riendas de su dracohalcón y salió a dar un paseo por la bahía. Cada vez dominaba mejor el control sobre el dracohalcón y pronto estaría listo para poder presentarse a las pruebas para obtener la licencia. Solo era cuestión de tiempo. Pero entre vuelo y vuelo, también sacaba tiempo para poder entrenar, solía irse a la playa y permanecer horas entrenando hasta la extenuación. Para él era importante estar al máximo para el combate, no podía permitirse flaquear.
Pero no solo estos pensamientos pasaban por su cabeza, el recuerdo de sus padre solía asaltarle la cabeza de vez en cuando, si esto ocurría, dejaba todo y se sentaba a meditar, como si buscase una señal de sus padres. Era la nostalgia de estar con los suyos lo que le llevaba a esto. Había perdido a su familia más cercana, pero eso no le impediría no continuar. Debía empezar a encontrar respuestas. O aquello acabaría por matarle. Necesitaba una señal, una prueba de que estaban bien o vivos, al menos. Les añoraba realmente.
No más lejos de sus pensamientos todavía le quedaba algo por hacer, hablar con Ganyx. Tras haberse dirigido por la mañana a hablar con él pero sin éxito, esta vez se acercó y lo encontró. Como de costumbre estaba comiendo, pronto se dio cuenta de que Nimloth estaba allí. Le preguntó que qué se le ofrecía y Nimloth respondió que venía a informarle de la misión. Tras charlar largo y tendido sobre la misión en lo que Ganyx dejó entrever que sabía todo lo ocurrido. Nimloth intentó que no se descubriera nada de lo ocurrido en la mina, pero él tenía un informe. Sería difícil convencerle de que no había pasado aquello de lo que él hablaba. Tras la intensa conversación en la que a Nimloth se le olvidó por completo decirle lo ocurrido con Zautso, cada uno se fue por su camino.
Nimloth bajó la calle hacia la posada cuando dentro de esta encontró algo. Al darse la vuelta, no había nada más y nada menos que a un Ogro. Nunca había visto a uno y aquello le sorprendía bastante. Comenzó a charlar con el ogro y averiguo su nombre, de dónde venía y otra sería de cosas que no vienen a cuento. Tras la extraña conversación, Nimloth le indicó el camino para llegar al Alto Mando y le dijo que Ganyx estaba ocupado. A las dos horas, Nimloth se encaminó hacia el Alto Mando para comunicarle al Teniente que había un nuevo recluta, el ogro. Por suerte, este se encontraba tras él y solo tuvo que llamarlo. El Ogro al oír la voz de Nimloth se acercó corriendo y se puso en disposición de comerse las hamburguesas de Ganyx, pero rápidamente pudo contenerlo con un par de palabras. Ganyx sin mirarlo apenas, le dijo que estaba contratado y volvió a su trabajo. Nimloth se marchó a descansar y dejó al Ogro campando a sus anchas por Muelle Pantoque, y se fue a la playa a entrenar para terminar de acostumbrarse a la doble empuñadura.
Horas más tarde, tras haber entrando un poco más vio a Nytz charlando con el Ogro, al parecer se lo había encontrado. Nytz, le enseñó sus nuevos inventos y ropajes a Nimloth, este le felicitó alegrado por las nuevas prendas y los tres se marcharon a la playa a probar las nuevas armas de Nytz, el lanzacohetes y su munición. Rápidamente, Nimloth se dispuso a combatir y sin más preámbulo lanzó su ofensiva contra ella. Tras un par de lances y una pequeña explosión, Uglu paró el combate poniéndose a charlar con Nytz sobre sus explosivos y sus inventos. Al poco de comenzar a charlar, Uglu se ofreció para ayudar a lo que Nimloth le declinó la oferta. Tras un rato, Nimloth recordó al oír unas palabras de Uglu que debía hablar con Ganyx sobre Zautso, se despidió del grupo y se fue al Alto Mando a hablar con Ganyx.
Al llegar allí lo encontró y comenzó a charlar con él sobre el comportamiento de Zautso, al poco rato llegaron Nytz y Uglu y se unieron a la conversación. Tras hablar durante un buen rato sobre las fechorías de Zautso, el sujeto apareció. Ganyx le llamó a sentarse con él y tras preguntarle un par de cosas y recibir respuestas un tanto rocambolescas le pegó un tiro en el hombro, aquello solo había hecho más que empezar. Nimloth llevó las manos a sus espadas y desenfundó tras oír las mentiras de ese zarrapastroso goblin. El resto hizo lo propio, pero el que al final se ocuparía de él era Uglu. El ogro lo cogió por el cuello y tras el Teniente despedirle lo lanzó fuera del Alto Mando de un puntapié. Los días de Zautso en el Batallón habían terminado. Con esto, Uglu cobró su sueldo y cada uno se marchó a hacer sus quehaceres.
Pero no solo estos pensamientos pasaban por su cabeza, el recuerdo de sus padre solía asaltarle la cabeza de vez en cuando, si esto ocurría, dejaba todo y se sentaba a meditar, como si buscase una señal de sus padres. Era la nostalgia de estar con los suyos lo que le llevaba a esto. Había perdido a su familia más cercana, pero eso no le impediría no continuar. Debía empezar a encontrar respuestas. O aquello acabaría por matarle. Necesitaba una señal, una prueba de que estaban bien o vivos, al menos. Les añoraba realmente.
No más lejos de sus pensamientos todavía le quedaba algo por hacer, hablar con Ganyx. Tras haberse dirigido por la mañana a hablar con él pero sin éxito, esta vez se acercó y lo encontró. Como de costumbre estaba comiendo, pronto se dio cuenta de que Nimloth estaba allí. Le preguntó que qué se le ofrecía y Nimloth respondió que venía a informarle de la misión. Tras charlar largo y tendido sobre la misión en lo que Ganyx dejó entrever que sabía todo lo ocurrido. Nimloth intentó que no se descubriera nada de lo ocurrido en la mina, pero él tenía un informe. Sería difícil convencerle de que no había pasado aquello de lo que él hablaba. Tras la intensa conversación en la que a Nimloth se le olvidó por completo decirle lo ocurrido con Zautso, cada uno se fue por su camino.
Nimloth bajó la calle hacia la posada cuando dentro de esta encontró algo. Al darse la vuelta, no había nada más y nada menos que a un Ogro. Nunca había visto a uno y aquello le sorprendía bastante. Comenzó a charlar con el ogro y averiguo su nombre, de dónde venía y otra sería de cosas que no vienen a cuento. Tras la extraña conversación, Nimloth le indicó el camino para llegar al Alto Mando y le dijo que Ganyx estaba ocupado. A las dos horas, Nimloth se encaminó hacia el Alto Mando para comunicarle al Teniente que había un nuevo recluta, el ogro. Por suerte, este se encontraba tras él y solo tuvo que llamarlo. El Ogro al oír la voz de Nimloth se acercó corriendo y se puso en disposición de comerse las hamburguesas de Ganyx, pero rápidamente pudo contenerlo con un par de palabras. Ganyx sin mirarlo apenas, le dijo que estaba contratado y volvió a su trabajo. Nimloth se marchó a descansar y dejó al Ogro campando a sus anchas por Muelle Pantoque, y se fue a la playa a entrenar para terminar de acostumbrarse a la doble empuñadura.
Horas más tarde, tras haber entrando un poco más vio a Nytz charlando con el Ogro, al parecer se lo había encontrado. Nytz, le enseñó sus nuevos inventos y ropajes a Nimloth, este le felicitó alegrado por las nuevas prendas y los tres se marcharon a la playa a probar las nuevas armas de Nytz, el lanzacohetes y su munición. Rápidamente, Nimloth se dispuso a combatir y sin más preámbulo lanzó su ofensiva contra ella. Tras un par de lances y una pequeña explosión, Uglu paró el combate poniéndose a charlar con Nytz sobre sus explosivos y sus inventos. Al poco de comenzar a charlar, Uglu se ofreció para ayudar a lo que Nimloth le declinó la oferta. Tras un rato, Nimloth recordó al oír unas palabras de Uglu que debía hablar con Ganyx sobre Zautso, se despidió del grupo y se fue al Alto Mando a hablar con Ganyx.
Al llegar allí lo encontró y comenzó a charlar con él sobre el comportamiento de Zautso, al poco rato llegaron Nytz y Uglu y se unieron a la conversación. Tras hablar durante un buen rato sobre las fechorías de Zautso, el sujeto apareció. Ganyx le llamó a sentarse con él y tras preguntarle un par de cosas y recibir respuestas un tanto rocambolescas le pegó un tiro en el hombro, aquello solo había hecho más que empezar. Nimloth llevó las manos a sus espadas y desenfundó tras oír las mentiras de ese zarrapastroso goblin. El resto hizo lo propio, pero el que al final se ocuparía de él era Uglu. El ogro lo cogió por el cuello y tras el Teniente despedirle lo lanzó fuera del Alto Mando de un puntapié. Los días de Zautso en el Batallón habían terminado. Con esto, Uglu cobró su sueldo y cada uno se marchó a hacer sus quehaceres.
Hoy no es día para explosiones, la vuelta a Muelle Pantoque.
Los días comenzaban a pasar en El Cruce, Nimloth entrenaba todas las mañanas preparándose para el momento de comenzar la misión. Las mañanas en aquella sabana desértica eran demasiado calurosas y por eso, Nimloth siempre solía colocarse a la sombra de un árbol para comenzar sus entrenamientos. Conforme avanzaban los días, Nimloth se iba acostumbrado un poco más a su nueva condición, las dos espadas eran bastante útiles y le proporcionaban más movilidad que su anterior escudo. Aquellos días en El Cruce le hicieron pensar. ¿Sería Muelle Pantoque su nueva casa o era el momento de volver a Lunargenta? La tranquilidad relativa de El Cruce le había hecho comenzar a pensar, pero la parte relativa de esa tranquilidad se veía trastocada cuando los tres Goblins hacían su aparición en escena. Kala y Zautso seguían llamándole Troll a él y a los Trolls los llamaban elfos. Era una cosa realmente perturbadora. Nimloth había comenzado a pensar que tras muchas explicaciones ya lo hacían por intentar sacarle de sus casillas, aunque sin ninguna maldad. Pero lejos de toda aquella actividad, Nimloth seguía entrenando duramente y sobrevolando El Cruce para poder seguir mejorando en su dominio de la monta de dracohalcón. Realmente le iba pillando el tranquillo, pero cada vez que salía y ponía rumbo hacía la gran brecha que separaba la parte norte y sur de Los Baldíos iba experimentando una sensación de mayor seguridad, sentía el viento meciendo sus cabellos, era una sensación de gran ligereza y plenitud. Toda una realidad concentrada en su vuelo. Pero esto no sería lo único que le pasaría durante sus días en El Cruce.
Días más tarde, mientras entrenaba en el árbol donde días atrás se acercaba a practicar, escuchó la voz de los goblins preguntando por él. Era Zautso, se acercó y este le dijo que era el momento de dar inicio a la misión. Todos estaban listos y Nimloth llevaba mucho tiempo esperando para ponerse en marcha. Al fin podría comprobar si su entrenamiento había servido para algo además de hacerle pasar el tiempo más rápidamente. Todos se reunieron frente a la posada de El Cruce, allí Nytz y luego Kala, Zautso y Nimloth se encontraron y comentaron que era el momento de moverse. Zautso desertó diciendo que como no le pagaban que no iba. Pero fuera como fuese, allí estaban y era el momento de comenzar la batalla por la mina. Debían encontrar y expulsar a todo aquel ente hostil para con la mina. Pero antes, debían encontrarla. Para ello, pusieron rumbo hacia la gran caseta cercana a la mina dónde habitaba una orca que los recibió algo sorprendida. Tras conversar un poco con la orca, esta les indicó el lugar donde estaba la mina. Era el momento de ponerse manos a la obra. Así pues, los tres fueron hacia la mina a encontrarse con su devenir.
Ya en las proximidades de la mina, Nimloth y las dos goblins observaron demasiada tranquilidad, podría ser una trampa o tal vez no, lo cierto era que se respiraba demasiada tranquilidad en aquella mina y que si había algo seguramente los estuviese esperando. De pronto, conforme se acercaban a la entrada, un javaespín les salió al paso. Rápidamente Nimloth cargó contra él tras haber Kala esquivado una arremetida contra la goblin. Nimloth pudo matarlo de varios cortes con sus espadas que lo dejaron incapacitado para continuar y haciéndole caer al suelo muerto. El elfo y las dos goblins se encontraron con el que parecía ser el gerente de la mina. Este les explicó por encima que ocurría y enseguida todos se pusieron en marcha hacia el interior de la mina. Pero antes tendrían que derrotar a un par de javaespines que guardaban la entrada. Tras haber caído estos un tercero dio la alarma dentro e intentó ocultarse. Kala con sus “geniales” explosivos provocó un derrumbe. La entrada había quedado taponada por un montón de rocas, pero ese sería su último problema. Ahora debían continuar y solucionar los problemas del interior.
Siguieron su camino hacia una zona dónde un par de javaespines guardaban a varios rehenes de la mina, por desgracia o por suerte, Kala lanzó otra carga explosiva y provocó un nuevo derrumbe que mató a los rehenes y a los captores. ¿Sería cierto aquello de que sería una odisea? Por el momento, sí. Pero la cosa no terminaba allí, continuaron su paso derrotando a los enemigos que les salían al paso, pero Kala continuaba usando los explosivos y volvió a provocar un nuevo derrumbe que cada vez desestabilizaba la estructura interna de la mina. Las cosas no pintaban realmente bien. ¿Acabaría Kala con la inocente vida del resto de los rehenes? Aún estaba por saber, pero su respuesta llegaría pronto.
El avance continuaba y llegaron a lo que identificaron como el final de la cueva, las últimas batallas contra los javaespines les habían desgastado bastante, pero no se quedaría así la cosa. El final de la cueva se encontraba el que parecía ser el líder de aquellos javaespines acompañado por su sequito de cerdos agresivos. La batalla no tardaría en comenzar. Por suerte para los rehenes y por desgracia para los javaespines, Kala cayó rendida por las duras heridas quedando fuera de combate, realmente estaba desgastada por todas las batallas en la mina. Pero eso no pararía el avance de los javaespines y así, se acercaron un par que fueron derrotados con relativa facilidad. Debía encontrar a los últimos rehenes como fuera. Pero el combate final había estallado. El Líder de los javaespines se acercó a ellos y se dio comienzo al combate. Los lances del grupo venían y volvían, el combate era una batalla encarnizada en la que un ganador saldría de ella. El javaespín jefe golpeaba enfurecido a Nimloth y al resto, pero centró su atención en el primero llegando a dejarle contra las cuerdas. Pero por suerte, pudieron contrarrestar su ofensiva y derrotarle gracias a una acción individual de Nimloth. La mina había sido salvada, aunque el precio había sido alto. Los pocos rehenes que quedaban eran mujeres que pensaban que la gerencia de la mina quedaría sobre ellas, pero no sería así ¿Por qué? Ahora lo sabremos. Tras haber matado al mal que azotaba la paz de la mina volvieron a la entrada. Allí les esperaba el problema que les surgió al principio. La entrada estaba taponada por las rocas del primer desprendimiento. Para destruirlas, Nytz activó al Señor Bombita, su fiel compañero, pero fue en vano, no explotó lo suficientemente cerca. Nimloth recordó que guardaba las granadas que Nytz le diera hace días, tomó una y tras quitarle el seguro la lanzó contra las rocas. La granada reventó haciendo que las rocas quedasen reducidas a piedrecitas. Lo habían logrado, habían conseguido salir de la mina.
Continuaron su avance hasta llegar a donde estaba el gerente de la mina que tras hablar con ellos, les invitó a salir de allí. Tras irse de la mina, emprendieron el viaje de vuelta a Muelle Pantoque, allí debía hablar con el Teniente Ganyx. Había sido un éxito medianamente fracasado.
Tras varias horas de vuelo, llegaron a Muelle Pantoque, allí los tres se separaron y cada uno fue a descansar, al día siguiente informarían al Teniente Ganyx.
Días más tarde, mientras entrenaba en el árbol donde días atrás se acercaba a practicar, escuchó la voz de los goblins preguntando por él. Era Zautso, se acercó y este le dijo que era el momento de dar inicio a la misión. Todos estaban listos y Nimloth llevaba mucho tiempo esperando para ponerse en marcha. Al fin podría comprobar si su entrenamiento había servido para algo además de hacerle pasar el tiempo más rápidamente. Todos se reunieron frente a la posada de El Cruce, allí Nytz y luego Kala, Zautso y Nimloth se encontraron y comentaron que era el momento de moverse. Zautso desertó diciendo que como no le pagaban que no iba. Pero fuera como fuese, allí estaban y era el momento de comenzar la batalla por la mina. Debían encontrar y expulsar a todo aquel ente hostil para con la mina. Pero antes, debían encontrarla. Para ello, pusieron rumbo hacia la gran caseta cercana a la mina dónde habitaba una orca que los recibió algo sorprendida. Tras conversar un poco con la orca, esta les indicó el lugar donde estaba la mina. Era el momento de ponerse manos a la obra. Así pues, los tres fueron hacia la mina a encontrarse con su devenir.
Ya en las proximidades de la mina, Nimloth y las dos goblins observaron demasiada tranquilidad, podría ser una trampa o tal vez no, lo cierto era que se respiraba demasiada tranquilidad en aquella mina y que si había algo seguramente los estuviese esperando. De pronto, conforme se acercaban a la entrada, un javaespín les salió al paso. Rápidamente Nimloth cargó contra él tras haber Kala esquivado una arremetida contra la goblin. Nimloth pudo matarlo de varios cortes con sus espadas que lo dejaron incapacitado para continuar y haciéndole caer al suelo muerto. El elfo y las dos goblins se encontraron con el que parecía ser el gerente de la mina. Este les explicó por encima que ocurría y enseguida todos se pusieron en marcha hacia el interior de la mina. Pero antes tendrían que derrotar a un par de javaespines que guardaban la entrada. Tras haber caído estos un tercero dio la alarma dentro e intentó ocultarse. Kala con sus “geniales” explosivos provocó un derrumbe. La entrada había quedado taponada por un montón de rocas, pero ese sería su último problema. Ahora debían continuar y solucionar los problemas del interior.
Siguieron su camino hacia una zona dónde un par de javaespines guardaban a varios rehenes de la mina, por desgracia o por suerte, Kala lanzó otra carga explosiva y provocó un nuevo derrumbe que mató a los rehenes y a los captores. ¿Sería cierto aquello de que sería una odisea? Por el momento, sí. Pero la cosa no terminaba allí, continuaron su paso derrotando a los enemigos que les salían al paso, pero Kala continuaba usando los explosivos y volvió a provocar un nuevo derrumbe que cada vez desestabilizaba la estructura interna de la mina. Las cosas no pintaban realmente bien. ¿Acabaría Kala con la inocente vida del resto de los rehenes? Aún estaba por saber, pero su respuesta llegaría pronto.
El avance continuaba y llegaron a lo que identificaron como el final de la cueva, las últimas batallas contra los javaespines les habían desgastado bastante, pero no se quedaría así la cosa. El final de la cueva se encontraba el que parecía ser el líder de aquellos javaespines acompañado por su sequito de cerdos agresivos. La batalla no tardaría en comenzar. Por suerte para los rehenes y por desgracia para los javaespines, Kala cayó rendida por las duras heridas quedando fuera de combate, realmente estaba desgastada por todas las batallas en la mina. Pero eso no pararía el avance de los javaespines y así, se acercaron un par que fueron derrotados con relativa facilidad. Debía encontrar a los últimos rehenes como fuera. Pero el combate final había estallado. El Líder de los javaespines se acercó a ellos y se dio comienzo al combate. Los lances del grupo venían y volvían, el combate era una batalla encarnizada en la que un ganador saldría de ella. El javaespín jefe golpeaba enfurecido a Nimloth y al resto, pero centró su atención en el primero llegando a dejarle contra las cuerdas. Pero por suerte, pudieron contrarrestar su ofensiva y derrotarle gracias a una acción individual de Nimloth. La mina había sido salvada, aunque el precio había sido alto. Los pocos rehenes que quedaban eran mujeres que pensaban que la gerencia de la mina quedaría sobre ellas, pero no sería así ¿Por qué? Ahora lo sabremos. Tras haber matado al mal que azotaba la paz de la mina volvieron a la entrada. Allí les esperaba el problema que les surgió al principio. La entrada estaba taponada por las rocas del primer desprendimiento. Para destruirlas, Nytz activó al Señor Bombita, su fiel compañero, pero fue en vano, no explotó lo suficientemente cerca. Nimloth recordó que guardaba las granadas que Nytz le diera hace días, tomó una y tras quitarle el seguro la lanzó contra las rocas. La granada reventó haciendo que las rocas quedasen reducidas a piedrecitas. Lo habían logrado, habían conseguido salir de la mina.
Continuaron su avance hasta llegar a donde estaba el gerente de la mina que tras hablar con ellos, les invitó a salir de allí. Tras irse de la mina, emprendieron el viaje de vuelta a Muelle Pantoque, allí debía hablar con el Teniente Ganyx. Había sido un éxito medianamente fracasado.
Tras varias horas de vuelo, llegaron a Muelle Pantoque, allí los tres se separaron y cada uno fue a descansar, al día siguiente informarían al Teniente Ganyx.
Un cambio de aires. Es hora de la ofensiva.
Durante los días venideros, Nimloth estaría practicando duramente su destreza con el escudo y la espada en la playa, había mejorado mucho desde sus combates con Lorathiol y no veía el momento para volver a verse la cara con él en un duelo. La verdad es que las cosas para Nimloth habían cambiado demasiado desde que se marchase de Lunargenta aquel día. Poco había en común entre el Nimloth que vivía frustrado y desolado por los devenires de su vida y el Nimloth actual que disfrutaba de la vida siempre acorde a su doctrina. En cuanto a la actividad en el Muelle Pantoque, poca cosa había que destacar, por suerte o por desgracia se había acostumbrado a aquel clima tan peculiar que el mar suavizara con su dulce brisa y que dejara unas temperaturas algo más frescas que en Durotar. La verdad es que todo iba viento en popa. Parecía que los problemas no llegarían a su vida en una buena temporada.
Pero, cabe destacar que, durante estos días tras la captura del elfo de la noche, pocas cosas ocurrieron entre ellas la siguiente. Nimloth se encontraba como de costumbre en la posada donde descansaba cuando entró observando un nuevo rostro que desentonaba con el paisaje habitual de la taberna. Parecía ser que había un nuevo huésped, al cual Nimloth no le hizo mucho caso, pero eso no sería lo importante de la cuestión. Lo importante sería el comportamiento que este Goblin misterioso tomaría. Para empezar, optó por seguir y observar a Nimloth tras una columna del porche de la posada desde donde se ocultaba a la vista de Nimloth. Mientras, este cuidaba de su dracohalcón, el cual le diesen una semana atrás en Orgrimmar por su aprendizaje de altos vuelos, para el cual había comenzado a preparar el papeleo de la licencia que le permitiría volar por alturas más considerables del cielo de la Horda. Pero volvamos al tema en cuestión. El extraño visitante oteaba con la vista las acciones que Nimloth llevaba a cabo sobre su compañero plumífero. De pronto, el sujeto verde salió corriendo hacia el interior de la taberna y apareció vestido de a pie, es decir, con ropajes normales. Nimloth seguía sin darle demasiada importancia, pero entonces ocurrió. El Goblin se acercó y comenzó a ofrecerle uno de sus disparatados inventos, los cuales resultaban más una estafa que una manera de vender. Nimloth hizo bien en fiarse poco y denegar toda oferta que este extraño visitante le hacía. Era bastante inusual. Tras varios intentos fallidos, el Goblin decidió marcharse. Mientras, Nimloth continuaría ocupándose de hacer sus deberes para con la criatura. Parecía no molestarle el hecho de tener que cuidar de aquel entrañable ser que le permitía surcar el cielo y que, poco a poco, iba convirtiéndose en su más fiel compañero. Toda una proeza.
Horas más tarde, tras haber paseado con el dracohalcón, Nimloth regresó a la posada, allí estaba Nytz con uno de sus inventos, K-DOS. Aquel robot tenía un buen uso y era bastante eficiente, cosa que levantaba la curiosidad y la admiración de Nimloth. De pronto, algo en la cabeza de Nimloth dijo: “¿Por qué no probar su eficiencia entrenando con él?” La respuesta fue un sí rotundo y rápidamente se introdujo el tema en la conversación que ambos mantenían. Nytz accedió a probar el robot en un combate contra Nimloth y ambos se dispusieron para combatir, tanto robot, como Nimloth. Rápidamente, Nimloth lanzó un estoque sobre el cuerpo del robot sin la intención de estropearlo, pero quizás se pasase un poco, lo cual provocó que el robot comenzase a emitir un sonido extraño y cayese al suelo soltando chispas. Pocos segundos después el robot comenzó a emitir gases y el nuevo complemento, el lanzagranadas, se activó. Nimloth se cubrió con su escudo ante la inminente explosión. Tras un par de segundos, el robot lanzó un explosivo contra el escudo de Nimloth. El ácido que contenía el misil se roció sobre el escudo y comenzó a corroerlo, así hasta quedarlo vagamente inútil. Nimloth había perdido su defensa y de una manera muy simple. Algo en su cabeza se activó y le hizo pensar. Si su escudo se había quebrado con tanta facilidad, cualquiera podría romper su defensa con un poco de maña. Entonces recordó el estilo de combate de algunos Caballeros de Sangre, aquellos que usan espadas simples en ambas manos. Era un estilo muy versátil que le dejaba mayor movilidad y acción ofensiva contra el adversario. Cosa que Nimloth veía como un plus más que una contra y que por lo tanto, decidió que a partir de entonces portaría dos espadas, una en cada mano. Pero antes de poder llevarlo, debía entrenar con dos espadas en ambas manos. Así pues se despidió de Nytz y marchó al piso superior a buscar su espada para ponerse a entrenar lo antes posible.
Y así los días pasaron y Nimloth fue entrenando cada vez más, consiguiendo movilidad y mayor ofensiva. Cada vez era algo más fuerte. Aunque era un nuevo estilo, comenzaba a dominarlo poco a poco. Los entrenamientos eran demasiado agotadores pero resultaban efectivos. Nimloth poco a poco fue desarrollando una mayor maestría con ambas manos, algo que en la batalla le ayudaría bastante.
Varios días más tarde, Nimloth se encontraba dando un paseo por el Alto Mando cuando observó al Teniente Ganyx, se acercó a él y lo saludó comentándole sus avances en el vuelo con el dracohalcón. Mientras, una figura ya conocida por Nimloth se adentraba en el Alto Mando y armaba un enorme escándalo, era el vendedor de pacotilla del otro día. Al parecer le había citado falsamente en el Alto Mando para un trabajo. Ganyx hizo uso de su elocuencia natural con la que acababa que la gente se uniese al Batallón Pantoque y consiguió como “castigo” que el alborotador Goblin se uniese al Escuadrón Kaja’mita. Un hecho auténticamente extraño para Nimloth pero al cual se iba acostumbrando poco a poco. Sin duda algo realmente peculiar.
Tras este pequeño incidente, Nytz hizo acto de presencia en una especie de aparato volador, era su último invento. Al menos ya habría alguien con quien Nimloth pudiese volar, era un avance. Nytz bajó del vehículo tras habérselo pedido el Teniente y les comentó que había un encargo para hacer, pero que se lo comunicarían cuando el resto estuviese, es decir, cuando Kala y Zautso, el nuevo recluta del Batallón, estuviesen presentes. Por suerte para todos, andaban acercándose y pronto recibieron las noticias. Debía acudir a solventar la situación de una mina situada en los Baldíos del Sur. Una misión un tanto extraña aunque con la que Nimloth podría seguir demostrando su valía. Tras recibir las órdenes del Teniente Ganyx, Nimloth y el resto pusieron rumbo a Orgrimmar. Saliendo volando en su dracohalcón hizo la ruta costera hasta Orgrimmar, para Nimloth era la más segura aunque la más larga. Últimamente con el conflicto con los Kaldorei, las cosas andaban más turbadas de lo normal, pero eso era harina de otro costal, ahora debían centrarse en su principal misión. Tras un par de horas de vuelo, llegaron al fin a la Ciudad de los Orcos. La temperatura subía poco a poco y comenzaba a notarse un calor algo fuerte aunque la mayoría estaban acostumbrados. Tras una breve parada en Orgrimmar pusieron rumbo a El Cruce, allí pasarían el tiempo necesario hasta poder iniciar su misión. Era momento de planificarlo todo bien. Así pues, se instalaron allí tras su llegada desde la Ciudad Orca. En resumen, toda una odisea.
Pero, cabe destacar que, durante estos días tras la captura del elfo de la noche, pocas cosas ocurrieron entre ellas la siguiente. Nimloth se encontraba como de costumbre en la posada donde descansaba cuando entró observando un nuevo rostro que desentonaba con el paisaje habitual de la taberna. Parecía ser que había un nuevo huésped, al cual Nimloth no le hizo mucho caso, pero eso no sería lo importante de la cuestión. Lo importante sería el comportamiento que este Goblin misterioso tomaría. Para empezar, optó por seguir y observar a Nimloth tras una columna del porche de la posada desde donde se ocultaba a la vista de Nimloth. Mientras, este cuidaba de su dracohalcón, el cual le diesen una semana atrás en Orgrimmar por su aprendizaje de altos vuelos, para el cual había comenzado a preparar el papeleo de la licencia que le permitiría volar por alturas más considerables del cielo de la Horda. Pero volvamos al tema en cuestión. El extraño visitante oteaba con la vista las acciones que Nimloth llevaba a cabo sobre su compañero plumífero. De pronto, el sujeto verde salió corriendo hacia el interior de la taberna y apareció vestido de a pie, es decir, con ropajes normales. Nimloth seguía sin darle demasiada importancia, pero entonces ocurrió. El Goblin se acercó y comenzó a ofrecerle uno de sus disparatados inventos, los cuales resultaban más una estafa que una manera de vender. Nimloth hizo bien en fiarse poco y denegar toda oferta que este extraño visitante le hacía. Era bastante inusual. Tras varios intentos fallidos, el Goblin decidió marcharse. Mientras, Nimloth continuaría ocupándose de hacer sus deberes para con la criatura. Parecía no molestarle el hecho de tener que cuidar de aquel entrañable ser que le permitía surcar el cielo y que, poco a poco, iba convirtiéndose en su más fiel compañero. Toda una proeza.
Horas más tarde, tras haber paseado con el dracohalcón, Nimloth regresó a la posada, allí estaba Nytz con uno de sus inventos, K-DOS. Aquel robot tenía un buen uso y era bastante eficiente, cosa que levantaba la curiosidad y la admiración de Nimloth. De pronto, algo en la cabeza de Nimloth dijo: “¿Por qué no probar su eficiencia entrenando con él?” La respuesta fue un sí rotundo y rápidamente se introdujo el tema en la conversación que ambos mantenían. Nytz accedió a probar el robot en un combate contra Nimloth y ambos se dispusieron para combatir, tanto robot, como Nimloth. Rápidamente, Nimloth lanzó un estoque sobre el cuerpo del robot sin la intención de estropearlo, pero quizás se pasase un poco, lo cual provocó que el robot comenzase a emitir un sonido extraño y cayese al suelo soltando chispas. Pocos segundos después el robot comenzó a emitir gases y el nuevo complemento, el lanzagranadas, se activó. Nimloth se cubrió con su escudo ante la inminente explosión. Tras un par de segundos, el robot lanzó un explosivo contra el escudo de Nimloth. El ácido que contenía el misil se roció sobre el escudo y comenzó a corroerlo, así hasta quedarlo vagamente inútil. Nimloth había perdido su defensa y de una manera muy simple. Algo en su cabeza se activó y le hizo pensar. Si su escudo se había quebrado con tanta facilidad, cualquiera podría romper su defensa con un poco de maña. Entonces recordó el estilo de combate de algunos Caballeros de Sangre, aquellos que usan espadas simples en ambas manos. Era un estilo muy versátil que le dejaba mayor movilidad y acción ofensiva contra el adversario. Cosa que Nimloth veía como un plus más que una contra y que por lo tanto, decidió que a partir de entonces portaría dos espadas, una en cada mano. Pero antes de poder llevarlo, debía entrenar con dos espadas en ambas manos. Así pues se despidió de Nytz y marchó al piso superior a buscar su espada para ponerse a entrenar lo antes posible.
Y así los días pasaron y Nimloth fue entrenando cada vez más, consiguiendo movilidad y mayor ofensiva. Cada vez era algo más fuerte. Aunque era un nuevo estilo, comenzaba a dominarlo poco a poco. Los entrenamientos eran demasiado agotadores pero resultaban efectivos. Nimloth poco a poco fue desarrollando una mayor maestría con ambas manos, algo que en la batalla le ayudaría bastante.
Varios días más tarde, Nimloth se encontraba dando un paseo por el Alto Mando cuando observó al Teniente Ganyx, se acercó a él y lo saludó comentándole sus avances en el vuelo con el dracohalcón. Mientras, una figura ya conocida por Nimloth se adentraba en el Alto Mando y armaba un enorme escándalo, era el vendedor de pacotilla del otro día. Al parecer le había citado falsamente en el Alto Mando para un trabajo. Ganyx hizo uso de su elocuencia natural con la que acababa que la gente se uniese al Batallón Pantoque y consiguió como “castigo” que el alborotador Goblin se uniese al Escuadrón Kaja’mita. Un hecho auténticamente extraño para Nimloth pero al cual se iba acostumbrando poco a poco. Sin duda algo realmente peculiar.
Tras este pequeño incidente, Nytz hizo acto de presencia en una especie de aparato volador, era su último invento. Al menos ya habría alguien con quien Nimloth pudiese volar, era un avance. Nytz bajó del vehículo tras habérselo pedido el Teniente y les comentó que había un encargo para hacer, pero que se lo comunicarían cuando el resto estuviese, es decir, cuando Kala y Zautso, el nuevo recluta del Batallón, estuviesen presentes. Por suerte para todos, andaban acercándose y pronto recibieron las noticias. Debía acudir a solventar la situación de una mina situada en los Baldíos del Sur. Una misión un tanto extraña aunque con la que Nimloth podría seguir demostrando su valía. Tras recibir las órdenes del Teniente Ganyx, Nimloth y el resto pusieron rumbo a Orgrimmar. Saliendo volando en su dracohalcón hizo la ruta costera hasta Orgrimmar, para Nimloth era la más segura aunque la más larga. Últimamente con el conflicto con los Kaldorei, las cosas andaban más turbadas de lo normal, pero eso era harina de otro costal, ahora debían centrarse en su principal misión. Tras un par de horas de vuelo, llegaron al fin a la Ciudad de los Orcos. La temperatura subía poco a poco y comenzaba a notarse un calor algo fuerte aunque la mayoría estaban acostumbrados. Tras una breve parada en Orgrimmar pusieron rumbo a El Cruce, allí pasarían el tiempo necesario hasta poder iniciar su misión. Era momento de planificarlo todo bien. Así pues, se instalaron allí tras su llegada desde la Ciudad Orca. En resumen, toda una odisea.
La brisa en la cara y una captura fácil. Primera misión en Muelle Pantoque.
Nimloth ya llevaba una semana en el Muelle Pantoque, allí las cosas se habían vuelto más tranquilas, cada día que pasaba lo alejaba del recuerdo de su pasado. Aquello estaba comenzando a cambiarle, atrás quedaron los días en los que vagaba pensativo mientras el peso de la culpa le castigaba el alma, sus días de fracasos y desdichas en Quel’thalas había pasado a formar parte del pretérito de Nimloth. El antiguo Nimloth que vivía lastimado por sus hechos había comenzado a desaparecer, ahora era un Nimloth que disfrutaba de su vida siempre sirviendo a quien necesitase ayuda. Había comprendido que en el camino de proteger a los suyos de las sombras que se ciernen sobre el mundo, había hueco para disfrutar de lo que la Luz iluminaba todas las mañanas. Ahora había comenzado a acercarse a su yo más interno y a entrar en armonía con las cosas. Aunque la idea de que en Muelle Pantoque él no encajaba seguía en su mente. Su cuerpo comenzaba a prepararse para la venida de la Luz, quién sabe si algún día tras su vuelta a Lunargenta fuese bendecido por el don de volver a portarla. Durante esa semana que llevaba en Muelle Pantoque, no había parado de entrenar, meditar y leer. Había dado todo lo que tenía para seguir prosperando y no dejar que las desdichas que en su pasado habían levantado brechas de enorme calibre siguieran corrompiéndole por dentro. Por fin miraba hacia delante. Había comenzado a ver las cosas buenas de la vida, lo iluminado de esta. Pero todo iba a ser tranquilidad también habría espacio para volar y para luchar por sus ideales.
La tarde siguiente al vencimiento de los siete primeros días de Nimloth en Muelle Pantoque fue un tanto especial, se encontraba oteando el horizonte desde la terraza de la posada mientras tarareaba una vieja canción que su madre solía cantarle para que se durmiera, miraba la placida bahía, la mar estaba tranquila y las gaviotas sobrevolaban la costa en busca de algún molusco que llevarse a la boca. Todo estaba en calma. Parecía un buen día para pasear por las calles de Muelle Pantoque. Nimloth bajó al piso inferior y se dirigió a la calle. Al salir fuera y bajar las escaleras, se percató de que Nytz estaba allí, pero no estaba sola, había una goblin que no había visto nunca con ella. Nimloth se acercó a saludar y comenzó a charlar con las goblins, al parecer, una de ellas había perdido a un tal Señor Nitrotolueno, mientras que la otra a su robot K-DOS. La cosa le resultaba rara a Nimloth que mientras hablaba con las goblins, una le había confundido con un Troll. Era una situación muy extraña para Nimloth, de la que debería salir mediante la palabra. Tras hablar con ambas, Nytz tuvo que irse, y se ofreció a ayudar a la otra goblin. Ambos se pusieron manos a la obra y comenzaron a buscar al Señor Nitrotolueno que se había perdido. Comenzaron mirando por una cuesta que daba al exterior de una casa. Allí, Nimloth rebuscó entre unos matorrales y encontró una barra roja de gran tamaño, al parecer dinamita, avisó a la Goblin y esta lo reconoció como el Señor Nitrotolueno, tras eso prendió la mecha y ambos salieron corriendo. A los pocos segundos explotó haciendo caer a Nimloth por la onda expansiva y produciendo un herido, un orco que pasaba por la zona fue estampado contra la pared. Nimloth tornó su rostro serio y le explicó a Kala, que así se llamaba la goblin, que lo que había hecho era una irresponsabilidad de la cual debía acatar las consecuencias. Para ello, Nimloth la obligó a acompañarla al Alto Mando, allí donde residía la sede del Batallón Pantoque.
Tras callejear por todo Muelle Pantoque, Llegaron al fin al Alto Mando, allí estaba el Teniente Ganyx, a quién Nimloth le explicó lo ocurrido y enseguida puso solución al asunto. Al parecer, obligó a la Goblin a unirse al batallón. Nimloth no veía coherencia a lo ocurrido, en Lunargenta eso suponía la mazmorra o quién sabe si algo mucho peor. Era realmente extraño. No lograba entender a los goblins aunque le parecían majos, sobre todo cuando no le confundían con otra raza. Que en su caso era la mayoría del tiempo. Volviendo al asunto en cuestión, el Teniente Ganyx también tenía que decirle algo, pero antes le preguntó lo siguiente: ¿Sabes montar? Nimloth asintió pero hizo una matización a la pregunta. No sabía volar. El Teniente le comentó que dado su condición tendría que volar bastante y que para ello desde Orgrimmar le habían encomendado la misión de aprender a manos de Kelgan, un reclutador de Brutos de Orgrimmar. Nimloth asintió y enseguida se puso en marcha para ir a Orgrimmar. Subió en el barco y esperó a que este pusiese rumbo a la ciudad orca. Al poco tiempo el barco zarpó y su travesía hacia Orgrimmar comenzó.
Al cabo de unas horas llegó a Orgrimmar y rápidamente fue en busca de Kelgan, supuso que si iba a enseñarle a montar, debería estar en las cercanías de la torre de zepelines, en aquel lugar donde los jinetes criaban a las mantícoras. Así pues, Nimloth puso rumbo hacia allí y tras callejear por Orgrimmar llegó, al fin aprendería a volar. Nimloth se acercó y preguntó por Kelgan. Un orco le dijo que era un viejo que estaba por allí al cuidado de una mantícora. Nimloth se aproximo y se presentó como el mandado desde Muelle Pantoque. Kelgan le acogió y comenzó a explicarle las nociones básicas sobre montar. Le explicó que debían andar con ojo con el comportamiento del animal, además de revisar todo lo concerniente a las riendas, la silla, etc. Una vez visto todo de manera lógica, Kelgan se montó en su dracoleón y Nimloth hizo lo propio en un dracohalcón que el maestro Pyreanor le había concedido. Tras eso comenzó la larga travesía por Durotar.
Comenzaron arrojándose al vacío, Nimloth agarró con fuerza las riendas, seguro de sí mismo y confiado en el dracohalcón se arrojó al vacío. La adrenalina comenzó a inundar su cuerpo, sentía como el viento azotaba su cara. Debía levantar el vuelo, para ello tiró levemente de las riendas y estabilizó el vuelo. Tras conseguir estabilizar el vuelo, puso rumbo tras Kelgan y juntos salieron de Orgrimmar rumbo al sur. Aguantó como fue capaz las riendas y juntos dieron un largo paseo por la región. Kelgan le enseñó un par de trucos que quizás aprendiera con el tiempo. Nimloth se aferraba con seguridad a las riendas y conducía el dulce vuelo sobre las desérticas estepas de Durotar, al cabo de un par de horas volando se apostaron cerca del rio que separa Los Baldíos de Durotar. Allí Kelgan le explicó un par de cosas más y marchó volando. Ahora él debía volver a Muelle Pantoque, y lo haría volando. Tomó las riendas y azuzó al dracohalcón para ponerse en marcha hacia Muelle Pantoque, para ello bordearía Orgrimmar y haría la travesía sobrevolando el mar.
Aquella estampa era preciosa, podía ver los peces y las olas que mecían el mar mientras a su izquierda descansaban los acantilados cercanos a Orgrimmar y que la separaban del mar. Nimloth sobrevolaba tranquilo la zona en dirección al islote donde se encontraba Muelle Pantoque. A lo lejos comenzó a ver el brazo del sur de Aszhara Ahora debería atravesarlo por las entradas que había en los desniveles del terreno. Dirigió el dracohalcón hacia uno y se introdujo en el golfo de Aszhara. Poniendo rumbo al Muelle Pantoque, el cual ya estaba visible. Imponente a lo lejos, Nimloth llegó volando a la costa de Muelle Pantoque. Al poco tiempo de de llegar a la costa dirigió su vuelo a la parte trasera de la isla, allí aterrizó y se encontró con Nytz. Nimloth le comentó lo que era ese animal sobre el que descansaba tras haber recibido la pregunta por parte de la goblin. Tras aclarárselo fue a buscar un lugar donde dejar al dracohalcón para que descansase y pudiese cuidarlo. No le costó mucho encontrar un buen sitio a pesar de las metálicas condiciones de la isla. Tras eso dejó descansando al animal. Hoy había hecho un buen trabajo.
Nimloth puso rumbo a ver el tablón de noticias y se encontró con la goblin. Tras mirar un par de noticias comenzó a charlar con ella hasta que Kala llegó. Cuando esta llegó comenzaron a hablar los tres y estuvieron así durante un buen rato. A los pocos minutos, el Teniente Ganyx hizo su aparición y les encomendó una misión tras haber hablado Nimloth con él de su nueva condición aérea. La misión constaba de un encargo, capturar a un elfo de la noche para sustraerle información sobre los planes de los suyos. La cosa no sería muy difícil, o al menos eso esperaban. Nimloth tornó un poco más serio de lo normal, era hora de trabajar. Y se mantuvo así durante toda la misión. Rápidamente tras recibir las órdenes se pusieron en marcha. Debía tomar El Sardinero, el barco insigne del Escuadrón Kaja’mita. Para llegar a este barco debía pasarse antes por la casa de Nytz. Nimloth iba con el Halcón zancudo ya que no se le permitió ir en dracohalcón, pero un problema le surgió en el camino al barco, debía dejar el halcón porque no cabía. Ató pues al halcón y subió al barco. Nytz lo hizo arrancar y salieron hacia su destino.
Cruzaron la costa a una velocidad moderada, al poco tiempo llegaron a la costa. Allí desembarcaron y comenzaron la travesía hacia Punta Thalendis. Nimloth seguía pensando y observaba como las goblins charlaban. Poco a poco seguían avanzando hacia el lugar. Encontraron la autopista y siguieron el camino hacia el puesto de Orgrimmar. Continuaron el camino y llegaron al puesto, allí bajaron y continuaron hacia el oeste. Siguieron el camino y llegaron a la cantera. Allí les aguardaba una inesperada sorpresa. De la nada salieron un grupo de Kaldorei que les rodeo y les indujo al combate. Tras ser rodeados, Nimloth se lanzó contra el primer Kaldorei propinándole un duro estoque en el costado. El combate continuo y los lances del grupo fueron acabando con los elfos excepto con uno, aquel parecía ser el líder de la agrupación. Nytz activó a su robot comenzó a disparar contra el elfo. Tras eso el elfo golpeó con dureza a Kala. Nimloth se lanzó y le propinó un duro estoque que le dejó una fuerte huella en pecho. El elfo se lanzó contra Nimloth y pudo esquivarle, para entonces Kala lanzó una granada aturdidora y consiguió derrotarle y dejarle inconsciente. Ahora debían volver a entregar el cuerpo del Kaldorei, Nimloth cargó con él hasta la pista de cohetes, donde tras pagar el viaje, los tres “héroes” subieron a los cohetes y salieron dirección este, acercándose a la posición de su barco. Tras bajar emprendieron el camino hacia el barco, tras encontrarlo regresaron a Muelle Pantoque.
En Muelle Pantoque dieron parte a Ganyx y dieron por completada la misión. Tras es, Nimloth se fue a sobrevolar la bahía para seguir entrenando con el dracohalcón. Debía mejorar lo máximo posible.
La tarde siguiente al vencimiento de los siete primeros días de Nimloth en Muelle Pantoque fue un tanto especial, se encontraba oteando el horizonte desde la terraza de la posada mientras tarareaba una vieja canción que su madre solía cantarle para que se durmiera, miraba la placida bahía, la mar estaba tranquila y las gaviotas sobrevolaban la costa en busca de algún molusco que llevarse a la boca. Todo estaba en calma. Parecía un buen día para pasear por las calles de Muelle Pantoque. Nimloth bajó al piso inferior y se dirigió a la calle. Al salir fuera y bajar las escaleras, se percató de que Nytz estaba allí, pero no estaba sola, había una goblin que no había visto nunca con ella. Nimloth se acercó a saludar y comenzó a charlar con las goblins, al parecer, una de ellas había perdido a un tal Señor Nitrotolueno, mientras que la otra a su robot K-DOS. La cosa le resultaba rara a Nimloth que mientras hablaba con las goblins, una le había confundido con un Troll. Era una situación muy extraña para Nimloth, de la que debería salir mediante la palabra. Tras hablar con ambas, Nytz tuvo que irse, y se ofreció a ayudar a la otra goblin. Ambos se pusieron manos a la obra y comenzaron a buscar al Señor Nitrotolueno que se había perdido. Comenzaron mirando por una cuesta que daba al exterior de una casa. Allí, Nimloth rebuscó entre unos matorrales y encontró una barra roja de gran tamaño, al parecer dinamita, avisó a la Goblin y esta lo reconoció como el Señor Nitrotolueno, tras eso prendió la mecha y ambos salieron corriendo. A los pocos segundos explotó haciendo caer a Nimloth por la onda expansiva y produciendo un herido, un orco que pasaba por la zona fue estampado contra la pared. Nimloth tornó su rostro serio y le explicó a Kala, que así se llamaba la goblin, que lo que había hecho era una irresponsabilidad de la cual debía acatar las consecuencias. Para ello, Nimloth la obligó a acompañarla al Alto Mando, allí donde residía la sede del Batallón Pantoque.
Tras callejear por todo Muelle Pantoque, Llegaron al fin al Alto Mando, allí estaba el Teniente Ganyx, a quién Nimloth le explicó lo ocurrido y enseguida puso solución al asunto. Al parecer, obligó a la Goblin a unirse al batallón. Nimloth no veía coherencia a lo ocurrido, en Lunargenta eso suponía la mazmorra o quién sabe si algo mucho peor. Era realmente extraño. No lograba entender a los goblins aunque le parecían majos, sobre todo cuando no le confundían con otra raza. Que en su caso era la mayoría del tiempo. Volviendo al asunto en cuestión, el Teniente Ganyx también tenía que decirle algo, pero antes le preguntó lo siguiente: ¿Sabes montar? Nimloth asintió pero hizo una matización a la pregunta. No sabía volar. El Teniente le comentó que dado su condición tendría que volar bastante y que para ello desde Orgrimmar le habían encomendado la misión de aprender a manos de Kelgan, un reclutador de Brutos de Orgrimmar. Nimloth asintió y enseguida se puso en marcha para ir a Orgrimmar. Subió en el barco y esperó a que este pusiese rumbo a la ciudad orca. Al poco tiempo el barco zarpó y su travesía hacia Orgrimmar comenzó.
Al cabo de unas horas llegó a Orgrimmar y rápidamente fue en busca de Kelgan, supuso que si iba a enseñarle a montar, debería estar en las cercanías de la torre de zepelines, en aquel lugar donde los jinetes criaban a las mantícoras. Así pues, Nimloth puso rumbo hacia allí y tras callejear por Orgrimmar llegó, al fin aprendería a volar. Nimloth se acercó y preguntó por Kelgan. Un orco le dijo que era un viejo que estaba por allí al cuidado de una mantícora. Nimloth se aproximo y se presentó como el mandado desde Muelle Pantoque. Kelgan le acogió y comenzó a explicarle las nociones básicas sobre montar. Le explicó que debían andar con ojo con el comportamiento del animal, además de revisar todo lo concerniente a las riendas, la silla, etc. Una vez visto todo de manera lógica, Kelgan se montó en su dracoleón y Nimloth hizo lo propio en un dracohalcón que el maestro Pyreanor le había concedido. Tras eso comenzó la larga travesía por Durotar.
Comenzaron arrojándose al vacío, Nimloth agarró con fuerza las riendas, seguro de sí mismo y confiado en el dracohalcón se arrojó al vacío. La adrenalina comenzó a inundar su cuerpo, sentía como el viento azotaba su cara. Debía levantar el vuelo, para ello tiró levemente de las riendas y estabilizó el vuelo. Tras conseguir estabilizar el vuelo, puso rumbo tras Kelgan y juntos salieron de Orgrimmar rumbo al sur. Aguantó como fue capaz las riendas y juntos dieron un largo paseo por la región. Kelgan le enseñó un par de trucos que quizás aprendiera con el tiempo. Nimloth se aferraba con seguridad a las riendas y conducía el dulce vuelo sobre las desérticas estepas de Durotar, al cabo de un par de horas volando se apostaron cerca del rio que separa Los Baldíos de Durotar. Allí Kelgan le explicó un par de cosas más y marchó volando. Ahora él debía volver a Muelle Pantoque, y lo haría volando. Tomó las riendas y azuzó al dracohalcón para ponerse en marcha hacia Muelle Pantoque, para ello bordearía Orgrimmar y haría la travesía sobrevolando el mar.
Aquella estampa era preciosa, podía ver los peces y las olas que mecían el mar mientras a su izquierda descansaban los acantilados cercanos a Orgrimmar y que la separaban del mar. Nimloth sobrevolaba tranquilo la zona en dirección al islote donde se encontraba Muelle Pantoque. A lo lejos comenzó a ver el brazo del sur de Aszhara Ahora debería atravesarlo por las entradas que había en los desniveles del terreno. Dirigió el dracohalcón hacia uno y se introdujo en el golfo de Aszhara. Poniendo rumbo al Muelle Pantoque, el cual ya estaba visible. Imponente a lo lejos, Nimloth llegó volando a la costa de Muelle Pantoque. Al poco tiempo de de llegar a la costa dirigió su vuelo a la parte trasera de la isla, allí aterrizó y se encontró con Nytz. Nimloth le comentó lo que era ese animal sobre el que descansaba tras haber recibido la pregunta por parte de la goblin. Tras aclarárselo fue a buscar un lugar donde dejar al dracohalcón para que descansase y pudiese cuidarlo. No le costó mucho encontrar un buen sitio a pesar de las metálicas condiciones de la isla. Tras eso dejó descansando al animal. Hoy había hecho un buen trabajo.
Nimloth puso rumbo a ver el tablón de noticias y se encontró con la goblin. Tras mirar un par de noticias comenzó a charlar con ella hasta que Kala llegó. Cuando esta llegó comenzaron a hablar los tres y estuvieron así durante un buen rato. A los pocos minutos, el Teniente Ganyx hizo su aparición y les encomendó una misión tras haber hablado Nimloth con él de su nueva condición aérea. La misión constaba de un encargo, capturar a un elfo de la noche para sustraerle información sobre los planes de los suyos. La cosa no sería muy difícil, o al menos eso esperaban. Nimloth tornó un poco más serio de lo normal, era hora de trabajar. Y se mantuvo así durante toda la misión. Rápidamente tras recibir las órdenes se pusieron en marcha. Debía tomar El Sardinero, el barco insigne del Escuadrón Kaja’mita. Para llegar a este barco debía pasarse antes por la casa de Nytz. Nimloth iba con el Halcón zancudo ya que no se le permitió ir en dracohalcón, pero un problema le surgió en el camino al barco, debía dejar el halcón porque no cabía. Ató pues al halcón y subió al barco. Nytz lo hizo arrancar y salieron hacia su destino.
Cruzaron la costa a una velocidad moderada, al poco tiempo llegaron a la costa. Allí desembarcaron y comenzaron la travesía hacia Punta Thalendis. Nimloth seguía pensando y observaba como las goblins charlaban. Poco a poco seguían avanzando hacia el lugar. Encontraron la autopista y siguieron el camino hacia el puesto de Orgrimmar. Continuaron el camino y llegaron al puesto, allí bajaron y continuaron hacia el oeste. Siguieron el camino y llegaron a la cantera. Allí les aguardaba una inesperada sorpresa. De la nada salieron un grupo de Kaldorei que les rodeo y les indujo al combate. Tras ser rodeados, Nimloth se lanzó contra el primer Kaldorei propinándole un duro estoque en el costado. El combate continuo y los lances del grupo fueron acabando con los elfos excepto con uno, aquel parecía ser el líder de la agrupación. Nytz activó a su robot comenzó a disparar contra el elfo. Tras eso el elfo golpeó con dureza a Kala. Nimloth se lanzó y le propinó un duro estoque que le dejó una fuerte huella en pecho. El elfo se lanzó contra Nimloth y pudo esquivarle, para entonces Kala lanzó una granada aturdidora y consiguió derrotarle y dejarle inconsciente. Ahora debían volver a entregar el cuerpo del Kaldorei, Nimloth cargó con él hasta la pista de cohetes, donde tras pagar el viaje, los tres “héroes” subieron a los cohetes y salieron dirección este, acercándose a la posición de su barco. Tras bajar emprendieron el camino hacia el barco, tras encontrarlo regresaron a Muelle Pantoque.
En Muelle Pantoque dieron parte a Ganyx y dieron por completada la misión. Tras es, Nimloth se fue a sobrevolar la bahía para seguir entrenando con el dracohalcón. Debía mejorar lo máximo posible.
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