Durante los días venideros, Nimloth estaría practicando duramente su destreza con el escudo y la espada en la playa, había mejorado mucho desde sus combates con Lorathiol y no veía el momento para volver a verse la cara con él en un duelo. La verdad es que las cosas para Nimloth habían cambiado demasiado desde que se marchase de Lunargenta aquel día. Poco había en común entre el Nimloth que vivía frustrado y desolado por los devenires de su vida y el Nimloth actual que disfrutaba de la vida siempre acorde a su doctrina. En cuanto a la actividad en el Muelle Pantoque, poca cosa había que destacar, por suerte o por desgracia se había acostumbrado a aquel clima tan peculiar que el mar suavizara con su dulce brisa y que dejara unas temperaturas algo más frescas que en Durotar. La verdad es que todo iba viento en popa. Parecía que los problemas no llegarían a su vida en una buena temporada.
Pero, cabe destacar que, durante estos días tras la captura del elfo de la noche, pocas cosas ocurrieron entre ellas la siguiente. Nimloth se encontraba como de costumbre en la posada donde descansaba cuando entró observando un nuevo rostro que desentonaba con el paisaje habitual de la taberna. Parecía ser que había un nuevo huésped, al cual Nimloth no le hizo mucho caso, pero eso no sería lo importante de la cuestión. Lo importante sería el comportamiento que este Goblin misterioso tomaría. Para empezar, optó por seguir y observar a Nimloth tras una columna del porche de la posada desde donde se ocultaba a la vista de Nimloth. Mientras, este cuidaba de su dracohalcón, el cual le diesen una semana atrás en Orgrimmar por su aprendizaje de altos vuelos, para el cual había comenzado a preparar el papeleo de la licencia que le permitiría volar por alturas más considerables del cielo de la Horda. Pero volvamos al tema en cuestión. El extraño visitante oteaba con la vista las acciones que Nimloth llevaba a cabo sobre su compañero plumífero. De pronto, el sujeto verde salió corriendo hacia el interior de la taberna y apareció vestido de a pie, es decir, con ropajes normales. Nimloth seguía sin darle demasiada importancia, pero entonces ocurrió. El Goblin se acercó y comenzó a ofrecerle uno de sus disparatados inventos, los cuales resultaban más una estafa que una manera de vender. Nimloth hizo bien en fiarse poco y denegar toda oferta que este extraño visitante le hacía. Era bastante inusual. Tras varios intentos fallidos, el Goblin decidió marcharse. Mientras, Nimloth continuaría ocupándose de hacer sus deberes para con la criatura. Parecía no molestarle el hecho de tener que cuidar de aquel entrañable ser que le permitía surcar el cielo y que, poco a poco, iba convirtiéndose en su más fiel compañero. Toda una proeza.
Horas más tarde, tras haber paseado con el dracohalcón, Nimloth regresó a la posada, allí estaba Nytz con uno de sus inventos, K-DOS. Aquel robot tenía un buen uso y era bastante eficiente, cosa que levantaba la curiosidad y la admiración de Nimloth. De pronto, algo en la cabeza de Nimloth dijo: “¿Por qué no probar su eficiencia entrenando con él?” La respuesta fue un sí rotundo y rápidamente se introdujo el tema en la conversación que ambos mantenían. Nytz accedió a probar el robot en un combate contra Nimloth y ambos se dispusieron para combatir, tanto robot, como Nimloth. Rápidamente, Nimloth lanzó un estoque sobre el cuerpo del robot sin la intención de estropearlo, pero quizás se pasase un poco, lo cual provocó que el robot comenzase a emitir un sonido extraño y cayese al suelo soltando chispas. Pocos segundos después el robot comenzó a emitir gases y el nuevo complemento, el lanzagranadas, se activó. Nimloth se cubrió con su escudo ante la inminente explosión. Tras un par de segundos, el robot lanzó un explosivo contra el escudo de Nimloth. El ácido que contenía el misil se roció sobre el escudo y comenzó a corroerlo, así hasta quedarlo vagamente inútil. Nimloth había perdido su defensa y de una manera muy simple. Algo en su cabeza se activó y le hizo pensar. Si su escudo se había quebrado con tanta facilidad, cualquiera podría romper su defensa con un poco de maña. Entonces recordó el estilo de combate de algunos Caballeros de Sangre, aquellos que usan espadas simples en ambas manos. Era un estilo muy versátil que le dejaba mayor movilidad y acción ofensiva contra el adversario. Cosa que Nimloth veía como un plus más que una contra y que por lo tanto, decidió que a partir de entonces portaría dos espadas, una en cada mano. Pero antes de poder llevarlo, debía entrenar con dos espadas en ambas manos. Así pues se despidió de Nytz y marchó al piso superior a buscar su espada para ponerse a entrenar lo antes posible.
Y así los días pasaron y Nimloth fue entrenando cada vez más, consiguiendo movilidad y mayor ofensiva. Cada vez era algo más fuerte. Aunque era un nuevo estilo, comenzaba a dominarlo poco a poco. Los entrenamientos eran demasiado agotadores pero resultaban efectivos. Nimloth poco a poco fue desarrollando una mayor maestría con ambas manos, algo que en la batalla le ayudaría bastante.
Varios días más tarde, Nimloth se encontraba dando un paseo por el Alto Mando cuando observó al Teniente Ganyx, se acercó a él y lo saludó comentándole sus avances en el vuelo con el dracohalcón. Mientras, una figura ya conocida por Nimloth se adentraba en el Alto Mando y armaba un enorme escándalo, era el vendedor de pacotilla del otro día. Al parecer le había citado falsamente en el Alto Mando para un trabajo. Ganyx hizo uso de su elocuencia natural con la que acababa que la gente se uniese al Batallón Pantoque y consiguió como “castigo” que el alborotador Goblin se uniese al Escuadrón Kaja’mita. Un hecho auténticamente extraño para Nimloth pero al cual se iba acostumbrando poco a poco. Sin duda algo realmente peculiar.
Tras este pequeño incidente, Nytz hizo acto de presencia en una especie de aparato volador, era su último invento. Al menos ya habría alguien con quien Nimloth pudiese volar, era un avance. Nytz bajó del vehículo tras habérselo pedido el Teniente y les comentó que había un encargo para hacer, pero que se lo comunicarían cuando el resto estuviese, es decir, cuando Kala y Zautso, el nuevo recluta del Batallón, estuviesen presentes. Por suerte para todos, andaban acercándose y pronto recibieron las noticias. Debía acudir a solventar la situación de una mina situada en los Baldíos del Sur. Una misión un tanto extraña aunque con la que Nimloth podría seguir demostrando su valía. Tras recibir las órdenes del Teniente Ganyx, Nimloth y el resto pusieron rumbo a Orgrimmar. Saliendo volando en su dracohalcón hizo la ruta costera hasta Orgrimmar, para Nimloth era la más segura aunque la más larga. Últimamente con el conflicto con los Kaldorei, las cosas andaban más turbadas de lo normal, pero eso era harina de otro costal, ahora debían centrarse en su principal misión. Tras un par de horas de vuelo, llegaron al fin a la Ciudad de los Orcos. La temperatura subía poco a poco y comenzaba a notarse un calor algo fuerte aunque la mayoría estaban acostumbrados. Tras una breve parada en Orgrimmar pusieron rumbo a El Cruce, allí pasarían el tiempo necesario hasta poder iniciar su misión. Era momento de planificarlo todo bien. Así pues, se instalaron allí tras su llegada desde la Ciudad Orca. En resumen, toda una odisea.
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