martes, 21 de febrero de 2012

Un duro viaje y un esperado reencuento.

Hacía tiempo que Nimloth no tenía esa sensación. Esta vez si vería a sus padres. Los echaba tanto de menos. Aquella sensación de nostalgia le traía viejos recuerdos anteriores a la destrucción de su ciudad. En el fondo le apenaba tener que abandonar durante un tiempo sus tareas y viajar a Dalaran, pero la enfermedad de su madre le movía a ir a Dalaran. Era el momento de reunirse con los suyos. Había mantenido contacto unos días antes con su padre, quería conocer la dirección exacta sobre la ubicación de la casa. Tras varias cartas, la petición de permiso al Alto Campeón, y la preparación del viaje, estaba listo para volver a ver a los suyos. Su padre y su madre le esperaban en la ciudad de la magia arcana. Dalaran era su destino durante los siguientes días, pero para llegar allí necesitaría algo más que su dinero y las prisas por llegar. Necesitaría coraje y valor para afrontar lo que allí le esperaba, además nunca había sentido el gélido frío del continente del norte. Rasganorte era un lugar insólito. Y más si no había ido nunca a ese duro páramo helado. Ahora le tocaría comprobar en sus propias carnes, el duro frío que calaría sus huesos. Ahora habría de viajar el frío páramo donde muchos perdieron la vida en el pasado, donde unos lucharon por derrocar al Rey Exánime y otros lucharon a sus órdenes, al lugar donde la Luz triunfó sobre la más absoluta oscuridad y donde descansa el mayor secreto guardado por la Cruzada Argenta, un secreto que nadie conoce y que de ser conocido cambiaría el parecer y la seguridad de los nuevos tiempos. Ahora comprobaría de primera lo que las crónicas sobre aquel paraje helador contaban de los misterios y designios que guardaban sus tierras, y de las sangrientas aventuras que los héroes aunados bajo la bandera de la Cruzada Argenta habían vivido. Era el momento de visitar los misterios de Rasganorte. Aunque la estancia fuera breve…

Así pues aquella mañana se levantó de un salto, se preparó un fuerte desayuno para jornada que le esperaba, debía tomar el orbe hacia Entrañas y coger el primer zeppelín hacia el continente helado. Tras el desayuno preparó su armadura y salió a lomos de su dracohalcón surcando los cielos hacia la Ciudad. Ya en la ciudad transitó a gran velocidad las calles hasta llegar al orbe. Con un porte recto y un aspecto muy cuidado, como acostumbraba siempre, recorrió las calles hasta llegar a la Corte, desde allí tomaría el orbe hacia Entrañas. Pagó el transporte para su dracohalcón y su pase por el objeto transportador y puso su mano sobre este. El impuesto de transporte era un pago que había que realizar si se quería usar las energías de aquella esfera roja. Así pues, Nimloth atravesó el umbral que separaba ambas ciudades. A los pocos segundos, Nimloth aparecía en Entrañas por arte de la magia arcana. Su compañero estaba junto a él, su dracohalcón le acompañaba en aquel viaje. Con sus cosas en una mano y las riendas en la otra, subió a lomos del ave escamada y partió a la torre de zeppelines, donde tomaría el rápido hacia Rasganorte, sería un viaje largo pero merecería la pena viajar desde el casi abandonado campamento que los Renegados regentaban en el Fiordo Aquilonal. Allí les esperaría una diligencia que le llevaría a Dalaran. El grupo atravesaría los peligros de Rasganorte hasta llegar a su destino. Ya en Dalaran solo es destino sabría que pasaría. Nimloth se había entrenado duramente para afrontar los peligros que Azeroth le reservaban y en su carrera militar había alcanzado un nivel extraordinario. Dominaba la Luz con una soltura realmente impresionante. Lo que para algunos era un esfuerzo considerable a él le resultaba una tarea de lo más entretenida. Esto era en parte a su gran afinidad con el arte lumínico. Aquellas prácticas y entrenamientos intensivos daban sus frutos y le conferían cada vez una facilidad mayor. Pero lejos de todo esto, caminaba con pie firme hacia su zeppelín. Había llegado la hora de partir. El zeppelín puso rumbo hacia aquel campamento donde pasaría un par de días para aclimatarse a lo que le aguardaba más al interior de aquella región helada.

En los primeros días de viaje, fue concienciándose de que pronto pasaría frío y armado con una armadura hecha para la ocasión, Nimloth había previsto esto. Esta vez iría en representación de la ciudad. Aprovechando así la oportunidad de devolver información de la situación para la nación. Pero conforme pasaba el tiempo, su corazón comenzaba a notar el frío que cada vez le acercaba más a los suyos. Habían transcurrido unos días desde que salió de Entrañas rumbo a Campo Venganza, ya podía ver las escarpadas costas del continente helado, se estaba acercando. Parece que los vientos y el temporal le asistían en su llegada al continente, soplaban vientos desde el Sur hacia el Norte dirigiéndole presto a su objetivo. Ya casi había llegado. A la mañana siguiente se levantó con el sonido del motor apagándose, habiéndose acostumbrando al quejido de los componentes de este, notó el apagado y abrió un ojo. Segundos más tarde sonó la sirena que anunciaba que ya habían llegado y abrió el otro. Los pasajeros solo tenían media hora para salir de allí. Por suerte, Nimloth había previsto la llegada y ya estaba preparado para bajar. En cuestión de minutos abandonó la nave que le había traído hasta allí. El duro frío comenzó a colarse entre las aperturas de la armadura, llevaba varios días sintiendo como la temperatura comenzaba a bajar. Aquel viento se enfriaba conforme les llevaba más al norte. Por fin había llegado a la tierra de la incertidumbre. Su papel allí era claro, visitar a su familia mientras departía los asuntos concernientes al estado de la ciudad y sus relaciones con Lunargenta. Pero aún quedaba viaje por hacer.

Tras haber dejado aquel zeppelín se dirigió a la taberna que los Renegados allí destinados regentaban. Allí se encargó de preguntar sobre la hora de la partida de la diligencia y hacia donde debía dirigirse. Los peones que trabajaban en el campamento le indicaron con su habitual habla sombría y sus voces tenebrosas. Así pues tras departir aquella información con aquellos Renegados. Puso rumbo hacia su destino. La diligencia salió puntual hacia el elevador que los adentraría por aquel continente. Había soldados entrenados para la ocasión, un par de carretas de comerciantes y el resto eran aventureros, mercenarios y algunos militares que se acercaban a Dalaran. La paz se antojaba rara en aquel continente y Nimloth lo notaba y se preguntaba cómo en aquel lugar todavía no reinaba la paz por completo y por qué le invadía aquella sensación de inseguridad. Pero lo que Nimloth no sabía era el secreto que guardaban esas tierras. Aquellas que estaban infestadas de peligros ocultos bajo las rocas o internos en los bosques, donde más de un despreocupado acabó dando con sus huesos en brazos de la muerte. Pero el viaje continuaba. La ascensión por el elevador fue bastante inquietante, pero no sería lo único en aquel paraje. Pronto atravesaría la región y llegaría a las Colinas Pardas donde llegaría a un bastión situado cerca de Bahía Ventura. El viaje continuaba y el recorrido sería agotador. Quizá durante las siguientes semanas descubrieses nuevas cosas sobre ese continente de manos de sus compañeros de la diligencia. Era su primera vez en aquel continente, pero sabía que tampoco sería la última. Hubiera sido más fácil llegar abriendo un portal hacia la ciudad, pero él era un simple Caballero, estaba a medio camino entre la verdadera élite y un simple experto.

Los días se sucedieron y atravesando las Colinas Pardas llegó al Cementerio de Dragones. Era el frío se acentuaba cada vez más conforme se adentraba en aquel continente. Su fiel compañero aguantaba a duras penas el frío, pero tras haberlo cubierto con pieles de animales de la zona mejoró su situación. Llevaba cuatro días en aquel continente endemoniado y congelado. Poco a poco notaba como el frío calaba en sus huesos. Pero gracias a su armadura y a los ropajes que vestía, aquello no lograba congelarlo por completo. Poco a poco siguieron avanzando hacia el Bosque Canto de Cristal. Estaban cerca de Dalaran. Estaba cerca de su familia. Durante el resto del viaje se concentraría en aprender a dominar ese frío que no le permitía volar como él quisiera. Así pues aprovecharía esa ocasión para aprender a volar.

Tras haberse adentrado en el Bosque Canto de Cristal y haber partido hacia el puesto bajo la ciudad. Un piloto condujo a aquellos que tenían monturas voladoras hacía un lugar donde se reunirían para aprender a dominar el frío y sus vientos helados para volar. Durante la estancia de Nimloth tendría que acudir a aquellas clases, pues la vuelta la realizaría con aquel grupo de aprendices de vuelo en climas adversos. Así pues tras reunirse con el instructor, ascendió a la ciudad. Ahora tendría que buscar a sus padres. Conocía la dirección exacta y puso camino hacia aquella casa. La impresión de Nimloth sería de una casa burguesa normal, pero para su sorpresa aquellos diplomáticos habían amasado una fortuna que por herencia le correspondía a su hijo primerizo, y ese era él. Pero volviendo a la casa, Nimloth se encontró una gran mansión dentro de los límites de aquella ciudad flotante. Se encontraba en un barrio neutral, para así establecer contacto con otras razas dentro y fuera del seno de la Alianza. En la zona más pudiente de aquel barrio, Nimloth encontró su destino. Llamó a la puerta de aquella casa. Y le abrieron rápido, Nimloth se presentó como correspondía y mandó anunciarse. Su padre le esperaba en lo alto de la escalera de mármol. No podía creerlo, su hijo había regresado con ellos, aunque solo fuese por un mínimo tiempo. Los dos elfos se fundieron en un gran abrazo. Pero no había tiempo que perder, debía ver a su madre. Ambos subieron a la habitación en la que su madre se encontraba. Allí Nimloth se acercó lentamente a ella y se postró a sus pies. Departieron sobre su estado y durante las siguientes horas Nimloth les narraría todo lo sucedido con su vida. Sus padres se sentían orgullosos de él.

Durante los siguientes días, Nimloth llevaría a cabo su cometido y conocería a las gentes influyentes de la ciudad. Una creciente burguesía Sin’dorei se había establecido bajo el seno de la protección que la Casa Atracasol les brindaba. En aquellos tiempos aquellos que estaban en esa ciudad serían muchos de los artífices y sufragadotes de los gastos en el continente del norte. Pero mayores serían los beneficios que les habían reportado en consecuencia a los gastos. Las inversiones de algunas familias desplazadas allí habían proliferado y aumentado su beneficio en un quinientos por cien. Pero lejos de todo este amasijo de beneficios y dinero, la cabeza de Nimloth estaba puesta en otra cosa. Debía encargarse de sus tres cometidos: Velar por los suyos, Redactar el informe diplomático y aprender a volar en aquellos climas.

Lo primero sería tarea fácil, Nimloth se puso a cargo de los cuidados de su madre, con cierta habilidad. Ayudado por las doncellas que velaban a su madre, Nimloth pudo afrontar el problema que aquello suponía, aunque entre las malas lenguas de aquellas cuatro paredes, algunas doncellas no estaban muy cómodas con la presencia de aquel representante de la Horda. Por lo demás todo fue una tarea muy sencilla. Para lo segundo, mantuvo reuniones con las gentes influyentes y con emisario de la Casa Atracasol que le pondría al corriente de la situación tras la Caída del Rey Exánime. Por lo demás todo fue para Nimloth un juego de niños. Estaba acostumbrado al trato diplomático, ya había estado formando esa faceta suya en Muelle Pantoque y por lo que se pudo observar no le fue nada mal. Estaba casi preparado para volver, pero aún faltaban esas clases matutinas de vuelo que no se perdió ni una sola mañana. El instructor era un Sin’dorei que le enseñaría a surcar los fríos vientos moviéndose entre estos. Los primeros días fueron costosos para su compañero y para él pero conforme pasaba el tiempo, iba cogiéndole el hábito a volar en aquellos páramos, ya casi estaba listo para volver a casa. La mejoría en su madre era notable e incluso se permitía el lujo de pasear. Algunas noches acompañaba a su hijo y su marido en las largas sesiones de lectura en la biblioteca de la familia. Nimloth había estado comentándoles a sus padres su intención con el apellido Sangreluz en Lunargenta. Su padre le dijo que debía visitar el Archivo que se encontraba bajo la Cámara del Pueblo. Así pues su padre le puso al corriente de todo.

Era su último día allí, aquella mañana Nimloth se despertó algo triste. Sus últimas horas al lado de sus padres, pero era ya el momento de volver a la Ciudad que le vio nacer. Su padre le esperaba abajo con una sorpresa y un mozo se encargaba de organizar sus cosas para llevarlas al lugar desde donde partirían. Pero antes de marcharse, su padre le obsequio con un cofre. Nimloth lo abrió y descubrió aquel par de espadas con las que su abuelo luchaba por su ciudad. Las había mandado reforjar y reparar, además de adaptarlas a los nuevos tiempos. Los últimos minerales descubiertos habían hecho que muchas armas antiguas quedasen obsoletas y no fueran en muchas ocasiones rivales comparables a las rudimentarias, aunque en algunos casos no lo hiciesen sin oponer resistencia. El herrero había grabado el escudo de la casa Sangreluz en ella. Y Nimloth las empuñaba con gran tesón. Ahora ya podía irse. Tras abrazar a su madre y a su padre. Nimloth puso rumbo hacia el gran balcón desde el que viajaría de vuelta a Campo Venganza y de allí a Entrañas y de vuelta a su querida Ciudad. Allí le esperaba un nuevo reto, La Cámara del Pueblo y su antiguo sistema de seguridad. Aquel decían era el lugar más seguro tras la Corte Real.

No hay comentarios:

Publicar un comentario