viernes, 3 de febrero de 2012

Aún queda trabajo por hacer, no hay lugar para confiarse.

Tras haber descansado durante parte de la noche, Nimloth se levantó con ganas de leer, era muy temprano y todavía no había salido el Sol. Se acercó a una de las estanterías repartidas por la casa y buscó un libro. Por suerte, encontró uno que no había leído nunca. Eran las memorias de su familia. Se sentó en uno de los divanes que había por la casa y con una vela comenzó su lectura. Aquello era su pasado, sus antepasados desde la fundación de la Ciudad y tiempo antes. Aquel libro narraba cómo su familia llegó a emparentarse con la nobleza media. Cómo llegaron a tener una de las villas más notables de la ciudad y como se construyeron las bases de su apellido. Allí estaba registrado todo sobre su familia. Pero aquel no era un libro fino o de mediano tamaño. Era una buena colección dividida en libros, aquellos libros tenían todo, desde la fundación de su casa hasta los últimos coletazos del renombre de su familia antes de la caída de la ciudad. Aquel libro le resultaba todo un misterio, nombres de familiares, antiguas direcciones… Hasta tenía un libro de visitas donde había firmas de antiguos nobles de la ciudad. Amigos de la familia serían sin duda, aunque siempre algún detractor cabría. Lo cierto es que aquel libro le dejaba con la intriga de saber más sobre su pasado. Estaba decidido, comenzaría a ahondar en su pasado. Era el momento de devolverle la gloria a su apellido. Entonces, vio que se había hecho de día, la luz había iluminado la estancia y era consciente de que tenía que hacer algo más. Así pues desayunó rápidamente y se preparó para salir a entrenar.

Durante su entrenamiento, la idea de aquel libro no le permitía pensar en otra cosa, pero él seguía impasible, entrenando duro. No debía distraerse con eso ahora, después habría tiempo para ello. Sin duda era algo realmente nuevo para él. Ahora era tiempo de entrenar. Volvió a sus golpes y giros oscilando en los círculos dibujados en el suelo y a iluminar con la luz de los destellos que emitía al usar la cólera sagrada. Era un entrenamiento como los de siempre, quizá era el momento de darle otro sentido. Así pues tomó sus espadas de nuevo y dibujó un cuadrado y un triángulo y osciló sobre los vértices de estos realizando unos cortes más angulosos sobre las estacas que había colocado. Aquello parecía hacer más daño sobre las estacas. Aunque su espada se resentía, el no cesaba de dar golpes. Y con esto y un cese del corte de sus filos, llevó las espadas al herrero. Hacía tiempo que no las llevaba y estaban muy desgastadas. El herrero le miró algo extrañado y furioso por el mal trato que le daba a sus armas pero si quería mejorar, debía aprovechar su tiempo. No obstante, el dinero hizo sonreír al herrero que trabajó con gusto las armas del Caballero.

Tras dejar las armas en la herrería, se dirigió a la taberna de Jovia para comer. Allí degustó su plato favorito y la vieja amiga de su familia dueña de la taberna le acompañó en su comida. Estaba realmente delicioso. Jovia sabía cómo conquistar su estómago y como de costumbre lo había conseguido. Tras tener una agradable charla con ella, Nimloth marchó a la biblioteca a por unos libros sobre el pasado de la Ciudad. Allí encontró lo que buscaba y marchó de vuelta a la taberna para leerlos con una buena copa de vino.

Pero para sorpresa del Caballero, el forestal de la otra vez estaba flirteando con la tabernera. Un hecho totalmente descarado y de más gusto para la honra de aquel iniciado. Por suerte, apareció su superior y le condujo a la buena senda con unas palabras muy reveladoras. Aunque Nimloth sabía que aquello le costaría al joven una reprimenda disfrutó mucho viendo a aquellos soldados de los bosques hablar entre ellos. Realmente, no disponían del postín de una orden como los Caballeros de Sangre, aunque es por todos sabido, la rivalidad de ambas organizaciones. Pero pese a todo. Nimloth observó como el General le entregaba una carta al joven Forestal y decidió que era el momento de ir a la Orden. Así pues, emprendió su camino y se dirigió a la Sede de la Orden.

Por el camino el joven forestal le paró para preguntarle donde se encontraba. No lo podía creer, Nimloth le miró apenado por no conocer su ciudad y más por que fuese tan… raro. Pero a pesar de todo le dijo que le acompañase y lo llevó hasta la Orden donde le entregaría una carta al Alto Campeón y le sería encomendado a Nimloth como un trabajo de reconocimiento. Ahora tocaba ir a buscar al resto del grupo. Con él estaban Kheelan y Aranelt y faltaba el corresponsal de la Espiral Mágica, pero Nimloth ya sabía con quién contar. El elegido era Mithos, el mago del otro día. Así pues fueron a la Espiral a recogerle. Allí hablaron con él y todos pusieron rumbo a la misión. El trayecto empezaría en el Retiro del Errante.

Desde allí marcharon hacia las Cascadas Elrendar donde se encontraron con una avanzada de Trolls formada por tres fuertes Trolls de Bosque. Nimloth le dio la estrategia, primero Kheelan dispararía una flecha que resultó ser fallida y tras eso atacarían. Así fue como comenzó el combate. Una cruenta batalla estalló entre los expedicionarios y los Trolls aquel grupo estaba en ventaja numérica pero los Trolls sabrían usar su ventaja sobre su terreno. Tras varios lances de desgaste en los que Kheelan salió mal parado pero sin caer junto con el resto de la tropa, los Trolls sucumbieron a la fuerza del grupo. Ya solo quedaba el último Troll que era mucho más fuerte que los demás. Así pues en cuestión de minutos Aranelt habría hecho mella en el gran Troll junto con Mithos para dejarle en bandeja a Nimloth, el golpe de gracia. Concentrando en sí el poder de la Luz atacó con este al Troll mandándole al descanso eterno. Habían vencido, pero ahora debían huir de allí antes de que les descubrieran. Volvieron al Retiro del Errante y tras ser felicitados por Nimloth, cada cual marchó a su hogar. Nimloth se quedó charlando con Aranelt en las proximidades de su casa y le encargó llevar su halcón zancudo a la sede, ya que el joven iniciado no había cogido el suyo. Había sido un día largo sin duda.

Nimloth subió a sus aposentos a descansar mientras observaba con una lectura entretenida de su nuevo descubrimiento el bonito atardecer que ante él se planteaba. Era el momento de buscar respuestas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario