A la mañana siguiente, las cosas cambiarían mucho para Nimloth. Tras haber pasado la noche en la posada, se levantó y se preparó, vistiéndose con su armadura y tomando sus armas, salió de la habitación. Un largo día le esperaba. Las cosas tomarían un color que a Nimloth le llevarían a esforzarse más, mucho más si de verdad quería proteger de las sombras aquella ciudad. Salió de la taberna con los libros en su morral y totalmente protegido por su armadura, su espada y su escudo. Un nuevo horizonte, lejos se vagar por el bosque, se había abierto para él y debía aprovecharlo. Una oportunidad como esa no se le presentaría dos veces.
Aprovechó que no le habían asignado ninguna misión para entrenar, salió al bosque y buscó su lugar en un claro. Allí se dispuso para comenzar el entrenamiento, cuando, desde el ocultismo de los arbustos del bosque, aparecieron un par de elementales. Era el momento de luchar. Había oído que esas bestias eran inusuales hasta después del gran temblor que lo sacudió todo. Pero allí estaba él, delante de ambos seres que se acercaban a él de manera ofensiva. Eran dos contra uno. Tomó sus armas con fuerza y aguardó para ver si huían pero ya estaban demasiado cerca. Se aferró a su espada y a su escudo y se abalanzó contra la bestia más cercana. Tras un leve forcejeo pudo repelerla con su escudo. Pero aún quedaba otra, que durante el forcejeo había aproximado su posición a la de Nimloth y aguardaba para atacarle. Este saltó y se abalanzó sobre él golpeándole duramente, se echó hacia atrás y preparó su ofensiva tomando carrerilla y lanzó un potente estoque contra el último elemental. Este paró el golpe adelantándose a Nimloth y golpeándole. Volvió a tener que retroceder y con gran maña probó a amagar con la espada y golpearle con el escudo, usando el viejo juego de manos que su tío le enseñó. La acción dio resultado y pudo repeler al elemental. Tras eso retomó sus cosas y marchó a la ciudad. Allí se sentó en un pequeño parque y comenzó a leer. Tras varias horas cerró su libro y marchó a la Orden para ver si algo nuevo acontecía.
Llegó a la Orden tras varios minutos callejeando por Lunargenta. Todavía no estaba totalmente acostumbrado y en alguna que otra ocasión su mente le jugaba malas pasadas. Saludó al guardia de la puerta, y entró dentro. Aquella arquitectura seguía maravillándole, era espléndida. Tras mirar un rato las enormes columnas y la decoración interna de la gran edificación avanzó al interior y unos iniciados le llamaron la atención. Nimloth se acercó y comenzó a charlar con ellos. Le parecían simpáticos y pronto hizo buenas migas con ellos. En el transcurso de la conversación, Nimloth observó a un Sin’dorei que entraba por la puerta, como él hizo el día anterior y se dirigía a hablar con Bachi. Era un aspirante, como él. Tras varios minutos, aquel hombre bajó. Nimloth terminó de hablar con los iniciados y se acercó a él. Quizás encontraría en él un nuevo amigo, pero eso lo dirían las circunstancias. El Sin’dorei miraba como Nimloth la enorme edificación asombrado. Le habló y este respondió, mantuvieron una pequeña conversación en la que se presentaron. Su nombre era Lorathiol Brillalba. Tras mantener una leve conversación, este le propuso un entrenamiento, el cual Nimloth aceptó y comenzaron las pequeñas hostilidades. Ambos se dispusieron para la batalla y Nimloth comenzó abriendo el combate. Intentó golpearle muchas e innumerables veces, pero este paraba o esquivaba todos sus golpes. Nimloth estaba agotado y había sufrido varios golpes por parte de su adversario, estaba realmente dormido. No despertaba. No reaccionaba. Hasta que su mente comenzó a alentarle y darle ánimos, para cuando pudo embestir a su adversario, ya era demasiado tarde y tras golpearle, recibió el su propia medicina, terminando así, el combate.
Había vuelto a perder. Pero sabía que le quedaba un largo camino. Lorathiol le ofreció un lugar tranquilo donde poder entrenar. Y Nimloth, recordando lo anteriormente ocurrido, aceptó sin rechistar. Y ambos emprendieron el camino hacia las islas tras Lunargenta. Aquel lugar estaba lleno de paz y tranquilidad. Tras media hora andando, llegaron a aquel lugar. Era precioso y allí no se oía absolutamente nada, solo el mar y la brisa meciendo los arboles. Era un lugar magnífico. Nimloth y Lorathiol continuaron charlando y tras ofrecerle quedarse allí, Nimloth declinó la oferta y le acompañó a una taberna. Ahora tenía un sitio donde poder entrenar. Las cosas habían cambiado mucho para él. Había conocido a nuevas personas, descubierto un nuevo lugar y recibido una lección ejemplar. A pesar de todo, siempre hay camino para recorrer. Nimloth llegó a la taberna con Lorathiol y allí ambos charlaron durante un buen rato, hasta que Nimloth decidió irse a entrenar. Había descansado algo de su combate y sentía que debía hacerlo. Así pues puso rumbo de nuevo a las traseras de Lunargenta y allí, con sus libros y sus cosas comenzó a entrenar mientras el sol se ponía. Había sido un día largo para él.
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