martes, 21 de febrero de 2012

Un duro viaje y un esperado reencuento.

Hacía tiempo que Nimloth no tenía esa sensación. Esta vez si vería a sus padres. Los echaba tanto de menos. Aquella sensación de nostalgia le traía viejos recuerdos anteriores a la destrucción de su ciudad. En el fondo le apenaba tener que abandonar durante un tiempo sus tareas y viajar a Dalaran, pero la enfermedad de su madre le movía a ir a Dalaran. Era el momento de reunirse con los suyos. Había mantenido contacto unos días antes con su padre, quería conocer la dirección exacta sobre la ubicación de la casa. Tras varias cartas, la petición de permiso al Alto Campeón, y la preparación del viaje, estaba listo para volver a ver a los suyos. Su padre y su madre le esperaban en la ciudad de la magia arcana. Dalaran era su destino durante los siguientes días, pero para llegar allí necesitaría algo más que su dinero y las prisas por llegar. Necesitaría coraje y valor para afrontar lo que allí le esperaba, además nunca había sentido el gélido frío del continente del norte. Rasganorte era un lugar insólito. Y más si no había ido nunca a ese duro páramo helado. Ahora le tocaría comprobar en sus propias carnes, el duro frío que calaría sus huesos. Ahora habría de viajar el frío páramo donde muchos perdieron la vida en el pasado, donde unos lucharon por derrocar al Rey Exánime y otros lucharon a sus órdenes, al lugar donde la Luz triunfó sobre la más absoluta oscuridad y donde descansa el mayor secreto guardado por la Cruzada Argenta, un secreto que nadie conoce y que de ser conocido cambiaría el parecer y la seguridad de los nuevos tiempos. Ahora comprobaría de primera lo que las crónicas sobre aquel paraje helador contaban de los misterios y designios que guardaban sus tierras, y de las sangrientas aventuras que los héroes aunados bajo la bandera de la Cruzada Argenta habían vivido. Era el momento de visitar los misterios de Rasganorte. Aunque la estancia fuera breve…

Así pues aquella mañana se levantó de un salto, se preparó un fuerte desayuno para jornada que le esperaba, debía tomar el orbe hacia Entrañas y coger el primer zeppelín hacia el continente helado. Tras el desayuno preparó su armadura y salió a lomos de su dracohalcón surcando los cielos hacia la Ciudad. Ya en la ciudad transitó a gran velocidad las calles hasta llegar al orbe. Con un porte recto y un aspecto muy cuidado, como acostumbraba siempre, recorrió las calles hasta llegar a la Corte, desde allí tomaría el orbe hacia Entrañas. Pagó el transporte para su dracohalcón y su pase por el objeto transportador y puso su mano sobre este. El impuesto de transporte era un pago que había que realizar si se quería usar las energías de aquella esfera roja. Así pues, Nimloth atravesó el umbral que separaba ambas ciudades. A los pocos segundos, Nimloth aparecía en Entrañas por arte de la magia arcana. Su compañero estaba junto a él, su dracohalcón le acompañaba en aquel viaje. Con sus cosas en una mano y las riendas en la otra, subió a lomos del ave escamada y partió a la torre de zeppelines, donde tomaría el rápido hacia Rasganorte, sería un viaje largo pero merecería la pena viajar desde el casi abandonado campamento que los Renegados regentaban en el Fiordo Aquilonal. Allí les esperaría una diligencia que le llevaría a Dalaran. El grupo atravesaría los peligros de Rasganorte hasta llegar a su destino. Ya en Dalaran solo es destino sabría que pasaría. Nimloth se había entrenado duramente para afrontar los peligros que Azeroth le reservaban y en su carrera militar había alcanzado un nivel extraordinario. Dominaba la Luz con una soltura realmente impresionante. Lo que para algunos era un esfuerzo considerable a él le resultaba una tarea de lo más entretenida. Esto era en parte a su gran afinidad con el arte lumínico. Aquellas prácticas y entrenamientos intensivos daban sus frutos y le conferían cada vez una facilidad mayor. Pero lejos de todo esto, caminaba con pie firme hacia su zeppelín. Había llegado la hora de partir. El zeppelín puso rumbo hacia aquel campamento donde pasaría un par de días para aclimatarse a lo que le aguardaba más al interior de aquella región helada.

En los primeros días de viaje, fue concienciándose de que pronto pasaría frío y armado con una armadura hecha para la ocasión, Nimloth había previsto esto. Esta vez iría en representación de la ciudad. Aprovechando así la oportunidad de devolver información de la situación para la nación. Pero conforme pasaba el tiempo, su corazón comenzaba a notar el frío que cada vez le acercaba más a los suyos. Habían transcurrido unos días desde que salió de Entrañas rumbo a Campo Venganza, ya podía ver las escarpadas costas del continente helado, se estaba acercando. Parece que los vientos y el temporal le asistían en su llegada al continente, soplaban vientos desde el Sur hacia el Norte dirigiéndole presto a su objetivo. Ya casi había llegado. A la mañana siguiente se levantó con el sonido del motor apagándose, habiéndose acostumbrando al quejido de los componentes de este, notó el apagado y abrió un ojo. Segundos más tarde sonó la sirena que anunciaba que ya habían llegado y abrió el otro. Los pasajeros solo tenían media hora para salir de allí. Por suerte, Nimloth había previsto la llegada y ya estaba preparado para bajar. En cuestión de minutos abandonó la nave que le había traído hasta allí. El duro frío comenzó a colarse entre las aperturas de la armadura, llevaba varios días sintiendo como la temperatura comenzaba a bajar. Aquel viento se enfriaba conforme les llevaba más al norte. Por fin había llegado a la tierra de la incertidumbre. Su papel allí era claro, visitar a su familia mientras departía los asuntos concernientes al estado de la ciudad y sus relaciones con Lunargenta. Pero aún quedaba viaje por hacer.

Tras haber dejado aquel zeppelín se dirigió a la taberna que los Renegados allí destinados regentaban. Allí se encargó de preguntar sobre la hora de la partida de la diligencia y hacia donde debía dirigirse. Los peones que trabajaban en el campamento le indicaron con su habitual habla sombría y sus voces tenebrosas. Así pues tras departir aquella información con aquellos Renegados. Puso rumbo hacia su destino. La diligencia salió puntual hacia el elevador que los adentraría por aquel continente. Había soldados entrenados para la ocasión, un par de carretas de comerciantes y el resto eran aventureros, mercenarios y algunos militares que se acercaban a Dalaran. La paz se antojaba rara en aquel continente y Nimloth lo notaba y se preguntaba cómo en aquel lugar todavía no reinaba la paz por completo y por qué le invadía aquella sensación de inseguridad. Pero lo que Nimloth no sabía era el secreto que guardaban esas tierras. Aquellas que estaban infestadas de peligros ocultos bajo las rocas o internos en los bosques, donde más de un despreocupado acabó dando con sus huesos en brazos de la muerte. Pero el viaje continuaba. La ascensión por el elevador fue bastante inquietante, pero no sería lo único en aquel paraje. Pronto atravesaría la región y llegaría a las Colinas Pardas donde llegaría a un bastión situado cerca de Bahía Ventura. El viaje continuaba y el recorrido sería agotador. Quizá durante las siguientes semanas descubrieses nuevas cosas sobre ese continente de manos de sus compañeros de la diligencia. Era su primera vez en aquel continente, pero sabía que tampoco sería la última. Hubiera sido más fácil llegar abriendo un portal hacia la ciudad, pero él era un simple Caballero, estaba a medio camino entre la verdadera élite y un simple experto.

Los días se sucedieron y atravesando las Colinas Pardas llegó al Cementerio de Dragones. Era el frío se acentuaba cada vez más conforme se adentraba en aquel continente. Su fiel compañero aguantaba a duras penas el frío, pero tras haberlo cubierto con pieles de animales de la zona mejoró su situación. Llevaba cuatro días en aquel continente endemoniado y congelado. Poco a poco notaba como el frío calaba en sus huesos. Pero gracias a su armadura y a los ropajes que vestía, aquello no lograba congelarlo por completo. Poco a poco siguieron avanzando hacia el Bosque Canto de Cristal. Estaban cerca de Dalaran. Estaba cerca de su familia. Durante el resto del viaje se concentraría en aprender a dominar ese frío que no le permitía volar como él quisiera. Así pues aprovecharía esa ocasión para aprender a volar.

Tras haberse adentrado en el Bosque Canto de Cristal y haber partido hacia el puesto bajo la ciudad. Un piloto condujo a aquellos que tenían monturas voladoras hacía un lugar donde se reunirían para aprender a dominar el frío y sus vientos helados para volar. Durante la estancia de Nimloth tendría que acudir a aquellas clases, pues la vuelta la realizaría con aquel grupo de aprendices de vuelo en climas adversos. Así pues tras reunirse con el instructor, ascendió a la ciudad. Ahora tendría que buscar a sus padres. Conocía la dirección exacta y puso camino hacia aquella casa. La impresión de Nimloth sería de una casa burguesa normal, pero para su sorpresa aquellos diplomáticos habían amasado una fortuna que por herencia le correspondía a su hijo primerizo, y ese era él. Pero volviendo a la casa, Nimloth se encontró una gran mansión dentro de los límites de aquella ciudad flotante. Se encontraba en un barrio neutral, para así establecer contacto con otras razas dentro y fuera del seno de la Alianza. En la zona más pudiente de aquel barrio, Nimloth encontró su destino. Llamó a la puerta de aquella casa. Y le abrieron rápido, Nimloth se presentó como correspondía y mandó anunciarse. Su padre le esperaba en lo alto de la escalera de mármol. No podía creerlo, su hijo había regresado con ellos, aunque solo fuese por un mínimo tiempo. Los dos elfos se fundieron en un gran abrazo. Pero no había tiempo que perder, debía ver a su madre. Ambos subieron a la habitación en la que su madre se encontraba. Allí Nimloth se acercó lentamente a ella y se postró a sus pies. Departieron sobre su estado y durante las siguientes horas Nimloth les narraría todo lo sucedido con su vida. Sus padres se sentían orgullosos de él.

Durante los siguientes días, Nimloth llevaría a cabo su cometido y conocería a las gentes influyentes de la ciudad. Una creciente burguesía Sin’dorei se había establecido bajo el seno de la protección que la Casa Atracasol les brindaba. En aquellos tiempos aquellos que estaban en esa ciudad serían muchos de los artífices y sufragadotes de los gastos en el continente del norte. Pero mayores serían los beneficios que les habían reportado en consecuencia a los gastos. Las inversiones de algunas familias desplazadas allí habían proliferado y aumentado su beneficio en un quinientos por cien. Pero lejos de todo este amasijo de beneficios y dinero, la cabeza de Nimloth estaba puesta en otra cosa. Debía encargarse de sus tres cometidos: Velar por los suyos, Redactar el informe diplomático y aprender a volar en aquellos climas.

Lo primero sería tarea fácil, Nimloth se puso a cargo de los cuidados de su madre, con cierta habilidad. Ayudado por las doncellas que velaban a su madre, Nimloth pudo afrontar el problema que aquello suponía, aunque entre las malas lenguas de aquellas cuatro paredes, algunas doncellas no estaban muy cómodas con la presencia de aquel representante de la Horda. Por lo demás todo fue una tarea muy sencilla. Para lo segundo, mantuvo reuniones con las gentes influyentes y con emisario de la Casa Atracasol que le pondría al corriente de la situación tras la Caída del Rey Exánime. Por lo demás todo fue para Nimloth un juego de niños. Estaba acostumbrado al trato diplomático, ya había estado formando esa faceta suya en Muelle Pantoque y por lo que se pudo observar no le fue nada mal. Estaba casi preparado para volver, pero aún faltaban esas clases matutinas de vuelo que no se perdió ni una sola mañana. El instructor era un Sin’dorei que le enseñaría a surcar los fríos vientos moviéndose entre estos. Los primeros días fueron costosos para su compañero y para él pero conforme pasaba el tiempo, iba cogiéndole el hábito a volar en aquellos páramos, ya casi estaba listo para volver a casa. La mejoría en su madre era notable e incluso se permitía el lujo de pasear. Algunas noches acompañaba a su hijo y su marido en las largas sesiones de lectura en la biblioteca de la familia. Nimloth había estado comentándoles a sus padres su intención con el apellido Sangreluz en Lunargenta. Su padre le dijo que debía visitar el Archivo que se encontraba bajo la Cámara del Pueblo. Así pues su padre le puso al corriente de todo.

Era su último día allí, aquella mañana Nimloth se despertó algo triste. Sus últimas horas al lado de sus padres, pero era ya el momento de volver a la Ciudad que le vio nacer. Su padre le esperaba abajo con una sorpresa y un mozo se encargaba de organizar sus cosas para llevarlas al lugar desde donde partirían. Pero antes de marcharse, su padre le obsequio con un cofre. Nimloth lo abrió y descubrió aquel par de espadas con las que su abuelo luchaba por su ciudad. Las había mandado reforjar y reparar, además de adaptarlas a los nuevos tiempos. Los últimos minerales descubiertos habían hecho que muchas armas antiguas quedasen obsoletas y no fueran en muchas ocasiones rivales comparables a las rudimentarias, aunque en algunos casos no lo hiciesen sin oponer resistencia. El herrero había grabado el escudo de la casa Sangreluz en ella. Y Nimloth las empuñaba con gran tesón. Ahora ya podía irse. Tras abrazar a su madre y a su padre. Nimloth puso rumbo hacia el gran balcón desde el que viajaría de vuelta a Campo Venganza y de allí a Entrañas y de vuelta a su querida Ciudad. Allí le esperaba un nuevo reto, La Cámara del Pueblo y su antiguo sistema de seguridad. Aquel decían era el lugar más seguro tras la Corte Real.

viernes, 3 de febrero de 2012

Entre batallas y descansos, la calma que precede a la tempestad.

Los días siguientes fueron algo más tranquilos, Nimloth estaba descubriendo muchas cosas acerca de su familia. Viejos héroes que lucharon con valor desde que los elfos son elfos. Primera Guerra Troll, la construcción de su ciudad. Ellos estuvieron allí siempre, apoyando a los grandes líderes en sus decisiones y haciendo que la ciudad prosperase. Pero las arenas del tiempo se habían llevado todo eso a su paso. Ya no quedaban vestigios de lo que su familia fue una vez, solo una casa en las ruinas con el escudo de su familia y el hogar de Nimloth. Quizá aquella casa sería un buen lugar para establecer una villa para dar un comienzo nuevamente a su apellido. Ya había participado en varias campañas militares y acaba de salir de una para entrar en otra. Su nombre y el de su compañero comenzaban a ser sonados por la ciudad, quizá era el eco de sus batallas o la reverberación que se producía al superponerse una noticia tras otra. Comenzaban a ser buenos tiempos para los Sangreluz, bueno, para el Sangreluz, aún no había encontrado con quien compartir su apellido y su vida. Quizá el amor no había llegado todavía a su vida o mismamente aguardaba a que fuese mejor persona para encontrarlo. Nimloth no iba a buscarlo, pero tampoco se sentaría a esperar. Mientras tanto, buscaría las respuestas al por qué de la caída en el olvido de su apellido.

En buena tarde, se encontró con el joven Kheelan, el forestal asignado a su destacamento, este le comentó ciertos asuntos relacionados con unos Trolls que vagaban por el bosque. Al oír esto, Nimloth le dijo que dispusiera todo y avisase al resto, y que cuando estuviesen preparados que le avisasen. El forestal marchó raudo a avisar a todo el grupo. Nimloth, mientras tanto, iría a buscar más soluciones sobre su apellido a la biblioteca. Allí charló con los bibliotecarios que le ayudaban a buscar libros sobre el pasado de la ciudad. Por suerte, había un par que despertaban el interés de Nimloth. Sin duda eran libros que relacionaban a su familia con la nobleza media de la ciudad. Así pues, tras estar buscando información sobre su apellido y posibles documentos que le acercasen a una repuesta, marchó a la taberna para mirar esos documentos junto a una copa de vino. Ya en las puertas de la taberna, Nimloth se encontró con el joven Aranelt, el iniciado en la Orden asignado a Lorathiol y a él, hablando con el forestal, le estaba comentando que tenían trabajo que hacer. Nimloth les saludó y les instó a prepararse e invitó al joven iniciado a prepararse junto a Nimloth.

Así pues los tres Sin’dorei marcharon a la Plaza del Errante, allí comenzaría una dura sesión de entrenamiento que dejaría como claro vencedor al Caballero de Sangre más veterano. El esfuerzo parecía dar sus frutos poco a poco y los tres combatientes mostraban sus habilidades dignas de ser juzgadas por la batalla… ¿Podrían los iniciados vencer al veterano? La respuesta la dio Nimloth a golpe de luz, parecía que su manejo sobre los designios de la Luz Sagrada iba mejorando cada vez que empleaba la Luz para que le ayudase en su combate. Poco a poco el esfuerzo se hacia palpable y sin más preámbulo Nimloth les indicó a los iniciados que peleasen entre ellos, los Caballeros de Sangre volvieron a quedar por encima de los Errantes, los forestales poco tenían que hacer contra la Orden. Así fue como concluyó el entrenamiento, tras eso los tres partieron a sus respectivos descansos, pero a Nimloth algo le atormentaba, debía seguir buscando sobre su pasado, cada vez estaba mucho más cerca de recuperar su apellido.

Los días fueron cayendo como gotas de rocío que caen por los pétalos de una rosa. Así, poco a poco, fue pasando el tiempo y la arena del reloj fue depositándose en la parte baja. La hora de buscar a esos Trolls se acercaba. Los combates preparatorios entre el grupo de elfos fueron variados y llenos de una superioridad muy marcada ante el potencial de Nimloth. Aún así, el resto del grupo, pese a ser muy noveles en la tarea, demostraban su valía con gran avidez y conciencia. Quizá en un futuro pudieran ser tan o más poderosos que como lo era Nimloth ahora. Así pues, los días se sucedieron uno tras otro hasta llegar al momento idóneo, que Nimloth estimó como límite para la preparación de sus hombres, aquel día era la fecha elegida por el Caballero de Sangre para llevar a cabo esa incursión contra el par de exploradores Troll que moraban en el Bosque Canción Eterna atormentando a sus gentiles habitantes. Era el momento de acabar con esa escoria que asolaba las esperanzas de los habitantes de aquella tierra. El tiempo corría en su contra.

Esa mañana, Nimloth le dio vueltas a la táctica que seguiría, desconocía el número de Trolls que moraban por aquellas tierras, pero sabía que sería un grupo reducido para no levantar demasiado alboroto. Pero, aún así, lo habían levantado. La alerta se había extendido como una gota de aceite sobre un vaso lleno de agua. En la mente del elfo descansaban y se enfriaba una estrategia recién salida de la fragua. Aprovecharía la numerosidad de su grupo a pesar de la inexperiencia para observar como se comportaban sin él. Sería la oportunidad perfecta para ponerles a examen. Así pues, llegada la hora de combatir marchó a reunirse con sus subalternos para poner rumbo al lugar exacto.

Encontrose con los elfos destinados a su persona y partió con ellos. El grupo estaba incompleto, el representante de la Espiral de Magia no había acudido por encontrarse envuelto en un asunto de la Espiral. El resto había acudido religiosamente. Allí estaban Aranelt, Loremiel y el joven Kheelan. Llegado el momento preciso, todos alcanzaron el punto elegido para atacar a los Trolls. No hizo falta esperar demasiado para que estos aparecieran. Sus colmillos y piel verde daban buen parte de su estado. Eran aguerridos Trolls los que allí se encontraban. Nimloth se mantuvo atrás esperando a ver como sus vasallos realizaban la maniobra.

Con cierta dificultad se sucedía el combate, los elfos peleaban con dureza contra los Trolls pero estos parecían ganarles en fuerza, mientras tanto, el líder de los Trolls se ocupaba de ordenar a sus lacayos midiendo su capacidad de mando con Nimloth, el cual estaba nervioso, veía como los suyos aguantaban como podía las arremetidas de los Trolls. Aquella escaramuza no tendría un final feliz para un bando. Tras un duro esfuerzo, los jóvenes elfos derrocaron el poderío de los Trolls y consiguieron derrotar a los lacayos, ya solo quedaba el líder de estos. Aunque algo herida, la agrupación seguía peleando. Nimloth veía como las fuerzas comenzaban a flaquear, pero tenía la esperanza de que lo consiguieran. Claramente, se equivocaba. En uno de los lances venideros por parte de la ofensiva Troll, la joven Loremiel cayó herida. Nimloth la retiró del combate y comenzó a sanar sus heridas. Mientras, Aranelt y Kheelan aguantaban como podían las arremetidas de los Trolls. Al ver que el esfuerzo de los jóvenes elfos cesaba, Nimloth se encargó personalmente del último Troll mandando a este a su sepultura usando el poder y la convicción de la Luz. Una vez más el peligro había sido erradicado. Ahora solo quedaba volver a la ciudad para tratar a la joven caída.

Al llegar a la ciudad, Nimloth llevó a la posada de Velandra a la joven elfa. Ya en su cuarto, junto con Aranelt, se ocupó de aliviarle de sus heridas y vendárselas. Con todo el tacto del mundo y más colocó suavemente las vendas por las heridas de la joven elfa. Manteniendo su posición intacta comenzó a charlar con Aranelt, quien parecía haber establecido una extraña relación con la elfa. Tras marcharse el caballero y dejar a los elfos solos, marchó a la habitación de Lorathiol. Allí le comentó los avances que había tomado en la escaramuza contra esos Trolls. Además, mencionó el descubrimiento que había hecho. Ambos estarían pendientes de cómo tornase esa relación. En la mente progresista de Nimloth, comenzaba a formarse una idea sobre una nueva Lunargenta en la que sus instituciones caminaban juntas por mantener la gloria del reino.

Pero lejos de todo lo anterior, los descubrimientos sobre su pasado hacían que Nimloth estuviese a punto de tomar una decisión. Era el momento de buscar su pasado y su titulo. Ya en su casa, descansó durante varios días barruntándose que debía hacer. Por suerte para él, una carta llegó a su puerta. Era su padre, su madre estaba gravemente enferma. Era el momento de ir a Dalaran…

Aún queda trabajo por hacer, no hay lugar para confiarse.

Tras haber descansado durante parte de la noche, Nimloth se levantó con ganas de leer, era muy temprano y todavía no había salido el Sol. Se acercó a una de las estanterías repartidas por la casa y buscó un libro. Por suerte, encontró uno que no había leído nunca. Eran las memorias de su familia. Se sentó en uno de los divanes que había por la casa y con una vela comenzó su lectura. Aquello era su pasado, sus antepasados desde la fundación de la Ciudad y tiempo antes. Aquel libro narraba cómo su familia llegó a emparentarse con la nobleza media. Cómo llegaron a tener una de las villas más notables de la ciudad y como se construyeron las bases de su apellido. Allí estaba registrado todo sobre su familia. Pero aquel no era un libro fino o de mediano tamaño. Era una buena colección dividida en libros, aquellos libros tenían todo, desde la fundación de su casa hasta los últimos coletazos del renombre de su familia antes de la caída de la ciudad. Aquel libro le resultaba todo un misterio, nombres de familiares, antiguas direcciones… Hasta tenía un libro de visitas donde había firmas de antiguos nobles de la ciudad. Amigos de la familia serían sin duda, aunque siempre algún detractor cabría. Lo cierto es que aquel libro le dejaba con la intriga de saber más sobre su pasado. Estaba decidido, comenzaría a ahondar en su pasado. Era el momento de devolverle la gloria a su apellido. Entonces, vio que se había hecho de día, la luz había iluminado la estancia y era consciente de que tenía que hacer algo más. Así pues desayunó rápidamente y se preparó para salir a entrenar.

Durante su entrenamiento, la idea de aquel libro no le permitía pensar en otra cosa, pero él seguía impasible, entrenando duro. No debía distraerse con eso ahora, después habría tiempo para ello. Sin duda era algo realmente nuevo para él. Ahora era tiempo de entrenar. Volvió a sus golpes y giros oscilando en los círculos dibujados en el suelo y a iluminar con la luz de los destellos que emitía al usar la cólera sagrada. Era un entrenamiento como los de siempre, quizá era el momento de darle otro sentido. Así pues tomó sus espadas de nuevo y dibujó un cuadrado y un triángulo y osciló sobre los vértices de estos realizando unos cortes más angulosos sobre las estacas que había colocado. Aquello parecía hacer más daño sobre las estacas. Aunque su espada se resentía, el no cesaba de dar golpes. Y con esto y un cese del corte de sus filos, llevó las espadas al herrero. Hacía tiempo que no las llevaba y estaban muy desgastadas. El herrero le miró algo extrañado y furioso por el mal trato que le daba a sus armas pero si quería mejorar, debía aprovechar su tiempo. No obstante, el dinero hizo sonreír al herrero que trabajó con gusto las armas del Caballero.

Tras dejar las armas en la herrería, se dirigió a la taberna de Jovia para comer. Allí degustó su plato favorito y la vieja amiga de su familia dueña de la taberna le acompañó en su comida. Estaba realmente delicioso. Jovia sabía cómo conquistar su estómago y como de costumbre lo había conseguido. Tras tener una agradable charla con ella, Nimloth marchó a la biblioteca a por unos libros sobre el pasado de la Ciudad. Allí encontró lo que buscaba y marchó de vuelta a la taberna para leerlos con una buena copa de vino.

Pero para sorpresa del Caballero, el forestal de la otra vez estaba flirteando con la tabernera. Un hecho totalmente descarado y de más gusto para la honra de aquel iniciado. Por suerte, apareció su superior y le condujo a la buena senda con unas palabras muy reveladoras. Aunque Nimloth sabía que aquello le costaría al joven una reprimenda disfrutó mucho viendo a aquellos soldados de los bosques hablar entre ellos. Realmente, no disponían del postín de una orden como los Caballeros de Sangre, aunque es por todos sabido, la rivalidad de ambas organizaciones. Pero pese a todo. Nimloth observó como el General le entregaba una carta al joven Forestal y decidió que era el momento de ir a la Orden. Así pues, emprendió su camino y se dirigió a la Sede de la Orden.

Por el camino el joven forestal le paró para preguntarle donde se encontraba. No lo podía creer, Nimloth le miró apenado por no conocer su ciudad y más por que fuese tan… raro. Pero a pesar de todo le dijo que le acompañase y lo llevó hasta la Orden donde le entregaría una carta al Alto Campeón y le sería encomendado a Nimloth como un trabajo de reconocimiento. Ahora tocaba ir a buscar al resto del grupo. Con él estaban Kheelan y Aranelt y faltaba el corresponsal de la Espiral Mágica, pero Nimloth ya sabía con quién contar. El elegido era Mithos, el mago del otro día. Así pues fueron a la Espiral a recogerle. Allí hablaron con él y todos pusieron rumbo a la misión. El trayecto empezaría en el Retiro del Errante.

Desde allí marcharon hacia las Cascadas Elrendar donde se encontraron con una avanzada de Trolls formada por tres fuertes Trolls de Bosque. Nimloth le dio la estrategia, primero Kheelan dispararía una flecha que resultó ser fallida y tras eso atacarían. Así fue como comenzó el combate. Una cruenta batalla estalló entre los expedicionarios y los Trolls aquel grupo estaba en ventaja numérica pero los Trolls sabrían usar su ventaja sobre su terreno. Tras varios lances de desgaste en los que Kheelan salió mal parado pero sin caer junto con el resto de la tropa, los Trolls sucumbieron a la fuerza del grupo. Ya solo quedaba el último Troll que era mucho más fuerte que los demás. Así pues en cuestión de minutos Aranelt habría hecho mella en el gran Troll junto con Mithos para dejarle en bandeja a Nimloth, el golpe de gracia. Concentrando en sí el poder de la Luz atacó con este al Troll mandándole al descanso eterno. Habían vencido, pero ahora debían huir de allí antes de que les descubrieran. Volvieron al Retiro del Errante y tras ser felicitados por Nimloth, cada cual marchó a su hogar. Nimloth se quedó charlando con Aranelt en las proximidades de su casa y le encargó llevar su halcón zancudo a la sede, ya que el joven iniciado no había cogido el suyo. Había sido un día largo sin duda.

Nimloth subió a sus aposentos a descansar mientras observaba con una lectura entretenida de su nuevo descubrimiento el bonito atardecer que ante él se planteaba. Era el momento de buscar respuestas.

Restaurando la paz de la Ciudad de las Luces, tercera parte.

Era el momento del cambio, sin duda aquel día sería el día en que las cosas cambiasen. Esos brujos dejarían de una vez de sembrar el caos y el terror en las calles y las afueras de la ciudad. El cambio había empezado en el bosque, pero se propagaba como una gota de aceite por el resto de la región. Se comenzaba a rumorear que los rebeldes jamás se rendirían y que seguirían interponiéndose en el camino del crecimiento de la ciudad. Querían traer más corrupción a la ciudad. Pero las cosas se acabarían ese mismo día. Ese día comenzaría uno de los cambios más grandes jamás vividos en la ciudad desde la corrupción de magia vil. Sería el día en que los Sin’dorei pudieran dejar atrás las artes viles que degeneran las raíces y aptitudes de las doctrinas de la ciudad. Era la civilización contra el control de las masas que ejercían los brujos.

Aquella mañana, Nimloth se sentó a descansar en la terraza de su casa recién comprada. Desde allí podía ver las inmensas laderas y valles que poblaban las afueras de los bosques de la ciudad. Allí tomó el desayuno mientras observaba la tranquilidad del bosque. Incluso le parecía que este le sonreía dándole las gracias a él y a los demás Caballeros por su excelente trabajo. Tras tomarse el desayuno, marchó dentro de la casa y tomó uno de sus libros favoritos sobre los designios de la filosofía de la Luz. Y allí se quedó durante toda la mañana leyendo entre las luces que entraban por las oquedades de la casa. Así pasó el tiempo descansando mientras leía y reponiéndose de sus heridas del día anterior. Entre sus lecturas comenzó a murmurar los conjuros de alivio que conocía aliviándose las heridas con mucho cuidado. Poco a poco iba recuperándose de los rasguños de la pelea del día anterior. Así, entre lecturas y algún que otro divertimento para el estómago, Nimloth se fue preparando para el combate en el Sagrario.

La tarde comenzó con la comida de Nimloth, un buen filete del salmón a la plancha y una copa de vino rosado. Era un plato delicioso aunque a Nimloth el salmón no le hacía demasiada ilusión, pero era una dieta a seguir para mantenerse saludable. Tras eso volvió a sentarse a leer el libro que había tomado hasta la hora precisa. La lectura era realmente entretenida y le recordaba todo aquello que había aprendido años atrás, era como volver al pasado. Y aquello le alegraba. Le recordaban tiempos mejores en los que vivía en la compañía de su familia rodeado de los suyos y de su tío. De aquellos humanos que si hoy le vieran le repudiarían, le mirarían con cara de pocos amigos y él a ellos les echaría en cara su actitud. Aunque eso solo pasaría si esos humanos fueran unos bárbaros como el resto, como esos que repudian a la gente por su raza y su posición en este mundo. Él era un Sin’dorei y estaba con la Horda, es más estaba con su ciudad. Y no podía comprender como algunos de los suyos pensaban en atentar contra ese estado. El estado elfo. Le resultaba muy raro y bastante ilógico atentar contra lo tuyo. Destruir tu hogar, masacrar a tu gente e intentar imponer una ley que la mayoría no quiere. Es bien cierto que las cosas cambiarían esa tarde, pero eso el mundo no lo sabía. Comenzaba así, una era de cambios.

Si bien había estado leyendo durante la tarde, ahora su momento para actuar. Era partícipe de un cambio que no tardaría en llegar de la mano de su fiel amigo y compañero, Lorathiol. Él era el artífice y para él, el mérito de llevarles al fin del mundo. Puede que a veces fuese un poco rudo y tosco de pensamiento y quizá un tanto frío con sus iguales pero era una gran persona que se desvive por su Ciudad, que se aferra a los designios de esta y que no comprende una ciudad masacrada por la conveniencia de unos rebeldes que solo quieren el bien para sí y no para su raza. Esos desertores de la conciencia Sin’dorei. Esos estúpidos desalmados que atentaban contra la paz y la armonía de su ciudad, esos que hoy caerían en lo que podría llamarse la Guerra Civil Sin’dorei. Una guerra formada por una batalla en la que hermanos pelearían a favor de la idea de la ciudad sin brujería descontrolada contra los hermanos que habían salido de este nombre al pensar una ciudad de maldad y corrupción. Hoy les llegaba su momento y Nimloth sabía qué hacer.

Así pues llegaron como almas que lleva el diablo a la taberna donde Lorathiol les esperaba junto a sus hombres. Nimloth había decidido llevar los suyos para asegurar a los que contribuían a la bondad de su raza. Sus hombres echarían una mano para solventar este problema y formar parte de la historia. Pero ahora tocaba combatir. Ambos se encaminaron hacia El Sagrario y allí esperaron a uno de los hombres de confianza de Lorathiol. Malanior era un joven Caballero, casi del mismo rango que Lorathiol confiado a su nuevo señor. Se le veía algo envalentonado y precavido cosa que en esa situación no era muy normal. Pero allí estaban todos, esperando la orden para entrar.

Lorathiol dio la Orden segundos después y juntos entraron asegurando el camino hacia la última sala de El Sagrario. Allí los brujos habían comenzado un ritual para crear un Sangrevil. Los primeros en llegar fueron Nimloth, Lorathiol y Malanior. Allí los tres caballeros lucharían con gran garra y derrocarían a los primeros brujos, aquellos sembradores del caos estaban bastante entrenados y provocaban algunas heridas allá donde golpeaban, pero poco pudieron hacer contra la fuerza de los tres Caballeros. Al poco tiempo los tres brujos principales comenzaron a hablar del poder del Maestro. Pero tras poco hablar el primer brujo comenzó a atacarles. Por suerte sucumbió ante las esperanzas de un pueblo que quiere prosperar y dio con sus ideales en el suelo. El siguiente brujo probó suerte pero no se llevó más que la ira de Nimloth contenida en sus espadas y los golpes de sus compañeros. Con el segundo en el suelo, parecía que estaba a punto de terminar, pero no sabían lo que realmente se les avecinaba. Un tercer brujo, el último al parecer atacó, pero los Caballeros supieron derrotarle con gran maestría y en un último golpe sucumbió ante los elfos. Parecía haber terminado, pero aún quedaba uno más. Aquel brujo usó su picaresca para ocultarse de los Caballeros pero al final acudió a intentar darles un final que no merecían ni se llevarían aunque el pobre Malanior sufriera una muerte que no merecía. Y con un gran esfuerzo tras una batalla de desgaste, Nimloth tuvo la oportunidad de acabar con su infeliz vida haciendo uso de su poder. Habían ganado.

Lo habían conseguido, un cambio a mejor había sido alcanzado. A partir de ahora los brujos estarían más controlados y El Sagrario sería un lugar seguro. El destino de la ciudad comenzaba a prosperar. Tras el combate se retiraron a hablar con Ildaroth que les felicitaría y les mandaría a descansar. Habían sido dos días demasiado duros para ellos. Debían reposar.

Restaurando la paz de la Ciudad de las Luces, segunda parte.

Tras el éxito cosechado por los Caballeros de Sangre en el Fondeadero Vela del Sol, las cosas parecían serenarse un poco pero no sería así, esa misma mañana del día posterior al hecho del Fondeadero, la forestal del Desfiladero Ramadorada le enviaría una carta de auxilio. Necesitaba su ayuda para aplacar una reunión que se celebraría esa misma tarde. Al parecer los brujos harían un ritual para traer a un demonio desde las profundidades del Vacío Abisal. La carta le llegaría a primera hora. Así pues, se dispuso todo el día para entrenar duramente para estar preparado para lo que pudiera pasar en La Arboleda Agostada.

Quizá fuese la ocupación que ahora tenía o la falta de tiempo para pensar detenidamente sobre su vida, pero la imagen que tenía de añoranza de sus padres iba cayendo un poco en el olvido, ahora se debía a su ciudad y lo demás quedaría un tanto en segundo plano. Posiblemente algún día los encuentre, pero debe prepararse antes y recibir los duros golpes que la vida le tiene reservado. Todavía no está preparado para reencontrarse con sus padres, o sí… ¿Quién sabe? Solo el tiempo lo dirá. A pesar de todo eso, sabía que era el momento de luchar por los suyos y junto con Lorathiol sacar del bache lleno de magia vil en que la Ciudad se había sumido. Era el momento de traer la Luz de nuevo a una ciudad que cada vez se sumía más en las sombras por culpa de esos rebeldes brujos que intentaban traer el caos a este mundo.

Así pues, aquella mañana comenzó con la lectura de la carta que Liriel, la forestal de Ramadorada, le había enviado pidiéndole auxilio. Nimloth salió temprano de casa y se dispuso para entrenar hasta que fuese la hora exacta para partir a la ciudad a reunirse con Lorathiol. Se rodeó de nuevo por aquellos círculos surcados en el suelo y comenzó a oscilar como un péndulo por ellos realizando multitud de excelentes movimientos con sus espadas, debía seguir hasta dominarlas, al igual que con la luz. Quizá era el momento de comenzar a canalizar sus energías y dejar de usar las del entorno para dañar a sus enemigos. Así pues hizo fluir su Luz interna hacia fuera emitiendo destellos con haces de luz desde dentro del circulo hasta el exterior. La primera impresión que aquello le dio fue algo rara. Veía como motas de Luz llenaban el ambiente y lo iluminaban todo sin dejar ninguna sombra, era algo extraordinario y entonces recordó que a aquel hechizo le llamaban cólera sagrada. Continuó durante un par de horas más haciendo el hechizo hasta que se vio obligado a parar. Estaba cansado por el esfuerzo y debía reposar un poco. Así pues, marchó a la Ciudad para comer un poco.

Ya en la taberna se deleitó con uno de sus platos favoritos y una buena copa de vino. Tras haber comido bien, subió a su habitación y allí se dio un baño relajante que uno de los sirvientes le había preparado. Ahora que lo pensaba necesitaba una casa donde vivir, no podía depender eternamente del fondo para Caballeros de la Orden. Le resultaba incomodo que siendo él de tan noble apellido tuviese que mendigar una casa, así pues comenzó a buscar entre los tablones y preguntándole a la gente. Tras una búsqueda de mediana duración, Velandra le comentó que el dueño de la gran casona de la Aldea Brisa Pura había puesto la mansión que allí descansaba alta y lujosa en venta. A Nimloth le causó gran interés y decidió acercarse a preguntar.

Tras un largo viaje volando, llegó a las puertas de la mansión. Allí comenzó a charlar con el dueño y acordar una cantidad. Acordada esta, prosiguieron para hacer el traspaso de poderes y obtener así la gerencia de la casa. Ahora Nimloth ya tenía un techo donde dormitar tranquilo sin preocuparse del subsidio de la Orden. Con gran brevedad, Nimloth llevó sus cosas a la casa y se instaló allí. Esto le daría pie a administrar de nuevo la orientación de su apellido. Retornar a la grandeza de tiempos pasados. Quizá se abría una nueva puerta ante él. Pero eso lo decidiría el destino.

Tras haberse acomodado en su casa, Nimloth marchó al encuentro de Lorathiol. Tomó las riendas de su dracohalcón y alzó el vuelo hacia la posada. Quizá le encontrase allí. Por suerte para Nimloth, sí, estaba allí. Nimloth le saludó y le dirigió unas palabras y ambos salieron volando hacia el Desfiladero, había que detener la apertura de la puerta que traería el caos a la ciudad.

Tras volar y llegar hasta el Desfiladero, más precisamente, hasta donde se encontraba la Aguja, los Caballeros marcharon con paso firme hacia el interior de esta a derrotar a los males que se ocultaban bajo los muros. Para la sorpresa de los Caballeros eran dos demonios traídos para proteger la Aguja y dar la alarma. Pero los Caballeros fueron mucho más rápidos y pudieron detener la amenaza que se cernía sobre ellos. Para los dos Caballeros fue algo sencillo, ambos engendros cayeron bajo su poder. La aguja había sido asegurada nuevamente. Ahora todo indicaba que se encontraban en La Arboleda Agostada. Así pues los Caballeros emprendieron la marcha, adentrándose en el bosque. Una vez en el interior de este se vieron en un apuro menor, los árboles que allí moraban parecían estar bien excepto unos cuantos que poseían marcas de un color violáceo en su corteza. Parecían hechizados por algún conjuro de control de los brujos. El combate empezó con el ataque de los árboles que se percataron de la presencia de los Caballeros. Con gran maestría el primero sucumbió a las acometidas de los Caballeros. El segundo emprendió su marcha y golpeó a Nimloth con severidad, clavándole algunas astillas que le dejarían un tanto dolorido e inmóvil durante un tiempo. Con gran brío recuperó sus fuerzas y pudo emprender una acometida mientras Lorathiol destrozaba al árbol posteriormente. Aquellos arboles corrompidos por la magia vil de los brujos habían encontrado su descanso. Los Caballeros avanzaron hacia un grupo de brujos que se encontraban cerca de la Piedra Rúnica. Nimloth los miró con gran ira y avanzó hacia ellos. Lorathiol junto con él se preparó para combatir. Había que detener el ritual que iban a llevar a cabo. Ambos Caballeros fueron derrotando a los brujos que le salían al paso. El poder de la Luz, las espadas de Nimloth y la maza de Lorathiol hacían el trabajo que las manos ejecutoras ordenaban. En pocos minutos se vieron solos ante el Gran Brujo de la Arboleda, era el momento de derrotarle de una vez para que dejase de sembrar el caos, habrían de detener el ritual o al menos hacer que no funcionasen y lo consiguieron. Tras esto comenzó la gran batalla en la que derrocarían al brujo. Y así fue. Los elfos lucharon con gran valentía y coraje y, tras varios lances, derrocaron al Gran Brujo. Nimloth le destrozó usando el poder de la Luz en contraposición a las sombras del Brujo. Había sido una gran batalla. La paz del Bosque se había restituido. Ahora tocaba descansar para el día siguiente. Lorathiol había planeado el ataque al Sagrario para el día siguiente, no se lo esperarían.

Ambos caballeros volvieron a sus respectivas casas donde descansarían para afrontar los designios de un nuevo día. El día en que la acumulación de rebeldes, sin causa ni destino más que sembrar el caos, sería erradicada. Podía oírse el sonido de los pasos de una nueva era que se acercaba susurrante entre las sombras que tapaban las nubes de un nuevo día. Sin duda aquel día sería un gran día.

Restaurando la paz de la Ciudad de las Luces, primera parte.

Aquel extraño mandato de su señor le había dejado algo confuso, la verdad es que no sabía qué hacer. Se encontraba en una disyuntiva bastante fuerte. Por un lado el hecho de volver a su ciudad bajo la lluvia dejando atrás a su maestro le dejaba bastante entristecido, pero debía mirar al frente; por el contrario que su maestro le hubiese dicho que se mantuviese en la ciudad fuera señal de preocupación. Aunque ambas sean meras tonterías que carecen de un sentido estricto. Todo eso llenaba la mente de Nimloth de preguntas y respuestas. Sobre su maestro, la orden, el futuro…

No obstante, a la vuelta de Nimloth desde Tierras Fantasma a Lunargenta, se encontró con un nuevo panorama. Había un nuevo Alto Campeón que se encargaría de ellos. Ahora eran responsables de los nimios movimientos de la Orden. Pero esto no sería más que el inicio de una larga carrera por restaurar la paz en la ciudad. La política de este nuevo Alto Campeón encajaban más con la realidad de los Sin’dorei, y eso a Nimloth le resultaba bastante bueno. Pero no solo eso rondaba en los hechos de la ciudad durante esos días.

Nimloth se presentó ante el nuevo Alto Campeón y este le comentó que debía colaborar con el resto de instituciones militares de la Ciudad. Los primeros en ser informados debían ser los integrantes de la Espiral de Magia de Lunargenta. Tras eso Los Errantes y así con el resto de instituciones. Así pues se puso en búsqueda de los magos de la ciudad para informarles de la nueva situación. Acudió a dejar a su dracohalcón para que le diesen los cuidados necesarios en el puesto de dracohalcones de las afueras de la ciudad. El vuelo por aquellos parajes era muy agradable y cuando divisó el puesto descendió de su vuelo. Lo primero que vio al bajar fue a un Sin’dorei que se encontraba allí. Nimloth bajó y entabló conversación con él. Al parecer había encontrado al primer mago el cual debía ser informado. Por lo que pudo observar, este ya conocía a Lorathiol. Tras una leve conversación con el mago, Nimloth emprendió de nuevo el vuelo y marchó a comer algo. Había sido una mañana interesante, ahora le tocaría esperar a que la tarde le trajese nuevas más interesantes.

Tras la comida y el comienzo de una tarde provechosa, Nimloth se sentó a leer un poco en la biblioteca, había dejado un poco de lado las armas para centrarse en sus estudios de la luz, quería comprobar esos designios de luz que iluminaban la grandeza de su ciudad. Así pasó un tiempo hasta que decidió volver a su entrenamiento físico y salió a las afueras de la ciudad a entrenar como de costumbre. Después de haber entrenado lo suficiente para mantener la forma, volvió a la ciudad allí se encontraría con Lorathiol y ambos comenzarían a pasear por las afueras de la ciudad.

En su paseo por los exteriores de la ciudad se encontraron con un integrante de la institución más enfrentada a los Caballeros de Sangre, un Errante. Al parecer era un joven forestal aprendiz que patrullaba el bosque con gran parsimonia. Lorathiol y Nimloth le pararon y se pusieron a charlar con él. Tras unos cuantos cortes verbales de un exquisito uso de la palabra, ambos Caballeros quedaron por encima del Forestal con una pasmosa facilidad, quizá la juventud del Forestal le hacía hablar con menos conocimiento de causa. Sea como fuere, los Caballeros se despidieron del joven forestal y continuaron su camino hacia la Aldea Brisa Pura. Allí, los caballeros se separaron, Nimloth fue a visitar a la Forestal que guardaba la Aguja Ramadorada en el Desfiladero Ramadorada. Allí, tras hablar con ella sobre la nueva situación peligrosa que se estaba conformando en La Arboleda Agostada y en el Desfiladero, le prometió llevar la información a Lunargenta para ver si desde la ciudad se proponía algo. Así fue como Nimloth prometió ayuda a la Forestal del Desfiladero. Tras esto, volvió a la ciudad debía seguir con sus entrenamientos.

Allí en la ciudad, reanudó su entrenamiento en la Plaza del Errante. El muñeco recibió los duros golpes de las espadas de Nimloth haciendo que las astillas saltasen. Tras usar la luz para golpear al muñeco y dejarle un buen hueco chamuscado por la intensidad de la energía, apareció un elfo. Nimloth no lo había visto nunca, pero parecía un novato. Entonces recordó que en la Orden, Colin le dijo que había entrado un novato nuevo. Quizá fuese él. Nimloth charló con él y le propuso un entrenamiento. El novato, que se llamaba Anarelt, aceptó y allí comenzó el combate. Tras varios lances, Nimloth resultó ganador del combate y entonces apareció el Alto Campeón. Les dijo que Anarelt se quedaría a cargo de ambos Caballeros, Lorathiol y Nimloth. Ahora era su iniciado.

Las horas pasaron y llegó la noche. Nimloth se encontraba entrenando como de costumbre cuando apareció Lorathiol y el Alto Campeón. Era hora de trabajar. Así pues, Nimloth fue a buscar a Anarelt mientras Lorathiol marchó hacia el Fondeadero. Cuando Nimloth encontró a Anarelt ambos partieron hacia el Fondeadero donde les esperaba Lorathiol. Fue un vuelo tranquilo. Dejaron al dracohalcón en la Aldea Brisa Pura y bajaron hasta el Fondeadero a pie. Allí Anarelt se acercó a hacer unas cosas mientras Nimloth hablaba con Lorathiol y Alira, una bruja de El Sagrario que les ayudaría en esta misión.

Tras una breve charla, apareció Anarelt y dio comienzo la misión. Ascendieron charlando hasta el balcón de primer piso que daba a la azotea, pero allí se detuvieron. Unos guardias obstaculizaban el camino. Nimloth con gran gracia en el uso del lenguaje les hizo confundirse y dejarles pasar con un gran enigma. Tras eso llegaron arriba y se encontraron con lo peor. Un Sangrevil y cinco brujos dispuestos a acabar con ellos. No se lo podrían creer y dieron comienzo al combate. Debían deshacerse del maldito causante del caos y peligro potencial para la ciudad. El combate no había hecho más que comenzar. Alira, Nimloth y el resto lucharon contra los brujos derrotándoles sin mucho peligro. Pero ahora era el turno del Sangrevil, Nimloth estaba enfervorecido, la rabia corría por sus venas. Aquel peligro que suponían unos rebeldes que atentaban contra la ciudad le hacían hervir la sangre. Y el último combate comenzó. Los lances se devolvían entre los dos contendientes, el grupo y el Sangrevil. Todo fue un combate normal hasta que el Sangrevil osó tomar por el cuello al joven Anarelt. Para entonces, Nimloth estallaría de rabia y comenzaría a golpear con más dureza al Sangrevil hasta acabar purgando su vientre con la justicia de la Luz. Lo habían conseguido, el peligro de ver con vida a ese engendro había sido superado. Habían acabado con él.

Tras el combate volvieron a la Sede de la Orden donde Ildaroth les encomendó velar por la paz y la tranquilidad del reino tras felicitarles. Ahora debían acabar con la plaga de brujos rebeldes. Era el momento de actuar. La paz y la calma llegarían de nuevo de la mano de Nimloth y de Lorathiol. Era el preciso instante de luchar por los designios de la ciudad.

El Caballero Sangreluz. El camino de las luces.

Hacía días que Nimloth había vuelto de la mano de Lorathiol a su ciudad natal, Quel’thalas. Los entrenamientos eran incesantes a la vez que los compaginaba con sus estudios sobre la luz. Había comenzado a usar este poder y parecía irle bastante bien. Comenzaba a desengrasar los engranajes de su mente que le permitían recordar lo aprendido años atrás en Lordaeron con aquellos paladines. En su cara se dibujaba una sonrisa al recordar los buenos tiempos que pasó con los humanos, aunque ahora pertenecían a bandos contrarios. Quizá el tiempo se haya llevado a aquellos humanos o en su lugar haya dejado a otros. Ante él se abría ahora un camino lleno de luces que debería explorar.

Y así poco a poco fueron pasando los días entre entrenamientos y lecturas, lecturas y entrenamientos… Así hasta el día en que volvió a ver a su primo.

Aquel día salió temprano de su habitación en la posada y marchó a entrenar como de costumbre. Paseó hasta una zona recogida en la Charca Plácido Susurro, era un lugar con poca vegetación y tranquilo, alejado del bullicio de las clases de magia que se impartían en la otra orilla de la charca. Allí, Nimloth dejó sus cosas y se sentó a la sombra de un árbol con un libro en la mano. Tomaba el libro con una mano y con la otra intentaba hacer que la Luz iluminara su mano. La práctica de los otros días le ayudó bastante y en pocos segundos ya había iluminado su mano. Tras eso, posó su mano sobre la hierba y comenzó a ver como una leve brisa fruto de la fuerza concentrada del saber más puro agitaba la hierba. Con cuidado hizo un circulo con su mano y la luz que había iluminado su mano se apagó llevándose consigo la brisa que agitaba la hierba. Así pues, se levantó con cuidado y tomó sus armas. Cuando sostuvo estas con fuerza, dibujó un par de círculos alrededor suyo y comenzó a moverse entre estos mientras asestaba golpes al aire. Al cabo de un buen rato dichos golpes cesaron y habiendo recogido sus cosas puso rumbo a la ciudad. Ya era mediodía.

Entró a la taberna en la que su compañero, Lorathiol, se hospedaba. Al entrar observó que él estaba allí. Se acercó y pidió una jarra de vino. Al recibirla, se sentó junto a Lorathiol y ambos comenzaron a charlar. Hacía tiempo que no entablaba conversación con él y se notaba. Al poco tiempo se hizo el silencio y apareció un joven elfo que a Nimloth le resultó un tanto familiar, pero no sabía quién era. Tras una agradable charla se enteró. Era su primo Nahel, el hijo de su difunto tío, aquel que le enseñase todo lo que sabe de las artes castrenses. Parecía mentira que ese… ¿Cómo decirlo?... Tipejo, fuese su primo. Era realmente lo contrario a Nimloth. Si uno era serio y responsable, el otro era totalmente un dicharachero e inconsciente. La vergüenza de tener un primo así le sirvió de excusa para evadirse de la actual situación que vivía. Había encontrado a alguien de su familia en la ciudad, pero no le esperaba vivo. Aun así a día de hoy no ha vuelto a saber nada de su joven primo, que al parecer era un mago de la Espiral de Magia, la orden de magos capitaneados por el Gran Magister Rommath. Pero eso no sería lo único que le pasaría a Nimloth durante esos días.

Días más tarde, tras una dura semana de entrenamientos para seguir mejorando, le llegó una citación, le necesitaban en la Sede. Alaron quería verle. Así pues se puso en marcha hacia la Orden y se presentó ante su señor. Allí fue informado, junto a Lorathiol, de que la tablilla que encontrase meses atrás en aquel poblado Troll no era más que un plan de ataque contra el Enclave del Errante en Tierras Fantasma. Dos meses de investigaciones para llegar a esa conclusión… Desde luego que la eficacia se había con Nimloth a Muelle Pantoque. Por suerte su compañero Lorathiol seguía igual que siempre o mejor. Pero este no es el asunto de la cuestión, procedamos a narrar los hechos.

Tras ser informados los Caballeros pusieron rumbo al Enclave del Errante, allí deberían prepararlo todo para la venida de los Trolls. Alaron habló con el Capitán forestal al mando del Enclave y este le dejó a su cargo a varios de sus hombres. Si querían solucionar este problema deberían trabajar juntos por mucha rivalidad que hubiese. A Nimloth le fue asignado un pequeño grupo de forestales y a Lorathiol otro. Nimloth tuvo que marchar al Norte a cubrir la aguja que él mismo había recuperado, pero no podría disponer de la ayuda de los Guardias Arcanos. Cuando llegó a la zona no había ni un alma. Ningún Troll. Hasta que, de repente, apareció la primera oleada. La lucha comenzaba. Los forestales y Nimloth pudieron repelerles sin mucho esfuerzo, fue una batalla cruenta pero fácil, parecía que ese grupo estaba formado por exploradores para abrir el paso. Lorathiol hizo lo propio en el Sur y derrocó a su oleada. Entonces ocurrió algo, Nahel apareció en el fragor de la batalla, había ido a ayudar a su primo. La segunda oleada se acercaba, Lorathiol acabó con los suyos sin complicaciones, mientras Nimloth junto con Nahel en el Norte hacían lo mismo. Estos Trolls fueron más agresivos aunque tuvieron suerte y pudieron repelerlos. La batalla se decantaba a favor de los elfos. Los Trolls comenzaban a enfurecerse y la tercera oleada llegó con fuerza dejando heridos pero pereciendo en el intento. Tras derrocar y asegurar las zonas, los elfos volvieron al Enclave donde Alaron les esperaba con una mala noticia, un Troll más fuerte que el resto se acercaba al Enclave. Los elfos se pusieron en marcha y una nueva batalla estalló. Esta vez contra aquella mole verde. La batalla fue dura pero tuvo un final agraciado hacia los elfos. La batalla había terminado, los elfos habían asegurado las zonas limítrofes a las áreas Troll, pero algo se quedaba en el aire. La guerra. ¿Serían estas las Segundas Guerras Trolls? Eso solo lo diría el tiempo.

Tras la batalla volvieron a la ciudad a descansar, había sido un día bastante largo y mañana debían presentarse en la Sede.

Tras una noche de descanso, Nimloth se levantó aquella mañana animado y marchó a la Sede, allí recibió una buena noticia. Había sido ascendido a Caballero. Por fin era en su totalidad un integrante de la Orden. Recibió su nueva armadura de manos de Alaron y tras eso ambos marcharon lejos. Debía acompañar a Alaron fuera del bosque. El viaje fue algo largo pero cuando iban a atravesar el Desfiladero Thalassiano Alaron le dijo que se diese la vuelta, todavía no estaba preparado. Mientras Alaron seguía, Nimloth le miraba bajo la lluvia, quieto, como si de una estatua se tratase. Tras eso volvió a la ciudad a lomos de su dracohalcón. Allí daría parte al sustituto de Alaron…